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Del “Ecce Homo” al “Ecce Mono”

Por Fernando Bayro Corrochano - Periodista Invitado - 16/09/2012


A la izquierda la obra original, al centro la deteriorada y a la derecha la obra “restaurada”. -   Afp Agencia

A la izquierda la obra original, al centro la deteriorada y a la derecha la obra “restaurada”. - Afp Agencia

Más allá de la necesidad de políticas culturales y de la preservación del patrimonio, que actualmente son un problema generalizado a nivel mundial, por ser defectuosas he inadaptadas y que han sido denunciadas luego de este “acontecimiento” que fue el resultado del intento de restauración, hecho por una octogenaria, de la pintura-mural del siglo XIX que lleva el título de “Ecce Homo”, del pintor Elías García Martínez. 

Esta representación pictórica del Cristo estaba hecha una “ruina” a causa de la humedad de una iglesia del pueblito de Borja, en Saragoza (España). Quisiéramos por nuestra parte insistir sobre otra faceta de este acontecimiento: la dimensión inconsciente en el “llamado” interno y subjetivo a “restaurar” el “Ecce Homo” vivido por Cecilia Giménez, y que el resultado lo convirtió en el “Ecce Mono” cuando los borjianos y los españoles lo descubrieron. Si bien “mono” nombra el primate, en la sutilidad de la lengua española también mono significa: ¡bonito! Esa es la paradoja que este asunto muestra y que nosotros lo ubicamos entre lo sagrado y lo grotesco. 

Hay una crítica inmediata que podría hacerse desde el punto de vista estrictamente pictórico al resultado de la restauración de esta pintura-mural, llamada también “El Cristo de Borja”, y concluir rápidamente que eso fue ¡una masacre! Pero, esta pintura restaurada no es una masacre, es más bien un “desvió”, una forma de “extraviarse” en el acto de pintar.

Preguntémonos inmediatamente si es un acto iconoclasta o más bien el de una auto retratista mística, apasionada de amor por su Dios. 

La pintura que resulta de esta “restauración-extraviada” es más bien un “objeto-sintomático” perfectamente hecho. Sintomático, puesto que la nueva imagen que resulta lleva en ella otra “cosa” más --como un peso subjetivo importante--, más que estar adecuada a ciertas reglas de la estética académica. 

Tratemos de hacer entonces una lectura diferente de este “nuevo retrato” para identificarlo mejor y “ver” qué pudo haber pasado --“subjetivamente” hablando-- con su creadora. Muchos años pasó restaurando la pintura-mural, nos dice la prensa, para nosotros eso dice más del hecho de “acariciar” con los pinceles y los colores para volverlo mejor y más bello.

¿El resultado? El hábito se ajusta más al cuerpo. Le afeitó la barba, le sacó la corona de espinas (¿para que sufra menos?) y en su lugar puso cabellos rizados, peinados en “permanente”. La boca pide que la “mirada” se detenga. Los labios los ha inflado y se han vuelto muy sensuales, como si quisieran “besar”. La nariz “respingada” hace que la imagen sea más “coqueta”. Y para terminar, ¡la mirada de la primera representación ha cambiado de dirección!, transformada en una “mirada de frente a frente”, fija y directa, muy ardiente. Esta imagen-retrato se ha convertido, poco a poco, en una representación “femenina”. Este íntimo, de la restauración, acariciando durante años, se ha convertido en un “estimo”. 

Así, este “objeto oscuro del deseo”, que es este nuevo cuadro, hace irrupción en la confrontación de la primera imagen, la de García Martínez y la otra de Giménez, en las carcajadas globalizadas de la mundialización, y se muestra en su dimensión cómica y grotesca; una forma propia de “objeto-sintomático”.

Esas risas señalan exactamente que la artista ha ¡triunfado, lo ha logrado! ¿Que ha logrado? Representar de una cierta manera a través de esta “figura-objeto” un deseo imposible… El Arte Moderno, el Arte Contemporáneo, el Arte Bruto, así que el Arte Terapia nos han sensibilizado a esa forma de auto retrato. 

Si André Bretón estaría vivo y contemplara este retrato, nos gritaría: ¡Cecilia Giménez es una pintora surreal! Esa es la “otra” faceta, la sintomática de esta nueva “cara”, que apareció gracias a la intervención de su “restauradora” que “instaura”. Ese nuevo, “real” o realidad, que es sexual y afectiva y que sobre todo se impregna inconscientemente, como la humedad  en la pintura.

Esta nueva imagen ha sido expuesta en todas la redes sociales de Internet y de la prensa internacional. Ha causado un enorme efecto cómico, pero también un cierto “horror” en los  espectadores virtuales y reales, esos que pudieron desplazarse en la urgencia a Borja para contemplarla. Esta imagen “de la mujer enamorada y mística” retorna como un “boumerang” hacia la pintora, que la recibe en “plena cara” levantando el “velo” de su secreto íntimo, el de su “amor desmesurado” y místico.

Inevitablemente esa confrontación le ha producido una crisis de angustia fuerte, que ha requerido su hospitalización. 

Por mi parte, soy uno de esos, que ha firmado las peticiones para que este “retrato” sea conservado en el estado actual. Y eso hasta un otro milenio.

 

El autor es Ph.D., psicoanalista y escultor. Radica en Francia.


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