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Apología de la Humildad

Por Car­los Ar­ce Mo­re­no - Periodista Invitado - 9/12/2012


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La humildad está de capa caída. Más que como virtud se la ve como una debilidad de carácter. Se la tiende a asociar con la hipocresía, porque existen los falsos humildes, que son los que la han desacreditado. Contrariamente, se tiende a valorar más al ego, que se manifiesta esencialmente a través de la soberbia.

El ego nunca ha servido para algo: nos desvincula de nosotros mismos y de nuestro entorno, encerrándonos en una suerte de burbuja hermética. Sólo cuando dejamos de identificarnos con el ego, nos reconciliamos con el todo. De lo contrario, somos egoístas, intolerantes, faltos de empatía, nos hundimos en el desasosiego, nos desmarcamos del presente y, por tanto, de la vida (porque el ego se nutre del pasado y del futuro, y la vida es actualidad), careceremos de creatividad…

El que es humilde, por su capacidad de autocrítica, probablemente desarrollará la templanza en su espíritu, que es una virtud cardinal que nos permite afrontar las vicisitudes con altura. Pero también estará predispuesto a la búsqueda del conocimiento, ya que, gracias a su humildad, sabrá reconocer en qué aspectos es ignorante. Uno de los ejemplos emblemáticos de esta virtud venida a menos es la humildad socrática. Con la frase: “No creo saber lo que en realidad no sé”, Sócrates propicia la búsqueda del conocimiento.

En el primer número de esta columna me referí, entre otras cosas, a la leyenda del Minotauro de Creta, el cual fue encerrado por su padrastro, el rey Minos, en un laberinto construido por el bien reputado arquitecto Dédalo. En la leyenda, Dédalo mostró a Ariadna cómo Teseo podía encontrar la salida del laberinto devanando el hilo de un ovillo, para desandar el recorrido por los intrincados pasillos de la singular construcción. Por esa razón, Minos —enfurecido con Dédalo— encerró al arquitecto y a su hijo —Ícaro— en el laberinto.

Valiéndose de su ingenio, Dédalo fabricó unas alas para él y su hijo, que les permitieran escapar del laberinto volando. El artificioso arquitecto adhirió con cera las alas a los hombros de Ícaro y a los suyos e iniciaron el vuelo que los sacaría del encierro en la morada del Minotauro.

El padre advirtió a su joven hijo que no volara demasiado alto, para que el sol no derritiera la cera que unía sus alas con su cuerpo, ni demasiado bajo, para que no se mojasen las plumas y resultase difícil el vuelo. No obstante, Ícaro quedó fascinado por el vuelo y se elevó por el cielo. La soberbia que imprimió en Ícaro el vuelo, hizo que se elevara cada vez más alto, hasta que el calor del sol derritió la cera que sostenía sus alas, perdiéndolas y precipitándose al mar, donde murió.

El escritor paceño Jaime Saenz decía que para ser soberbio (es decir, saber autogobernarse y gobernar), primero hay que aprender a ser humilde.

misantropoaseptico@hotmail.com

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