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Domingo, 20 de agosto de 2006
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El inventor de mujeres
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LITERATURA

El inventor de mujeres

El escritor Rodrigo Hasbún, autor del libro de cuentos Cinco.

Leonardo de la Torre Ávila

Notas de una lectura y catarsis personal sobre Cinco, de Rodrigo Hasbún. “Todo en Cinco merece aplauso. Los buenos finales, por ejemplo. También la maestría con que se entrelazan citas de declaraciones textuales…”, dice el autor de este ensayo.

Él quiere escribir un cuento sobre ella, sólo para ella. Preocupado porque no cuenta con material verosímil, es decir, con páginas creíbles sobre lo que ella siente y piensa de verdad, decide nada menos que pedirle a ella –su personaje– que lleve un diario. Quiere que ella escriba cosas que le serán útiles a él, para el cuento; por ejemplo: “hoy me aburrí a su lado o dudé si quiero seguir viéndolo o pensé por un momento que seríamos felices juntos. Que escriba: en el metro, de regreso al piso, me sentí culpable, sucia horrible. Que escriba: mi boca aún sabe a su pene”1. Somos cómplices de la angustia del joven escritor que protagoniza este cuento, mucho más cuando ella –el personaje– escribe sobre una servilleta que él no tiene ni la menor idea de quién es ella. “Mi primera entrega, dice”2 . Él, que intuía esa verdad, se estremece. Quizá todo lo que él creía de ella fue un invento. Está aterrado, todos lo estamos.

Por más que quisiéramos que nuestra mujer sea todas las que queramos que sea, siempre será la que no podemos inventar. A todos, también a los personajes de Rodrigo Hasbún, eso nos desequilibra o, como diría él, nos rige. Todos hemos caído en la invención de mujeres. Kafka, como recuerda el propio Rodrigo, “sufrió tanto por mujeres que él mismo se inventaba un poco” 3. Ya que está en esas, a momentos el personaje de Hasbún también piensa en auto inventarse como un mejor hombre. Viajar lejos, empezar a sentirse mejor escritor, intuir que estará mejor preparado para las compañías que vengan, que tiene que estarlo.

En Mujeres Bukowski asegura que ellas están por encima de nosotros. Planean mejor y se organizan mejor, mientras nosotros vemos el fútbol o hacemos cosas por el estilo, y al final acabábamos locos y solos. En fin, más allá de esa digresión, prefiero el camino que se ha encontrado Rodrigo Hasbún (“Tico”) para lidiar con el asunto de las mujeres, de los personajes en realidad. Inventárselos aún cuando no se debe, desolarse luego por el fracaso de esa tarea imposible y, al final, empezar a construir alguna verdad desde ahí, desde lo poco que les queda a los escritores.

Los escritores, esos intrusos en la vida de los personajes, como tan bien describe (confiesa) Enrique Vila Matas en Extraña forma de vida. Narradores y personajes de Cinco, de Rodrigo Hasbún se obsesionan por robar escenas de la vida privada de alguien, casi siempre de alguien querido. Piensan que releer una y cien veces las cartas que escribieron, quedarse durante horas mirando los dibujos que hicieron, es un poco ser ellos, habitarlos. Los personajes, como la familiar Alejandra, bello personaje perturbador y adorable de “Album”, se molestan por tanto robo de intimidad. Quizá intuyen que los lectores ajenos al final siempre aparecemos, aunque el que escribió sobre la vida privada haya asegurado que eso nunca sucedería. Pero la ficción casi siempre trama una venganza. Quizá el que estafa en los diarios, resulte a su vez estafado por creerse una serie de mentiras. Yo creo en la verdad del diario de “Amanda”, el penúltimo cuento del libro; pero quizá muchos otros no. ¡Por qué no mentir en los diarios, si ya hemos admitido que nos inventamos casi todo! Mi abuela hacía trampa en el solitario. Cuando hablamos solos también mentimos. A quién se le ocurre creernos, si sólo somos gente común, gente de vidas invisibles.

Las vidas invisibles

Uno de los personajes de Cinco asegura que su vida, la monótona vida de alguien que intenta escribir, también es intensa. Al menos hay que creerlo, sino, y cómo se pregunta esa misma voz: “¿Sobre qué podría escribir?” Es intenso lo que le sucede sin que nadie lo sepa ni lo sospeche. Su vida secreta, o siguiendo a Soledad Puértolas, “su vida oculta”. Las vidas de todos.

Todos: los que no tienen muchos amigos, los que sólo han sido felices en pocos lugares, los que guardan todo en un diario (como laboratorio literario secreto o como una veintena de hojas de cuaderno a letra pequeña y sin puntuación alguna), los que casi nunca le decimos que la amamos, los que como el pobre Gualberto que queda en el pueblo, corremos tras el bus y nos despedimos con un silbido y una falsa risota impotente cuando ella parte a trabajar a la ciudad, los que –como Oskar Kokoshka– hacen una réplica de madera de la mujer que perdieron y la llevan a todas partes, incluso al teatro, para luego botarla en el río, quemarla o dejarla en el medio de una calle oscura cuando un nuevo amor aparezca, los que queremos escribir artículos y hasta cuentos únicamente son citas de otros, los mismos, todos.

Los mismos que de aquí a unos años volaremos al encuentro de esa personaje que todavía debería querernos y confirmaremos, desolados que –quizá como nosotros mismos– ella se haya convertido en alguien igual a los demás. Eso no tiene porque ser malo, sólo sería lo que Tico llama “el fin de la violencia y el fin del amor”. El final o el cambio en la intensidad secreta que celebrábamos. El centro del mundo borroso ya nunca más será una cama, o lo será sólo en el recuerdo. Quizá hasta dejemos de ser únicos, como a los 16 años creía Mara, bello personaje perturbador pero poco adorable del último cuento del libro. El libro, por cierto, merece todo el éxito, aunque, o quizá porque, tardaremos mucho en acostumbrarnos a nuestra perplejidad, a la eterna sorpresa hacia la manera en que actúan quienes viven en sus páginas.

Todo el éxito

Todo en Cinco merece aplauso. Los buenos finales, por ejemplo. También la maestría con que se entrelazan citas de declaraciones textuales confundiéndose con reflexiones del narrador y descripciones de los lugares que el cuento atraviesa y las predisposiciones y los miedos de los personajes y los narradores.

Entrelazadas también son las tramas de los cuentos de todo el libro. Imposible escribir una reseña solamente sobre uno; quizá apenas se podría intentar con “Reunión”, pero ni ése. Cinco también es eso, la unidad. En una escena de “Album”, un personaje le pregunta a su hermana qué fotos se llevaría a un viaje largo, digamos de décadas. Se trata de escoger imágenes que recordarían lo que sé es ahora, la vida actual. “¿Cuántas”, pregunta ella. “Cinco”, le responden. Ella empieza a escoger, luego hay risas y la escena se va cuando el personaje ve por la ventana que dos pajaritos diminutos se posan brevemente en la copa de un inmenso árbol. En unos segundos vuelven a emprender vuelo. Y eso es lo que duran las décadas de los largos viajes, unos segundos; y eso es lo que son los personajes, pajaritos viendo cómo y dónde seguir volando.

Notas.

(1) (Hasbún, 2006:93)

(2) (Idem, 2006: 95)

(2006: 94)

Un libro que comienza a vivir

Como otro de tus personajes, estimado Tico, ahora somos nosotros los que necesitamos hacer marcas de admiración en el libro que estamos leyendo; el tuyo. Creímos entonces que habían dos opciones para reseñarlo. a) Hacer arqueología en Coetzee, Bolaño y ésos; encargarnos un par de biografías de Rodrigo Hasbún en la mejor librería boliviana –tal cual lo haría quien en el último cuento se obsesiona con las vidas de Kokoshka y Schiele– para comprobar que se contradicen; en fin, todo aquello para lo que no tenemos ni tiempo ni capacidad; o b) simplemente leer lo publicado y esperar ecos. Como se trata de comentar a un verdadero escritor y no de armar un ensayo cualquiera, escogemos la segunda alternativa.

En “Carretera” hay un par de muchachos que a veces hablaban del futuro sin querer llegar a él. A su manera, Rodrigo Hasbún sí que lo quiso, y vaya que está llegando. Se hace difícil no caer en el error de “perder la perspectiva” como otro de los que viven en Cinco y encallar en una poco objetiva catarsis personal. El único motivo porque podría prestársele a este artículo el título de una novela que si Dios quiere algún día escribiremos es la sincera admiración que la lectura de Cinco nos deja. Podemos sentirnos tentados a creer que esta publicación de la Editorial Gente Común concluye alguna etapa en la obra de este joven cochabambino; pero no es así: el libro apenas comienza a vivir y las etapas –acabo de leerlo en Cinco– se acaban mucho después de lo que se cree.

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