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Ed. Impresa Dicen los autores que este artículo no es un obituario más del fallecido expresidente venezolano, sino que les interesa desentrañar el vínculo entre el Chávez caudillo y la ideología

Chávez y la ideología latinoamericana

Por Fer­nan­do Mo­li­na - Periodista Invitado - 24/03/2013


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El expresidente venezolano, Hugo Chávez Frías.| Foto archivo  -   Ap Agencia

El expresidente venezolano, Hugo Chávez Frías.| Foto archivo - Ap Agencia

Gonzalo Mendieta y Fernando Molina

La reacción mundial a la muerte de Hugo Chávez indica que se trató de una figura de una talla inusual, y que su éxito y su carisma se ganaron el amor de muchos y el respeto de sus enemigos. Esto ha provocado una profusión de obituarios a la que no tiene sentido sumar otro más. A los autores de este artículo nos interesa otra cosa, un tema del que se ha hablado menos. Chávez no fue un pensador, pero logró erigirse como el referente de un tipo de pensamiento. Nos interesa esta relación, el vínculo entre el caudillo y la ideología. Una ideología que precede a Chávez y que, ciertamente, sobrevivirá sin él.

Chávez fue un continuador de una tradición latinoamericana de recelo hacia los Estados Unidos, de crítica al racionalismo económico cultivado por las élites, y de veneración a la voluntad del pueblo. Esto último casi como Rousseau (no es casual que las reformas constitucionales de Venezuela, Ecuador y Bolivia hayan sido redactadas bajo la influencia de ideólogos de izquierda devotos de Rousseau, como los españoles que asesoraron a los constituyentes de los tres países), pero con ecos del neotomismo de la Contrarreforma, que fue la ideología predominante en la      Colonia.

Se trata de los rasgos de una identidad. Desde las perspectivas modernizantes extremas, esta ideología suele tildarse de irracional o populista, pero su persistencia nos advierte de que responde a una fibra latinoamericana, de que no se trata de una enfermedad pasajera.

La vida y obra de Chávez deben ubicarse dentro de la vieja disputa entre las élites formalistas y europeizantes, adoradoras del orden, y la efervescencia popular, fanática de la calle y del hombre providencial. Disputa que, a su modo, es una continuación del enfrentamiento entre la religiosidad colonial, que veía a Latinoamérica como un mundo caótico, desprovisto de rigor católico y de moral, y la religiosidad popular, proclive a la fiesta, el sentimentalismo y la calle, pero incapaz de crear un rito persistente que trascendiera la pasión.

Si en el siglo XIX la oposición a Estados Unidos fue obra de la corriente conservadora, hispanista y católica, minoritaria en el continente, con el intervencionismo norteamericano del siglo XX se convirtió en la perspectiva mayoritaria y de izquierda. Chávez hizo renacer esta tradición, que se había quedado dormida en los setenta. Chávez fue el retorno de la historia latinoamericana. Lo que era un arcaísmo en los vanidosos noventa, terminó siendo el futuro de la región.

Casi podría decirse que es un mismo espíritu que encarna una y otra vez, adornándose en cada ocasión con motivos locales o con las modas intelectuales imperantes. Según Carlos Rangel, el odio a los Estados Unidos es el resultado de la frustración de Latinoamérica por la enorme diferencia entre su destino y el de este país, pese a que supuestamente ambos partieron de la misma base. Esta frustración, convirtiendo la necesidad en virtud, se traduce en la exaltación del propio fracaso y en la minusvaloración del éxito ajeno. La reacción de Latinoamérica frente a Estados Unidos, entonces, funciona como una forma de reafirmar ciertas características propias, como el corporativismo y la desconfianza hacia el éxito individual y el modernismo ciego y puramente individualista (que, sin embargo, deslumbra a sus élites: por eso el “antiimperialismo” se traduce fácilmente en crítica a las clases dominantes).

 “Nacionalismo antinorteamericano con adornos de izquierda”, tal es el núcleo ideológico latinoamericano. Incluso con Fidel. De ahí que en los procesos revolucionarios la izquierda socialista preexistente se haya convertido en un apéndice de los líderes y movimientos nacionalistas. Incluso en Cuba.

Los motivos propios del nacionalismo son la patria, el pueblo, las costumbres, el ejército. El vínculo entre nacionalismo y militares “patriotas” es indisoluble, porque los militares aparecen como representantes del interés general: son funcionarios del Estado con un pensamiento enfocado, justamente, en la patria, el pueblo, las costumbres y el ejército.

El nacionalismo encarna la creencia de las clases medias y bajas de que el Estado es el garante del bien común y de la justicia, no un instrumento de planificación tecnocrática o un mero gendarme.

Fenómenos como el chavismo, además, suman al nacionalismo otros elementos conservadores, tales como la necesidad de un “padre” que se erija en “defensor de pobres e indios”. Esta fue la perspectiva franciscana en el Nuevo Mundo, y caló hondo y por mucho tiempo.

En suma, el chavismo expresa a la sociedad de personas y no de instituciones. A la sociedad en la que la supervivencia depende de las relaciones personales y no de los derechos que pueda imponer un Estado racional. A la sociedad que se basa en el prestigio, no en el rendimiento, y que es paternal y fraternal, no impersonal. A la sociedad tradicional, que no considera el respeto a la ley como su mayor valor, porque en ella coexisten varias y diferentes leyes.

El chavismo es un eco del pensamiento pre-moderno, que --por sentimiento de culpa, por convicción, por religión y a veces como coartada-- imponía a ricos y poderosos el deber de ocuparse de la suerte de los débiles.

Frente a esto, la mentalidad moderna --que cada quien se ocupe de sí mismo-- parece brutal y rapaz. Además, en una sociedad de diferencias extremas, como la latinoamericana, esta mentalidad premia a los mejor dotados para asumir las consecuencias de la modernidad. Por eso la ideología de las élites se transforma en un orden que garantiza, en última instancia, el beneficio de éstas.

Estamos ante un diálogo de sordos: Las élites creen sin matices en la modernización y el orden liberal, no entienden bien a la sociedad tradicional latinoamericana ni reflejan su historia; mientras tanto, el pueblo llano desconfía de ese orden  modernizante (y a veces de todo orden) porque lo ve como un sinónimo del éxito de los miembros de la sociedad que tienen mejores condiciones para triunfar. Lo que para los liberales es enfermedad, para los nacionalistas es virtud, y viceversa.

La recurrencia histórica del chavismo (llamémosle además masismo, zapatismo, correísmo, sandinismo, torrijismo, peronismo, movimientismo, aprismo) debería provocar, al menos, prudencia. En general, las élites latinoamericanas lo han visto como una enfermedad del orden político, sin reparar en que el orden, para ser permanente, debe reflejar el alma de la república. Si no lo hace, está condenado a la fugacidad o al extravío.

Una parte de la enseñanza es que un proyecto modernizante puro es inviable. (El chavismo también es modernizante, pero subordina la razón instrumental a la emoción y la mitología políticas, y por esto es más fuerte y perdurable que el antichavismo).

La política democrática latinoamericana debe estar atenta al sentido común prevaleciente. A la vez, debe trascender al chavismo (y a las demás corrientes equivalentes), pues la pasión, el ajuste de cuentas y el desagravio simbólico tampoco sirven por sí solos para construir un verdadero orden político.

No es una tarea fácil. No se trata de yuxtaponer dosis iguales de liberalismo y nacionalismo. No se reduce a la esperanza de encontrar “caudillos ilustrados”. Si el chavismo es la ideología favorita de los latinoamericanos, aún no existe una alternativa que, en lugar de fortalecerlo y volverlo recurrente, como hace la crítica elitista al populismo, lo desmonte y supere integrando algunos de sus componentes en una concepción que, conservando las raíces y la identidad política latinoamericanas, sea al mismo tiempo capaz de innovación social y real amor por la democracia.  

“Lo que para los liberales es enfermedad, para los nacionalistas es virtud, y viceveresa ”

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