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Ed. Impresa Los antecedentes históricos, aún poco difundidos, ofrecen un valioso punto de referencia para la comprensión de los sucesos actuales. Quizás sorprenda que este mismo proyecto ya fue planteado en 1780 por el gobernador español de Mojos, un militar llamado

El camino a través del Tipnis, ¿un proyecto colonial del siglo XVIII?

Por Tristan Platt - Columnista - 28/02/2012


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Una ilustración representa la pérdida que generaría si se construye una carretera en medio del  Tipnis. Un proyecto con antecedentes históricos del siglo XVIII y que hoy parece imponerse pese a todos los movimientos de protesta. - Los Tiempos  | Usuario

Una ilustración representa la pérdida que generaría si se construye una carretera en medio del Tipnis. Un proyecto con antecedentes históricos del siglo XVIII y que hoy parece imponerse pese a todos los movimientos de protesta. - Los Tiempos | Usuario

En medio del furor sobre la construcción de una carretera Villa Tunari-San Ignacio de Mojos a través del Tipnis, existe un elemento importante que aún no ha sido tomado en cuenta. Se trata de las raíces esencialmente coloniales del proyecto. Los antecedentes históricos, aún poco difundidos,  ofrecen un valioso punto de referencia para la comprensión de los sucesos actuales.

Quizás sorprenda al lector enterarse de que este mismo proyecto ya fue planteado en 1780 por el gobernador español de Mojos, un militar llamado Ignacio Flores, pronto a convertirse en el presidente de la Audiencia de Charcas. Apoyándose en un razonamiento curiosamente similar al que hoy se esgrime por “Conisur” y los sectores que apoyan la apertura del camino, Flores llevó a cabo parcialmente el proyecto, con el apoyo del gobierno ilustrado del Rey Carlos III en Madrid.

Ignacio Flores es mejor conocido por su gestión como comandante de las tropas españolas enviadas en 1780 contra Tomás Katari y la sublevación de los ayllus de la Provincia colonial de Chayanta (hoy el Norte de Potosí), y también por haber llevado presa a La Paz a Bartolina Sisa. La orden de trasladarse a Chayanta vino justo cuando escribía, desde La Paz, una carta sobre los avances del proyecto del camino Chapare-Mojos. La carta iba dirigida al secretario de Estado en España, José de Gálvez, consejero ilustrado del Rey Carlos. Flores tenía cierta confianza con Galvez porque, en 1777, éste lo había nombrado gobernador de Mojos. Y, en la carta de 1780 (que se publica al final de esta nota), el flamante gobernador le demuestra nuevamente a Gálvez la conveniencia de conectar Mojos con Cochabamba pasando por el Chapare. La carta anuncia, además, que la primera traza ya estaba acabada.

Las razones para construir el camino en aquel entonces eran desarrollistas y geopolíticas, como lo son hoy en día. El gobierno de Carlos III buscaba por todos los medios modernizar la América española para que pudiera producir más para la metrópoli. Y se sabía que, a mitad del trayecto del camino, al pie de los Andes, vivía una población de “bárbaros”, como se solía llamar a los yuracarés. Pues, algunos yuracarés, aún independientes, seguían defendiendo su espacio vital. Otros acababan de ser reducidos temporalmente por el franciscano P. Marcos Menéndez, con el apoyo de los curas adinerados de Tarata y Punata que Flores llama los “Caballeros Moscosos”.

Para Ignacio Flores, una ventaja del camino sería la progresiva apertura de esas tierras feraces y sanas a la población cochabambina que carecía de tierras. Estos colonos se desplazarían allí a cultivar coca, azúcar, ají y quizás añil. La población yuracaré se acercaría así a Cochabamba para recibir la influencia “civilizatoria” de la ciudad. “Ya empiezan a salir los Indios Yuracarés a Cochabamba, y a entrar los Españoles a sus tierras, con una recíproca confianza”, escribió el gobernador, ilusionado por los aparentes éxitos de la misión del P. Marcos.

Para justificar su proyecto, el militar Flores también hacía referencia a los intereses internacionales, de una manera que recuerdan los que actualmente siguen en juego. En primer lugar, Flores fue encargado por el ministro Gálvez de llegar a un acuerdo con los portugueses sobre la línea divisoria entre el territorio de las Coronas de España y Portugal. Los españoles habían realizado una expedición desastrosa al Mato Grosso en 1775, antes del Tratado de San Ildefonso de 1777, cuando se fijó el río Guaporé como fronterizo con el Brasil. Pero Flores atribuyó el fracaso de la expedición al Mato Grosso a la ausencia de buenas comunicaciones y un inadecuado suministro de víveres. Previendo futuros conflictos, opinó que ambos problemas se resolverían con una mejora de las comunicaciones a Mojos desde Cochabamba y La Paz.

Por otra parte, le pareció a Flores también urgente romper el lazo estrecho de Mojos con Santa Cruz de la Sierra, la ciudad que dominaba el comercio de sebo, carnes y ganados con Mojos. La ruta existente obligaba al comerciante a subir por el río Mamoré y el río Grande, y desde ahí llegar a Santa Cruz por tierra. Era, además, la principal ruta pública desde Mojos hacia el Perú. Con el camino Mojos–Chapare, sin embargo, Mojos se libraría de esa dependencia, y se vincularía estrechamente con Cochabamba, y más aún con La Paz, la ciudad desde donde Flores escribía su carta.

Flores expresa abiertamente sus prejuicios anticruceñistas, anticipando en esto también actitudes que perduran entre la población andina actual. Pero se muestra igualmente prejuicioso frente a los cochabambinos que le ayudaban en la construcción del camino. Y en Mojos fue sólo su ambición, y su deseo de complacer a Gálvez y al Rey, lo que le ayudaba a aguantar una estancia tropical que parece haber sentido como un exilio. Su proyecto le prometía un pequeño alivio: se resolvería el problema del suministro de la sal, y llegarían los artículos de lana y las harinas, que hacían falta en determinados momentos del año.

El apoyo con el que Flores podía contar en España también le permitía hacer algunas observaciones sobre el gobierno de las ciudades de Charcas. Se nota su decepción con la entonces presidencia de Charcas, siempre ocupada en tantas cosas que no tenía tiempo para ayudar a Flores con un proyecto tan ilustrado; y también con el cabildo de Cochabamba, que asumía el “político recato que debía tener el Perú frente a los Portugueses”. Flores pudo contar con apoyos externos, desde Galvez en Madrid hasta el virrey en Buenos Aires, pero igualmente se quejaba harto de “la inconstancia, la cobardía y el embuste de los Cholos e Indios” con quienes tenía que trabajar el camino.

En fin, un personaje con las actitudes típicas de un militar colonial español, que buscaba mejorar su provincia de Mojos vinculándola con las ciudades de la sierra, llegando a acuerdos con el Brasil y cortando sus lazos con Santa Cruz. Quería animar a los cochabambinos sin tierras a que bajen a ocupar las buenas tierras de los yuracarés y sembrar coca. El único problema era que los yuracarés no se dejaban reducir fácilmente, y seguían defendiendo su propio espacio. Al llegar la independencia de Bolivia, habían obligado a los misioneros a retirarse, y la construcción del camino no se había resuelto.

La carta de Ignacio Flores fue escrita en la víspera de partir a la campaña de Chayanta, otra región donde los indios tenían ideas propias sobre la justicia, que en ese caso compartían con el mismo virrey. Nos muestra que la idea actual de construir un camino desde el Chapare hasta Mojos, y el razonamiento detrás del proyecto, ha tenido una larga historia. Sobre todo, la estructura imaginada del espacio geográfico articulaba relaciones y tensiones interregionales que, desde una perspectiva distinta y con otras valoraciones, vemos que persisten aun hoy en día.

Las ideas ilustradas sobre el progreso colonial tienen, evidentemente, mucho en común con las aspiraciones de “Conisur” y de los sectores que hoy apoyan la apertura del camino. Aunque el paralelismo sea asombroso, no queremos sugerir que el actual gobierno sindicalista del Estado Plurinacional haya caído en una mentalidad tan abiertamente colonial como la de Ignacio Flores. Más bien, el problema sigue siendo cómo cortar con las ideas sobre el desarrollo que vienen prefabricadas desde los últimos borbones del reino en el siglo XVIII y principios del siglo XIX. Hoy, por lo menos debe ser posible (pensable) diseñar una ruta que deje en paz a los yuracarés y sus compañeros indígenas del Isiboro Sécure. No es necesario seguir repitiendo el proyecto colonial de Ignacio Flores.

i Para la actitud ambigua de los yuracarés frente a los curas, ver la reseña de otro libro de Van der Berg publicada por Vincent Hirtzel en Anthropos, 2011, 106 (2) : 636-637.

ii A pesar del valioso libro de Hans van den Berg, En busca de una senda segura: la comunicación terrestre y fluvial entre Cochabamba y Mojos (1765-1825), La Paz: Plural, 2008.

University of St. Andrews, Escocia.

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