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Ed. Impresa El fin de la Literatura

Artaud y el arte de cartear

Por García Mérida Wilson - Periodista Invitado - 18/07/2010


Mi buen y solidario camarada Gabriel Herbas  —razonable como es en su delicado rol de gran fiscalizador del bien público—  había observado alguna vez esa mi irrefrenable pulsión por hacer públicas mis cartas oficiales y no oficiales, actividad en la que me especializo, debo admitirlo, tentado por las facilidades que ofrece el correo electrónico masivo, a través del cual suelo desconcertar a mi público lector como impenitente remitente de misivas cargadas de violentas sugestiones como debe ser en esta lucha por la vida y no por el poder.

Y es que como Artaud, ese loco genial y surrealista contemporáneo de don Cesáreo Capriles, no aspiro a hacer una obra maestra literaria y presentarla en vinitos de honor (mis vinos son de cepa deshonrosa) para expresar lo que pienso y lo que siento mediante la palabra escrita pura y simple y cotidiana. Que eso me aleje de los exclusivos círculos literarios de cierta excluyente elite cultural es justamente lo que pretendo.

“Allí donde otros proponen obras yo no pretendo otra cosa que mostrar mi espíritu. La vida consiste en arder en preguntas. No concibo la obra como separada de la vida. Me reconozco tanto en una carta escrita para explicar el encogimiento íntimo de mi ser y la castración insensata de mi vida, como en un ensayo exterior a mí mismo y que aparece en mí como un engendro indiferente de mi espíritu” escribió el lúcido Antonin un día gris de julio en una carta sin destinatarios.

 

Sus cartas dirigidas a los legisladores franceses que en 1917 penalizaban las adicciones patológicas, acusándoles de castrados mentales (“¡Convulsiones del cuerpo o del alma, no existe sismógrafo humano que permita a quien me mire llegar a una evaluación de mi sufrimiento más exacta que aquella fulminante de mi espíritu!”); a sus esposas y amantes planteando una fórmula eficaz del amor conyugal (“No es preciso siquiera que esa mujer sea hermosa, tampoco quiero que tenga una excesiva inteligencia, y menos aún que piense demasiado. Con que se apegue a mí es suficiente”); o al Papa encubridor de curas pedófilos (“¡Oh Papa...! En nombre de la Patria, en nombre de la Familia, impulsas a la venta de las almas y a la libre trituración de los cuerpos”); eran verdaderos pasquines revolucionarios. La estalinización del surrealismo agudizó su anarquismo y sus misivas se tornaron más radicales aún.

A eso se limitó la obra de Antonin Artaud, a simples cartas que él calificó con total desapego “desechos de mí mismo, esos rasgones del alma que el hombre normal no acoge”.

Si Artaud viviera en nuestros tiempos, en el orden de sus repulsiones estaría mandando emails puteándoles a los dueños de la CNN, condenando a los contaminadores petroleros del Golfo de México y polemizando con Galeano sobre la honestidad del pulpo Paul.

Yo, aprendiz de carteador, sólo me limitaré uno de estos días a publicar mi última carta de renuncia al cargo en cuestión.

llactacracia@yahoo.com 

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