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Ed. Impresa “Fui infeliz, en cambio, al no poder acompañar a Ruiz y Roca en su misión de rodaje a Santa Ana de Chipaya. Cuando volvieron de allá quedé impresionado con muchas cosas”.

“Vuelve Sebastiana”, la clave del cine boliviano

Por Ve­ró­ni­ca Bi­da­soa Z. - Los Tiempos - 5/08/2012


Una imagen del rodaje de la película “Vuelve Sebastiana” de Jorge Ruiz. Foto: radioazulbolivia -     Agencia

Una imagen del rodaje de la película “Vuelve Sebastiana” de Jorge Ruiz. Foto: radioazulbolivia - Agencia

Cuando filmó “Los Urus” Jorge Ruiz fue fascinado por esta y otras ramas de las muy antiguas y ahora desfallecientes culturas ribereñas del Titicaca y del Poopó. Una de esas, la llamada “Chipaya”, lo atrajo especialmente en parte debido a que era la más aislada del grupo ya que se consideraba a sí misma descendiente de “chullpas”, legendarios antecesores de collas y aimaras. Estaba arrinconada en una erial meseta hacia el suroeste de Oruro, al pie del Sajama, rumbo a la frontera con Chile y, con apenas poco más de un millar de integrantes, se hallaba en riesgo de extinción. Estudios de científicos extranjeros, como Alfred Metraux y Jean Vellard, dieron a Ruiz valiosa información para conocer esa etnia milenaria a la que los aimaras habían hostigado al punto de confinar a aquel inhóspito páramo orillero del río Lauca. Cerca de fines de 1953, el cineasta logró interesar al flamante Instituto Indigenista Boliviano para patrocinar un corto documental sobre los chipayas. Pero el auspicio efectivo se dio gracias al apoyo financiero, modesto pero decisivo, que consiguió el Oficial Mayor de la Alcaldía de La Paz, Jacobo Libermann.

Jorge me buscó una tarde en mi oficina del Servicio Agrícola Interamericano para contarme, alborozado, que al fin podría realizar la película sobre los chipayas con la que venía soñando desde hacía aproximadamente un año, cuando nos conocimos. Me dio el libro de Metraux junto con un par de páginas en que había extractado algunas características principales de la cultura chipaya consignadas en ese estudio. Y entonces, mientras Augusto Roca sonreía frotándose las manos, me dijo que venía a encomendarme el guión. Me sorprendió gratamente ese gesto de confianza, sobre todo porque anotó que era la primera vez que él y Roca dejarían a otro la responsabilidad de guionización. Se lo agradecí, pero le recordé que yo era un periodista sin experiencia en producción cinematográfica. “No importa, con esto te vas a batir”, me dijo Jorge, entregándome dos libros más: uno sobre el lenguaje del cine, de Raymond Spotiwood, y el otro sobre cómo escribir guiones, creo que firmado por el argentino Ulises Petit de Murat. “No se hable más”, me dijo despidiéndose de prisa pues salía a poco de La Paz a filmar no sé qué por dos semanas. Y, con cierta socarronería, añadió desde la puerta: “Lees y comienzas nomás a escribir… Buena tarde”.

Por supuesto que tal cosa no ocurrió. Cuando Jorge regresó, yo sólo había hojeado con atención la rica obra del antropólogo y me había deleitado con los dos libros de cine. Satisfecho, sin embargo, por esto, Ruiz me aclaró cámara en mano los encuadres y movimientos básicos y me demostró pragmáticamente cómo las indicaciones del guión se plasmaban en la pantalla. Por último me habló del maestro del documentalismo fílmico, John Grierson, y me prestó un librito sobre “Nanuk El Esquimal”, de O’Flaherty, un pilar de ese género en el mundo. “Bueno, che, ahora a escribir”, me conminó.

Poco después, porque la cosa era de apremio, logré presentarle un par de borradores de “guión literario” como se llama al esquema narrativo que antecede al “guión técnico” que regirá el rodaje. Auxiliados por mucho café y docenas de cigarrillos, analizamos críticamente esos borradores y, reflexionando en voz alta, los fuimos puliendo hasta llegar, no recuerdo en cuántas sesiones de trabajo, a la versión virtualmente definitiva. Lo que sí recuerdo es que la base para hallar la salida la dio Jorge cuando optó por un planteamiento semiargumental simple como  arquitectura básica para desarrollar el filme…

Vino entonces para mí el gran desafío de transferir esta anécdota del lenguaje literario al cinematográfico; es decir, escribir cuadro por cuadro el guión audiovisual para la filmación. Cada vez que terminaba en mi casa una secuencia, deseaba confrontarla con Ruiz, pero él prefería analizar ese guión técnico terminado por completo. Así tuve que continuar definiendo en la soledad las escenas a base de tomas, estipulando angulaciones y distancias a la par que construía la narración y los diálogos y hacía apuntes para la musicalización. Disfruté mucho de todo esto, pero padecí la incertidumbre del primerizo sobre si mi guión iría a servir o no a mi amigo para entrar en producción. Me sorprendió gratamente que él lo aceptara casi en su integridad, salvo detalles sobre los que, de todas maneras, el director dice la última palabra ya en el terreno. Fui feliz por no haber defraudado las expectativas de mi maestro.

Fui infeliz, en cambio, al no poder acompañar a Ruiz y Roca en su misión de rodaje a Santa Ana de Chipaya. Cuando volvieron de allá quedé impresionado con muchas cosas. La desolación del ambiente y el terrible desamparo y rusticidad de los paupérrimos chipayas. El extraordinario desempeño de “actores” indígenas que no tenían en su cultura ni siquiera aproximaciones al teatro; especialmente la de la protagonista, la niña Sebastiana Kespi, de 12 años de edad. La extraordinaria fotografía de Jorge Ruíz, su sentido del ritmo y de la continuidad y su aptitud para manejar gente y construir situaciones en un medio en que sólo había una persona nativa que hablaba algo de aimara y de español, que les sirvió de preciado intérprete y auxiliar de producción. Y la buena voluntad con que la comunidad indígena aportó un dinámico y fehaciente testimonio de su dramática existencia sin haber visto jamás película cinematográfica alguna…

En 1954, a los diez años de haberse iniciado en el oficio, Jorge Ruiz conquistó en Montevideo para el cine de Bolivia el primer galardón internacional de su historia. Y este debut ocurrió de una vez por lo más alto. Por voto unánime del jurado, “Vuelve Sebastiana” fue escogida entre 200 películas documentales de todo e mundo, ganadora en la categoría de antropología y folklore, del Gran Premio del Festival Cinematográfico Internacional del SODRE (Servicio Oficial de Radiodifusión del Uruguay). Ruiz, paradójicamente, tuvo que mandar ese filme a tal concurso por vía extraoficial porque las autoridades pertinentes se negaron a enviarlo aduciendo que ¡”Bolivia no podía ser representada en el exterior con una película sobre indios”!

Sólo dos años después llegó para Ruiz el primer reconocimiento oficial en su propia tierra. En abril de 1956 la Alcaldía de La Paz le otorgó por su “Sebastiana” el Primer Premio del Festival Cinematográfico Municipal 1955: la Khantuta de Oro, por decisión unánime de un jurado idóneo… 

El artículo inextenso fue publicado en el suplemento Presencia Literaria (La Paz), el domingo 8 de enero de 1995.


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