Fondo Negro
¿Quién es un "loco literario"? Empezaremos por ahí. Ha habido escritores extravagantes en la historia de la literatura universal pero no cualquier puede llegar a adquirir la etiqueta de "loco literario", así entre comillas. No lo son por si acaso ni Sade ni Lautréamont, por ejemplo.
Raymond Qeneau que ahora ve publicada, treinta años después de su muerte, su ensayo sobre los "locos literarios" era prudente a la hora de emitir un juicio sobre la alienación mental de un hombre solo a partir de un escrito. Los surrealistas partían de la premisa de que tanto el territorio de los sueños como el de la locura eran un campo magnético para desplegar la libertad absoluta de la imaginación liberada del control de la razón.
Por eso a la hora de definir qué es "un loco literario" Queneau comienza a clasificarlos tomando ciertos rasgos como la extravagancia científica, o el hecho de que en sus apreciaciones éstos incurren en errores un poco demasiado violentos, sus ideas son indiscutibles, su obra es nula y no tiene ningún valor para la ciencia oficial; es decir son inadaptados culturalmente. En Los confines de las tinieblas: los locos literarios, se señala con precisión que la mayoría de estos escritos son de índole autobiográfica y responden al tipo de perseguidos reivindicativos e interpretadores.
En el prólogo del libro ahora publicado en castellano, Queneau intentó definir la locura: "Estaríamos entonces obligados a llamarla a un error un poco demasiado violento. Se ve el peligro de semejante afirmación; basta con recordar que es una manera cómoda de deshacerse de los innovadores". Como era necesario fijar el cuadro de su trabajo en ausencia de datos positivos sobre la locura y el carácter literario de un escrito, Queneau declara que su antología es el fruto de una selección bajo el principio de que cualquiera de los elegidos "no solamente no es un precursor, sino que no tiene discípulos, ni siquiera maestros", pues el loco permanece individual y desconocido, y clasifica a los elegidos en dos grupos: "La primera categoría comprende a todos los que, tratando de una cuestión científica [cuadratura del círculo (libro I), sistema del mundo (libro II), origen del lenguaje (libro III)], defienden tesis que se pueden clasificar fácilmente de extravagantes. (...) Casi siempre ese hombre que quiere revolucionar la ciencia es un autodidacta.
Su aislamiento unido al hecho de que se le ignore o se le desconozca, le lleva a menudo a convertirse en un perseguido y a ingresar así en la segunda categoría de los locos literarios. Según sus escritos, que son siempre autobiográficos, éstos se presentan como perseguidos, o reivindicadores, o interpretadores, es decir, presentan los síntomas de uno de los delirios definidos (durante un tiempo) por la patología mental. Me conformaré con llamarles perseguidos, sin dar a este término su sentido psiquiátrico preciso. A los mesías y a los profetas también hay que añadir, por lo menos, aquellos que nunca han visto reconocido el valor de su misión o la realidad de sus dones proféticos". Los escritos de los "locos literarios" son delirantes y acompañan el devenir histórico de su tiempo ya que sus delirios funcionan como interpretaciones de los acontecimientos de su época.
Los escritos de locos plantean más de un problema en una discusión que podría resumirse en estos términos: ¿tienen un valor literario las producciones escritas de estos paranoicos que casi siempre se manifiestan por escrito y de manera autobiográfica? Para Lacan estas producciones literarias quieren decir sencillamente hojas de papel cubiertas de escritura.
Pero en realidad son el testimonio de una experiencia que habría que diferenciar de la producción literaria. Lacan afirma que a la experiencia mística de los escritos de San Juan de la Cruz o la poesía de Nerval se la podría definir como poesía en tanto ésta se define como la creación de un sujeto que asume un nuevo orden de relación simbólica con el mundo.
Quién fue Raymond Queneau
Hace dos años, Francia vivió el centenario del nacimiento de Queneau con la celebración de diversos congresos, publicaciones, exposiciones, conferencias, homenajes, estudios y números monográficos de importantes revistas, e incluso la representación de sus obras teatrales. La causa, descubrir, quizás con mayor ardor que nunca, la verdadera cara de este heterodoxo pero ya clásico escritor francés, posiblemente el más estudiado a falta de ser el más leído y popular.
Así los franceses descubrieron a un verdadero escritor, y un hombre, que es referencia inexcusable del siglo XX: aborda la Primera Guerra Mundial en Un rude hiver (1939; Un duro invierno, Destino, 1989), la Segunda en Le Dimanche de la vie (1952; La alegría de la vida, Alfaguara, 1987) y la guerra del Rif en Marruecos en Odile (1937), novela esta última en la que también aparecen referencias al caso Sacco y Vanzetti, como se refiere igualmente al proceso de Landru en Les Derniers Jours (1936), a la crisis de 1929, al motín antiparlamentario del 6 de febrero de 1934 en Les Enfants du Limon (1938), o a las huelgas de posguerra en Zazie dans le métro (1959; Zazie en el metro, Alfaguara, 1978), ejemplos entre otros muchos que vienen a demostrar que en las obras de Queneau tienen cabida tanto los hechos históricos como la evolución social, las costumbres y las mentalidades que él mismo observa y vive. Muchos podrán pensar que es posible encontrar en sus novelas una crónica del siglo XX.
Su vida
Queneu nació en El Havre, Francia en 1903 y murió en París en 1976. Fue escritor y matemático. Tras un primer contacto con el surrealismo, Raymond Queneau inició una evolución más personal que se caracterizó por la tendencia a tomar el lenguaje como elemento de experimentación formal, cuya máxima manifestación serían los Ejercicios de estilo (1947), que presentan hasta 99 formas distintas de contar un mismo y trivial episodio ocurrido en un autobús. Su pasión por las matemáticas, los enigmas y los juegos estratégicos, le sirvió para construir mundos científico-imaginarios que él denominaba “patafísicos”: Les temps mêlés (1941), Saint Glinglin (1948). Autor poco dado a las confesiones y a las intimidades, a pesar de algunas novelas que podrían considerarse autobiográficas, su universo literario está construido con grandes dosis de humor inteligente e ironía, que a veces roza el absurdo, como en Zazie en el metro. Raymond Queneau fue uno de los fundadores del grupo literario OULIPO (OUvroir de LIttérature POtentielle, “Taller de literatura Potencial»), cuya intención era explorar los juegos y las combinatorias posibles dentro de las reglas convencionales de la literatura, y al que pertenecieron, entre otros, Italo Calvino y Georges Pérec. Como matemático, participó en el colectivo Nicolas Bourbaki, en concreto en la elaboración de los Elementos de la historia de las matemáticas.
* Estas notas fueron elaboradas con información proveniente de la revista Ñ de Clarín, el diario El crítico de Antonio Ortega y varias páginas de internet en francés.
LAS CUATRO "LOCURAS" DE QUENEAU
El libro de Queneau está dividido en cuatro secciones, que son verdaderas concepciones del universo y las letras que exceden la categoría de delirio. Las cuatro secciones son: la cuadratura del círculo, el mundo, el tiempo y el lenguaje como escritura con retruécanos, juegos de palabra y acertijos creado por Dios para confundir a los sabios. De todas maneras las memorias de locos son un género antiguo en la historias aunque una de las más conocidos fue Memorias de un enfermo nervioso, del Presidente Daniel Schreber, el famoso jurista sobre el que Freud escribió para fundar la estructura lógica de la paranoia en uno de sus cinco historiales clínicos.
Filósofos, místicos, creyentes, teólogos, el hombre común -toda una iconografía revela ese instante de comunicación divina- han soñado el sueño Schreber: "que Dios les hable personalmente".
UNA "LOCURA": LA CUADRATURA DEL CÍRCULO
En los confines de las tinieblas: los locos literarios, uno de los "locos literarios" da cuenta en sus testimonios del descubrimiento de la cuadratura del círculo. En principio el problema estaba planteado en estos términos: "Dado un círculo, intenta construir por medio de un número finito de operaciones un cuadrado que tenga un área equivalente, utilizando únicamente la regla y el compás". En 1775, la Academia de Ciencias de París decidió rechazar cualquier comunicación sobre el tema ya que los escritos absurdos se multiplicaban.
En los testimonios que transcribe Queneau sin duda se podrían relevar algunos tópicos que se encuentran en más de un escrito delirante. Por ejemplo, la importancia otorgada al descubrimiento porque conduce a dos causas de las experiencias inspiradas: la revelación y los dones. El descubrimiento tiene la misión de ser transmitido casi bajo la forma de un imperativo que adquiere la característica de una llamada a la que el delirante no se puede sustraer.
Es el caso de Jean Pierre Aimé Lucas quien a partir de la comunicación inspirada se transforma en un elegido que se propone resolver la cuadratura del círculo y, por supuesto, la resuelve.
Como formula Queneau, el matemático Lucas reconstruye la geometría y el álgebra sin preocuparse por las pruebas o demostraciones, le basta imaginar las proposiciones y teoremas como cuentos fantásticos. Sus escritos consideran las posiciones científicas de sus adversarios -otros miembros de la Academia de Ciencias- de manera querellante. Por lo tanto concluye uno de sus folletos con esta frase: "Seguro de la victoria tomo sin más demora mi título inmortal que nadie en este mundo puede negarme. El autor de la cuadratura del círculo. Lucas".
Queneau sitúa bien estas revelaciones como intuiciones delirantes. Por ejemplo, lo que atañe a distintos signos que no confunde teóricamente ni con visiones ni con alucinaciones y que caracteriza como manía interpretativa de estos delirantes en quienes hasta el menor detalle puede convertirse en signo de su certeza delirante. El otro loco del que habla Queneau en esta sección es Joseph Lacomme quien no sabía leer ni escribir pero descubrió la cuadratura del círculo por pura experimentación. La Sociedad de las Ciencias y de las Artes de París le concedió una medalla y certificados por un folleto sobre el tema que reimprimió varias veces. Joseph era un labrador que en 1836 se puso a construir un pozo y que cuando terminó consultó acerca de cuántos bloques de piedra necesitaba para pavimentar el fondo. Para ello acudió a un instituto especializado y le preguntó a un profesor de matemática el diámetro del pozo. Este le contestó que no podía responderle ya que nadie había descubierto la relación de la circunferencia con el diámetro. A partir de ese momento a Joseph se le reveló la inspiración de que debía descubrir lo que otros geómetras no habían logrado. Desde entonces vendió su hacienda y se instaló en el fondo del pozo ordenando y midiendo sillares y buscando todos los medios para llegar al gran descubrimiento. Un año después de estar en el pozo finalmente descubrió su método y la Asociación Científica de Toulousse lo invitó a exponerlo.
DE "HETERÓCLITO" A "LOCO" Y “LOS LOCOS LITERARIOS
El término "heteróclito" ilustra bastante bien la naturaleza hiperbólica u obsesiva de obras relativas al pensamiento, la ciencia o las letras, y dentro de esa categoría se incluye al "loco literario", que se va a convertir para los lectores del siglo XX en un personaje o en un tipo característico entre muchos, aunque la denominación no carece de ambigüedad, sobre todo a la hora de determinar cuándo un loco es literario. Después de que el erudito Charles Nodier propusiera en 1835 las primeras reflexiones sobre ese mundo donde se unen locura y literatura en su Bibliographie des fous: de quelques livres excentriques, hay que esperar a los años treinta del siglo XX para que una aproximación más razonada apoye la metodología de sus investigaciones, y fue Raymond Queneau quien volvió a tomar el relevo. Turbado por los extravíos del pensamiento tendrá el proyecto de establecer una "enciclopedia de las ciencias imaginarias" titulada "L"erreur, le mensonge, la prestidigitation", que habría podido convertirse en el tomo 41 de la Encyclopédie de la Pléyade, concebido para dinamitar las certidumbres acumuladas en los volúmenes anteriores.
Desde 1934 Queneau había imaginado una Anthologie des fous littéraires du XIXe siècle, y se sabe que después de tres años de trabajo en la Biblioteca Nacional, propuso en vano a Gallimard y a Denoël una selección de escritos de una cincuentena de "locos literarios", que acabará por integrar, bajo la forma de "enciclopedia de ciencias inexactas", en su novela Les Enfants du limon en 1938, disfrazada como obra de su personaje central, Chambernac, y donde declara la dificultad de determinar su concepción de loco literario. Sesenta y ocho años después, Madeleine Velguth presenta y anota esta obra con implacable erudición, pero quizás de forma poco lúdica, y bajo el título de En los confines de las tinieblas: los locos literarios, donde Queneau recopila las páginas más extravagantes encontradas en la Biblioteca Nacional, subrayando sus diferencias y rupturas con la ciencia oficial.
Quiénes no son "locos literarios"
Queneau excluye de su corpus de "locos literarios" a todo escrito oficial o universitario, además de todo lo que es admitido como literario o científico, es decir, a todos los reconocidos como alienados cuyas obras revisten una importancia filosófica, poética o humana, como Sade, Fourier, Nerval, Lautréamont, Roussel y demás figuras históricas. Después descarta a los vinculados a una religión por minoritaria que sea, a los místicos, teósofos y furieristas, o los espíritus particularmente necios y cretinos. Los que quedan son desconocidos cuyas obras aparecieron la mayor parte de las veces en provincias, publicaciones sin ecos importantes, si acaso, alguna nota irónica en algún periódico, libros caídos en el silencio pesado de los estantes de la Biblioteca Nacional o en el polvo de almacenes provinciales. Obras que con el tiempo han multiplicado por cinco su valor y consideración, como demuestra André Blavier, complice y seguidor de Queneau desde que quedara deslumbrado por sus obras, en sus Fous littéraires, publicado con Henri Veyrier en 1982. El belga Blavier, continuador de Queneau, reúne en la citada obra, reeditada en 2000, más de tres mil nombres en su firme taxonomía de locos literarios. Queneau llegó a forjar la cautivante hipótesis de que, quizás, el primer hombre fue un mono que se volvió loco.