Ed. Impresa Letralia | La otra mejilla de Maradona
Fueron seis puñaladas, seis
Por Wilson García Mérida - Periodista Invitado - 5/04/2009
Fueron los mejores seis goles del mundo. De hecho Bolivia fue, aquel 1 de abril del 2009, el campeón mundial por un día, aunque después todo siga igual. Pero ese día valió por 6, tomando en cuenta que cada gol de aquellos vale un año luz. Un golcito más y se batía el récord histórico en capotes a la Argentina.
Todo fue perfecto; tanto que, tamaña perfección, no halla explicación terrenal. Queda claro que no fue la altitud, pues en aquel paradigmático match se probó que el Fútbol de Altura (una nueva especialidad) tiene reglas propias con las cuales Maradona simplemente no jugó, aceptando por ello con hidalguía su caída.
¿Fue el anticristo, 666, mordiendo la mano de Dios a 3.600 metros sobre el nivel del mar? ¿Fue el buen Maradona buscando la redención y dando la otra mejilla después de recibir tales seis puñaladas en su mesiánico corazón? Todo pudo ser. Todo es posible cuando el fútbol tiene esos ataques de lucidez fruto de combinaciones mágicas, de azarosas articulaciones y talentos diversos en rebelión.
Aquella efímera gloria, esa fugaz felicidad que vino y se fue irrumpiendo en una rutina de miedos y desilusiones, por un momento nos arrancó de nuestra cotidiana mediocridad y nos hizo sentir un pueblo elegido. El designio tuvo un origen fariseico: la afición nuestra, acostumbrada a la derrota, llenó el “Hernando Siles” no tanto para apoyar a su selección, sino para admirar provincianamente el espectáculo de un equipo argentino plagado de estrellas internacionales, esas que son plaga como el fetichismo de la mercancía. Messi, el yerno de Dios cuya pata mueve 120 millones de dólares, quedó devaluado ante la marca simple y eficaz de un obrero del fútbol boliviano llamado Ronald Rivero. Anulado el ataque argentino, perforando desde la izquierda con toques precisos por abajo y letales contragolpes por arriba, los once argonautas bolivianos hallaron el vellocino de oro en una batalla épica que no tuvo tregua hasta el final, bajo la sosegada mirada del maestro Sánchez.
El compadrazgo entre Ribeiro y Botero es un fenómeno de fructífera complicidad raras veces vista en el fútbol boliviano. El brasileño naturalizado da Rosa, que se define a sí mismo como “colla orureño”, el cochabambino Didí Torrico, el astro cruceño Martins o el tarijeño Abdón Reyes, han demostrado al mundo que Bolivia tiene, desde siempre, generaciones de futbolistas geniales que sólo esperan esos momentos mágicos para develarse tal cual vimos en aquel inolvidable primer día de abril.
Y ya no hay nada más que pedir. Ni siquiera que se repita la hazaña.
llactacracia@yahoo.com
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