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Artes plásticas en Bolivia: lo más destacado

Por Harold Suárez Llápiz - Periodista Invitado - 7/08/2010


Artes plásticas en Bolivia: lo más destacado - Harold  Suárez Llápiz  Periodista Invitado

Artes plásticas en Bolivia: lo más destacado - Harold Suárez Llápiz Periodista Invitado

Las artes plásticas en Bolivia son tan diversas como sus paisajes, lo que hace que sea difícil establecer categorizaciones bien delimitadas y, a pocos años de comenzado un nuevo siglo, lo clásico y lo contemporáneo conviven como una muestra de esa diversidad. A continuación se presenta un breve panorama de la configuración de las artes plásticas en el país, yendo de lo clásico a lo contemporáneo, con una revisión de la obra de los artistas bolivianos más destacados desde el siglo XX a la fecha. Pintura, escultura, muralismo, dibujo, fotografía, caricatura y otras artes plásticas están representados en una selección de los artistas más representativos.

En la primera mitad del siglo XX, uno de los más sobresalientes es el potosino Cecilio Guzmán de Rojas (1899-1950), verdadero precursor de la corriente del indigenismo, no sólo en Bolivia, sino también en América Latina, otorgando al indio el estatus de elemento plástico protagónico en una obra de arte. Como obras maestras de su producción artística destacan los lienzos "Cristo Aymara" (1939) "Ñusta" (1936), "Autorretrato" (1918), "El mendigo" (1919), "El beso del ídolo (1926) "El Illimani negro" (1937) y "El triunfo de la naturaleza" (1928). En la vereda de enfrente, por las diferencias en cuanto a los planteamientos estéticos, no se puede dejar de mencionar (más por fama adquirida que por mérito propio) al paceño Arturo Borda (1883-1953), más cercano a una corriente clásica, conservadora. A decir verdad, la obra de Borda es más de carácter ilustrativo, bastante anecdótico y cargado de un exagerado discurso literario. De toda su producción sólo sobresalen dos obras: "El retrato de mis padres" (1920) y "El Yatiri" (1918), magníficas piezas, aunque el resto de su producción adolece de notorios altibajos.

La figura del eximio pintor lituano Juan Rimsa (1903-1978), activo en nuestro país entre 1935 y 1950, es fundamental en el escenario artístico de la época. Abrió un sendero para posteriores generaciones de artistas en La Paz y Sucre, dejando destacados discípulos. Por otro lado, la calidad de su obra está fuera de discusión. Aventajado dibujante y colorista, resolvía su obra con una figuración estilizada y elegante. Su pincelada es gruesa, rica en materia y brillante en cuanto al tratamiento cromático, con un uso magistral del claroscuro.

Entre los retratistas, destaca el cochabambino Avelino Nogales (1870-1930) quien inmortalizó a importantes personalidades de la época.

Por otro lado, el más destacado paisajista boliviano fue Raúl Prada, (1900-1991)  quien deslumbra con sus bellas estampas del valle cochabambino. En cuanto a la calidad de su pintura denota gran maestría en el tratamiento de las diversas tonalidades del color verde y en el manejo de la luz.

En el arte abstracto, sobresalen las figuras de la paceña María Luisa Pacheco, (1918-1982), el orureño Óscar Pantoja (1925-2009) y el potosino Alfredo La Placa (1929).La primera realiza una obra de gran calidad plástica y magistral uso de la composición al vertebrar, mediante el uso del collage, exquisitas formas abstractas. El segundo, más colorista, cautiva con un abstraccionismo de carácter lírico.

La Placa sorprende en los años 70 con una impactante serie de mutantes y, posteriormente, con sus bellos minerales abstractos que transportan a los socavones de su natal Potosí. Su pintura se inscribe en la línea de la abstracción de naturaleza expresionista, comparable al alquimista que transforma un material inerte en elementos de la materia que alcanzarán una dimensión onírica y simbólica.

La recientemente desaparecida Inés Córdova (1927-2010) fue pionera en el manejo del collage con metales y textiles en Bolivia. Consagrada como una de las artistas más sobresalientes, prolíficas y completas en la historia del arte nacional, destacó además por ser una eximia pintora, ceramista, orfebre, grabadora y muralista.

La escultura boliviana llega a su sitial más alto con la figura de Marina Núñez del Prado (1908-1995), quien desarrolla una obra  brillante en cuanto a su manejo técnico, con gran dominio en cuanto a la síntesis y volumen de las formas escultóricas. Brillan sus series de Montañas y Mujeres al viento. En cuanto a la producción escultórica de los artistas relativamente más emergentes, tenemos al también vitalista León Saavedra Geuer, quien sorprende con sus esculturas metálicas de notable calidad técnica y formatos de grandes dimensiones. No se puede decir lo mismo de la obra del yungueño Juan Bustillos, que es bastante irregular y de carácter artesanal. Además, suele repetirse en cuanto a las temáticas (las figuras partidas ya fueron realizadas por la argentina Martha Minujín). Por otro lado, los torsos y traseros femeninos (con sendos insectos y otros bichos extraños incrustados), realizados últimamente en bronce, son, estéticamente hablando, de muy mal gusto y es común encontrar esta interminable serie de piezas en las casas de decoración y mueblerías de Santa Cruz, como las obras de su colega  Ejti Stih.

En la escultura monumental es pionero Emiliano Luján (1910-1973) al realizar las primeras esculturas públicas en el país. Destacan "El Cristo" (1961, Santa Cruz) y "El soldado desconocido" (1972, La Paz), entre otras importantes obras.

En el muralismo boliviano, destaca la presencia de Miguel Alandia Pantoja (1914-1975), quien no tenía reparos en manifestar a través de su obra sus posturas políticas. Paralelamente, en Sucre desarrolla una importante producción Walter Solón Romero (1925-1999), fundador del grupo cultural Anteo, movimiento contestatario a los cambio políticos y sociales que vive Bolivia en aquel tiempo y que tenía como premisa llevar el arte a las calles. Solón Romero realiza  además otros murales en la ciudad de La Paz. También sobresale la figura de Gil Imaná, (1933) muralista y pintor boliviano de dilatada trayectoria. Se puede resumir que su pintura se inicia con una figuración concreta de tendencia social-muralista para evolucionar transitando por una neofiguración de carácter expresionista. La muralística en la pujante Santa Cruz de La Sierra, se inicia gracias al trabajo prolífico de Lorgio Vaca, (1930) quien realiza destacados trabajos en relieves cerámicos policromados que embellecen avenidas, plazas y parques de dicha ciudad.

Si existe un mural que se puede considerar como una obra maestra del artista cruceño, ése es "La Gesta del Oriente boliviano",(1970-1971), dos grandes muros de concreto trabajados con relieves cerámicos policromados y vidriados, conjunto mural de 240 metros cuadrados que embellece el paseo Municipal del Arenal.

El circuito del arte nacional tiene en Enrique Arnal (1932) a su más enérgico renovador de propuestas estéticas. Hablar del potosino es evocar al más brillante representante de la neofiguración-expresionista en la historia de la pintura boliviana. Destacan sus series de aparapitas, toros, cóndores, gallos, desnudos femeninos, montañas y en su obra más reciente una afortunada incursión en la pintura abstracta.

En el campo de la acuarela, sobresale el renombrado maestro Ricardo Pérez Alcalá (1939), aventajado dibujante y colorista, quien maneja de manera magistral la luz, con una paleta sobria y elegante. A partir de allí, surge el talento para plasmar en sus acuarelas como nadie la textura de las paredes de las casas deterioradas, de sus antiguos y desgastados portores, o al evocar la precaria cocina de algún recóndito y olvidado lugar. Entre los discípulos del potosino brilla también con méritos propios el acuarelista cochabambino Darío Antezana (1958).

También es ponderable el trabajo en acuarela que realiza el maestro paceño Mario Conde (1956), de acertado manejo técnico, con una propuesta tan surrealista como neobarroca, aunque en ocasiones abusa con la exagerada utilización de elementos plásticos, casi siempre simbolistas y folklóricos.

La pintura de Gíldaro Antezana (1938-1976) es una de las más sobresalientes. Se trata de una propuesta que adquiere un carácter narrativo, simbólico, metafórico y hasta poético. Podríamos decir que su obra estaba establecida en los cánones de una neofiguración expresionista, dentro de composiciones surrealistas, y llega a adoptar sin reparos la temática social. Dos temas recurrentes dominan en las secuencias oníricas: la figura humana (Caytano) y los animales (gallos). Un tercer centro de interés surge esporádicamente, los girasoles; un cuarto más por compromiso: el discurso social.

La pintura ingenua o llamada "arte naif" tiene en la figura de Armando Jordán (1893-1982) a un primer gran exponente en la Santa Cruz de antaño. Jordán relata, de manera picaresca, el acontecer de la comunidad cruceña de su tiempo. En tiempos actuales, Carmen Villazón (1952) es indudablemente la artista que expresa con mayor elocuencia el verdadero “arte naif” entre todos sus coetáneos no sólo en Santa Cruz, sino en todo el país, puesto que sus lienzos hacen referencia a una simplicidad de espíritu que hace transitar su arte más allá de la parte formal.

Tito Kuramotto (1941) es dueño de una obra tan irregular como camaleónica. A lo largo de su carrera transitó por diferentes corrientes estéticas: desde el cubismo (fascinado por Picasso), al pop art y al expresionismo. Su pasión por la fotografía lo llevó a sumergirse dentro del hiperrealismo. Son notables en este período sus Nubes de 1979, que parecían ser avistadas desde la cabina de un avión.

Raúl Lara (1940) es un gran exponente del barroco-mestizo de las poblaciones andinas de Bolivia. Sus personajes son mineros y campesinos que ingresan a un universo nuevo, la gran ciudad, tratan de adaptarse a ella y buscar mejores días. Es, entonces, una obra que está dentro de la corriente del realismo mágico latinoamericano, que propone la literatura de Gabriel García Márquez, o en la dimensión carpentieriana de lo real maravilloso, reflejo de la expresión americana, simbiosis de culturas que nos remiten a una Bolivia profunda y mítica.

En cuanto a los artistas de la generación posterior, destaca Roberto Valcárcel (1951), quien propone una obra a lo Joseph Beuys y Andy Warhol (en versión boliviana). Es un multifacético pintor, dibujante, performancista, fotógrafo, artista conceptual, que tiene tras de sí a una interminable pléyade de seguidores en el país.

Por otro lado, el paceño Sol Mateo deleita con sus bien logradas fotografías intervenidas, dotadas de certera composición, gran fuerza expresiva, luz y color. Es digno de mencionar el destacable trabajo de Ángeles Fabri (1957), quien realiza un expresionismo abstracto con un sobresaliente dominio del color y portentoso uso de la composición.

La pintura de Keiko González (1964) sigue la corriente del expresionismo abstracto, aunque en buena parte de su obra es evidente una neofiguración próxima al cubismo sintético influenciado por Pablo Picasso. La producción temprana es de carácter simbólica e icónica; incluso se ve un relevante contenido erótico en algunas de estas series donde vislumbran formas femeninas.

Raquel Schwartz (1963) se ha destacado por proponer (hace ya un buen tiempo) interesantes e innovadoras producciones realizadas en cerámica.

La cochabambina Alejandra Dorado Cámara (1969) presenta una obra inteligente, cuestionadora y transgresora, ejecutada a través de los mas diversos medios de expresión como la fotografía intervenida, performance, pintura, dibujo y otros que indagan bastante en torno a la sexualidad, la religión y a otros temas tabú en la sociedad boliviana.

La también artista visual Erika Ewel (Santa Cruz-1970) manifiesta a través de su producción pictórica o fotográfica su preocupación por la reflexión acerca de la identidad del individuo, la relación con su entorno y la identidad de género.

En cuanto al dibujo, en Bolivia se debe destacar al maestro Cecilio Guzmán de Rojas, gran dibujante de la primera mitad del siglo pasado. Posteriormente sobresalen Edgar Arandia (1951), Ricardo Pérez Alcalá, Fernando Montes (1930-2007), Raúl Lara, Juan Rimsa, Gil Imaná, David Angles, Walter Solón Romero y Enrique Arnal, todos ellos extraordinarios dibujantes.

Como ilustrador es oportuno mencionar al talentoso Alejandro Salazar. Cabe destacar que existen tres connotados caricaturistas en el arte boliviano del siglo XX: Miguel Alandia Pantoja, Emiliano Luján, y más recientemente, Ricardo Pérez Alcalá se revela como un connotado cultor de este oficio.

En la fotografía artística nacional sobresalen los ya mencionados Roberto Valcárcel, Gastón Ugalde, Sol Mateo, Érika Ewel y Alejandra Dorado Cámara.

En el grabado es ponderable la producción del artista paceño David Angles (1956-2000), además Max Aruquipa, Diego Morales, Walter Solón Romero (1925-1999) y la propia María Esther Ballivián. Todos ellos perfeccionaron su trabajo en esta técnica.

Indudablemente, existen otros artistas plásticos destacados, pero los creadores mencionados han ejercido una mayor influencia en el arte boliviano. Muchos de ellos ya son considerados maestros consagrados y otros son sobresalientes artistas jóvenes emergentes.


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