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Las heroínas del miedo

Por Xavier Jordán - Periodista Invitado - 5/08/2012


Mi frase favorita es: “La última vez que me vi en el espejo, era una mujer”. Y no se ría porque detrás de esa aparente picardía irónica y puesta en su contexto, la frase en cuestión causa la misma sensación que la que propicia un sopapo. Imagínese estar en situación de guerra. El miedo, el hambre, la escasez, la sed, el dolor, la pérdida, la angustia, las penas, los lamentos, los gritos, los estruendos, el llanto, la miseria, la descomposición, la pestilencia, la degradación, el abuso, la muerte. Imagínese cada segundo de su vida en mitad del desconsuelo, de la desesperanza, de la sinrazón. Imagínese huyendo, escondiéndose, retorciéndose de pena. En esos minutos, eres cualquier cosa menos un ser humano y mucho menos un sexo definido. Entonces, decir que la última vez que me vi en el espejo era una mujer, ya no suena sino a una verdad aterradora y brutal. Esa frase te desvanece en el miedo y la pronunció una de las actrices del elenco “El masticadero” que el jueves 2 de agosto estrenó su obra “El miedo”.

Un poco de contexto porque en este caso es importante. “El miedo” es una obra seleccionada de una convocatoria lanzada municipalmente para conmemorar el Bicentenario de las Heroínas de la Coronilla... El hecho es que, seguramente y dado el carácter inmaculado del hecho a conmemorar, todos se esperaban una obrilla que aborde el suceso histórico… Pues no, Claudia Eid, autora de la obra, como vieja loba de mar que es, se alucinó con un guión libre de tales clichés y se mandó la parte con una innovadora y reverenda reflexión sobre la violencia, la muerte y la guerra.

Tan perturbadora como su nombre, esta pieza acierta varias veces en su tratamiento. Primero que el texto es furibundo. Sin caer en los amagues de la denuncia gratuita o del panfleto pacifista, “El miedo” ha optado por suprimir la linealidad de una historia. Casi fragmentarios, los parlamentos revuelven sobre los tópicos que llevan a la deshumanización, la pérdida de la esperanza, la muerte de la ilusión y los sueños perdidos. Y a ver si nos entendemos, la ausencia de un “estilo” preciocista y la dureza de las palabras, ponen en equilibrio un texto magníficamente sencillo. Lo cual es muy difícil en un medio acostumbrado al barroquismo o a la vulgaridad así que, de principio, el primer gran acierto es el guión. 

Ahora, para un texto tan duro como este, el otro acierto viene de las imágenes… Las actrices se empujan, se pegan, se patean tal cual nosotros lo veríamos en las calles. Precisamente, porque invocando lo que ya forma parte de una estética contemporánea de la violencia puesta en cientos de películas, de programas de televisión, de comics y otras expresiones… Y eso es genial porque estamos acostumbrados a un teatro “metafórico”, sugestivo antes que explícito y simbolista. Me parece que el tratamiento que hace evidente la evidencia de la violencia, encaja en el texto como espada en su vaina.

 Así que estamos ante una hora de descarnada tensión en torno a una escenografía que no tiene más que botellas vacías y alambres de trinchera. A Cecilia Michel, Carla Cronembold y a la propia Claudia Eid les basta y sobra para comerse el escenario, transmitiendo todo el ultraje y la desesperanza y, lo que es más importante, el miedo. Pero si algo es extraordinariamente destacable, es que en sí, la obra protagonizada por mujeres, que de alguna manera toca tangencialmente la violencia, el abuso y la explotación a las mujeres, no cae en el chauvinismo sectario del discurso de género… Eso se llama tener una perspectiva universal de las cosas. También se llama talento.

 

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