Domingo 23 de noviembre del 2014. Actualizado a las 23:11 (Gmt -4)

Buscar en lostiempos.com

Ed. Impresa Theodor W. Adorno expresó de manera drástica la “incertidumbre de la fe en el progreso, que visto de cerca sería el que va de la onda a la superbomba (atómica) (…)

Ratzinger sueña una Iglesia Nueva

Por Jorge Castro - Periodista Invitado - 30/12/2012


  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
La visión de Ratzinger/Benedicto XVI, parte de la crisis de la modernidad.  -   Ap Agencia

La visión de Ratzinger/Benedicto XVI, parte de la crisis de la modernidad. - Ap Agencia

 

El núcleo del pensamiento de Joseph Ratzinger/Benedicto XVI es la respuesta al “Dios ha muerto” de Friedrich Nietzsche, que no significa que Dios no existe, sino que no está presente y que es irrelevante en el mundo de la modernidad y de la técnica (Ver Castro, Jorge, Dios en la plaza pública. Benedicto XVI: política y cultura en la era de la globalización, Buenos Aires, Ágape Libros, 2012).

Sin embargo, Ratzinger hace propias las realizaciones de la revolución de la técnica y la sociedad global consolidada en los últimos cuatro años, a raíz de la crisis financiera internacional, aunque considera que este logro debe ser complementado por una autoridad política mundial y basarse inexorablemente en valores trascendentales, como única forma de asegurar su legitimidad.

La gobernabilidad –ejercicio efectivo del poder político, sobre todo en lo que se refiere a situaciones de crisis– es la primera y más apremiante de las tareas que debe enfrentar la autoridad política mundial, que Ratzinger reclama fundar, tras el surgimiento de la sociedad global en los últimos cuatro años, como se lo señaló en su misiva al expremier británico, Gordon Brown, en su condición de coordinador del G-20.

La civilización moderna se funda en el progreso, que es mayor conocimiento, y por lo tanto, ampliación de la libertad; como tal, es sinónimo de poder (“El conocimiento es poder”, dice Ratzinger). La cuestión que le presenta Ratzinger/Benedicto XVI a la civilización moderna no es una crítica al progreso ni al conocimiento, ni siquiera al poder, sino que es la pregunta: ¿para qué?, ¿cuál es el sentido de las cosas y de la vida humana?

El progreso moderno se funda en la razón instrumental, y ésta es la causa de su extraordinaria eficacia transformadora. Pero la razón instrumental no es toda la razón, ni siquiera lo fundamental de ella; hay una razón de fines, del sentido último de las cosas, de carácter trascendental.

Por ello, quizás uno de los antecedentes directos del pensamiento del Papa es la Escuela de Frankfurt. Ésta representó “la autocrítica de la edad moderna en relación de la idea del progreso”, que es la versión laica de la esperanza cristiana, dice Ratzinger. Y el “progreso” es sobre todo, en la visión moderna, un dominio creciente de la razón y de la libertad; “y la razón es considerada obviamente un poder del bien y para el bien”. 

Theodor W. Adorno expresó de manera drástica la “incertidumbre de la fe en el progreso, que visto de cerca sería el que va de la onda a la superbomba (atómica) (…). Pero el siglo XX demostró que el progreso es un concepto ambiguo, que abre nuevas posibilidades para el bien, pero también abismales posibilidades para el mal, que antes no existían”. “La razón moderna es la razón del poder y del hacer”, y es ésta la que está sujeta a revisión en la Escuela de Frankfurt.

Hegel es un pensador central respecto a la tríada fe, razón y encarnación histórica, que constituye el núcleo del pensamiento de Benedicto XVI. 

Hegel es el principal exponente del idealismo alemán, y por lo tanto de la cultura moderna. La característica esencial de su pensamiento es su oposición crítica al iluminismo individualista y subjetivo surgido en Francia, y que, a través de la obra de Descartes y Voltaire, creó las condiciones culturales e intelectuales de la Revolución Francesa. 

El pensamiento dialéctico de Hegel era, al mismo tiempo, profundamente religioso y colocaba el acento en el descubrimiento de la fe en el despliegue de la verdad, y consideraba a ambas, el núcleo más profundo de la condición humana.

Por eso, según Ratzinger, “no hay fe sin conciencia histórica”. Una fe privada, ajena al desarrollo histórico, tiene todos los rasgos de la irracionalidad y de los saberes privados, pero no de la fe cristiana. El concepto fundamental de la fe cristiana es el de la Encarnación. 

La fe se hace Hombre, se encarna en la Historia, y la única historia que importa es la del presente. Por eso, la Iglesia debe todavía dar el salto al presente porque su voz aún proviene del pasado, según afirma Benedicto XVI.

Para ubicar en términos históricos el pensamiento de Ratzinger, conviene observar el papel que cumple la Iglesia en Cuba. La Iglesia cubana ha asumido la bandera de un “nacionalismo leal y responsable”. Esto significa que reconoce la legitimidad del régimen revolucionario, defiende la soberanía nacional y afirma la identidad cubana (principal legado del proceso histórico liderado por Fidel Castro), y propone ahora avanzar hacia la reconciliación de todos los cubanos, dentro y fuera de la isla. La inserción de fe/verdad/razón en la realidad del presente cubano establece los fundamentos de una ética social, de la “moral civil”, que es el piso del que surge la identidad de los individuos y de los pueblos, y la razón de ser, el último reducto de la dignidad inviolable del ser humano. (Revista Ñ)

 

¿Cómo califica esta noticia?

Calificación promedio
- puntos.

Últimas noticias

En Vídeo