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Ed. Impresa Comentario sobre una obra premiada

Presentación de “Laura se ve hermosa así”

Por Juan Araos Uzqueda - Columnista - 16/08/2009


Leí con gusto, casi de un tirón, esta primera novela de Omar Iván Gutiérrez Moscoso.
Laura, Martín y varios de los demás personajes cobran vida y nítidos caracteres juveniles y atractivos, en ella.
Laura conoció el amor cuando a los catorce años vio a Martín saltar a la piscina, y conoció la muerte años después, cuando joven, hermosa, y adulta, soñó que Martín se moría y era verdad.


Martín conoció la muerte cuando murió su papá y reconoció el amor y “se confirmó a sí mismo” (p.155), cuando vio a su prima Laura largo tiempo después de amarla por primera vez.


Y desde que Laura conoció el amor hasta que Martín se reconoció, feliz, en el suyo, sus vidas transcurren entrelazadas y buscándose, lo cual ambos saben e ignoran, pero no igual, sino cada uno a su manera.


Laura es sensible, femenina, fantasiosa, se deja orientar por familiares señales premonitorias: a veces “siente que los latidos de su corazón suenan más fuerte que las zapatillas de madera de sus clases de baile” (15); cuando conoció el amor “estaba feliz, se sentía mujer” (16); “hacía de su diario un cuento, se convertía en un personaje” (18); sabe que cuando desatiende ciertas sensaciones avisadoras, por decirlo así, “las cosas toman un curso indefinido que siempre termina en un dolor que ahoga el pecho. Un dolor distinto al que se siente cuando te caes de la bicicleta o te resbalas en el piso mojado” (13). Ella preferiría no esconder, no guardar en secreto, el amor entre ella y su primo Martín, pero él no lo quiere así.


Martín parece menos franco o más pudoroso, o indeciso, que Laura. Se siente culpable de amar a su prima, y se lo hace saber a ella desde un principio: “Perdón”, le dice a ella, y Laura no entendía por qué él le había dicho “perdón” entonces, la primera vez de la piscina; y se empeña en esconderse con ella, y esconderse de ella, y tiende a vivir como si escapara de Laura, como si la pudiera olvidar, pero no puede, pues aunque muchas veces se siente llevado por hechos prosaicos inevitables, y se convierte en un hombre adulto al que él mismo no quiere, Laura lo atrae de veras de un modo esencial, eficaz, muy arraigado en su corazón, y él no deja de recordarla.


Sí, Laura y Martín son diferentes la una del otro.
Quizás por eso los dos se recuerdan tanto tantos años.
Laura trata siempre, por ejemplo, de acercarse a las personas en busca de calor, “[e]sa especie de calor distinto al originado por el Sol en una tarde de primavera. Es más bien algo más cercano a una noche fría y un pequeño leño encendido. Laura busca ese calor” (15); Martín parece tener menos necesidad que Laura de acercarse a la gente, tanto que de niño no la pasaba mal sin nadie al lado suyo.


Hay también sueños compartidos con amigos del colegio, que aún atraen a Martín: “[h]acer una película, pintar al óleo, escribir libros, tener una banda, estudiar arte, beber en un departamento, hacer esculturas de metal, ser campeones de bicicrós” (49). Pero esos amigos colegiales ya no están o se dedican a sus propios asuntos, incompatibles con los de Martín.


Lejos, pues, el uno del otro, Laura y Martín se dedican a sus propias cosas, quizás compatibles entre sí, quizás no, según pasa el tiempo: él repara y vende relojes, canta y toca guitarra en un café los fines de semana, “se deprime constantemente” (50); ella escribe páginas culturales exitosas, luce una “imagen perfecta para un comercial de mujeres triunfadoras” (34), disfruta los pequeños “deleites que el día le da” (35).


Los dos tampoco sobrellevan heridas de amor semejantes: él padeció un noviazgo engañoso y sigue soltero; ella un matrimonio infeliz que nunca echó alas; pero siquiera porque ninguno de ellos puede prescindir del otro, sus vidas adquieren un sentido especial, que marca el pulso más fluido de la novela, un sentido amoroso cuyo tiempo debe mucho a la esperanza y la memoria: no son vidas simplemente solitarias ni a la deriva, sino vidas que se buscan como quien busca lo mejor de sí mismo y al final lo encuentra y lo pierde y lo encuentra y lo pierde.


Leemos, al comienzo de la novela, que Laura nunca había sentido lo que sentía por Martín, “lo había visto en las películas de la abuela pero sólo por unos segundos. Después continuaba viendo las manos arrugadas que le tapaban los ojos.” (16).


Leemos, casi al final de la novela, que años después, junto a Laura, “Martín siente que la soledad se ha evaporado como una pastilla de Eno en un vaso de agua” (151); y ni él ni ella “quieren que termine la canción” que bailan, “no quieren que termine el viento”, “no quieren que terminen sus vidas”, “no quieren que termine el momento donde no se finge nada” (149). Parece el final de la historia pero no es el final.


Todo escrito con juvenil, sincero, natural, talentoso entusiasmo, sobre un fondo de verdadera poesía que prodiga imágenes bellas inagotables y cotidianas, aquí y allá.


Así, los relojes del libro funcionan, la Vespa rueda y se luce conducida por alguien que lleva una guitarra, los nietos y nietas celebran reunidos el cumpleaños de la abuela, los sobrinos menores no faltan, ni los padres, ni las madres, quizás insatisfechos, quizás mal casados, ni la “laguna que se forma en el asfalto sobre la carretera” (60), como un oasis pequeñito que se deshace según pasamos.


Algunos deslices veniales de ortografía y gramática y otros asoman en el texto. Donde ahora dice, por ejemplo, “Martín sabe que Marta sólo quería que la escuchen” (101), las próximas ediciones dirán “Martín sabe que Marta sólo quería que la escucharan”.


Pero felizmente asoman y circulan en el texto las palabras “amor”, “vida”, “muerte”, “literatura”, concurridas palabras numerosas que ahí están, con la noche y el día de hoy en sus giros, “y a la altura de la mujer la luna llena” (17).


Muchas gracias, Iván, por tu novela.

 


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