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Ed. Impresa Con este artículo, que aquí se reproduce en parte, el periodista argentino Federico Bianchini ganó este jueves 21 el Premio Don Quijote, en la XXX edición de los Premios Internacionales de Periodismo Rey de España

El supremo anfibio

Por Federico Bianchini - Periodista Invitado - 24/03/2013


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Federico Bianchini recibiendo el Premio Quijote, el pasado jueves 21 de marzo en España.  -   Efe Agencia

Federico Bianchini recibiendo el Premio Quijote, el pasado jueves 21 de marzo en España. - Efe Agencia

Agachado, remera, bermudas y zapatillas negras, medias blancas, Eugenio Raúl Zaffaroni busca un libro en su biblioteca. Uno de sus colaboradores acaba de descubrir, en el frente de cada estante, un papelito blanco con un número. Cuenta en voz alta: Treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueve.

—Sí, los estantes están numerados —dice el ministro de la Corte Suprema de la Nación—. Pero con eso solo no alcanza.

Separada de la mansión del barrio de Flores por un jardín con plantas, helechos, una fuente y siete gatos callejeros atigrados e idénticos, la biblioteca es un gran salón lleno de diplomas, artesanías latinoamericanas, felicitaciones y plaquetas.

Los estantes cubiertos con vitrinas son muchos, demasiados. En total, estima el juez, entre 15 mil y 20 mil libros. En total, estima uno de sus asistentes, más de 30 mil. Una de las bibliotecas de derecho más importantes de la Argentina.

—Varias personas vinieron a ordenarla. Pero todos, sin excepción, propusieron hacer cosas complicadísimas.

En el salón principal, tres mesas cubiertas de libros, rebosantes. Arriba de la pila, El principito de Antoine de Saint Exupery, el libro del ex jefe de Gabinete Aníbal Fernández y uno de investigación periodística.

En otra mesa, más libros. Uno encima del otro.

La tercera, también repleta. Libros que fueron llegando, libros que le mandan colegas de otras partes del mundo, todavía desordenados, ensimismados, difusos.

—Nadie nos pudo dar una solución…

Pasando una puerta, un segundo ambiente. Dos pisos, más vitrinas.

—Son muchos. Habría que sacarlos. Ponerlos en el piso y contratar a algún empleado que ayudara. Yo definiría las palabras clave de cada uno y se los iría pasando.

Otello, uno de los dos perros Chow Chow del juez, husmea la alfombra blanca. Recorre el salón con expresión lejana y aire de dragón oriental, displicente.

—Contratando a dos personas, unas miles de horas, un par de meses, podríamos resolverlo.

La biblioteca está dividida por sectores. Abajo a la izquierda: filosofía y teología. Luego historia, sociología, procesal penal, menores. Arriba: constitucional y literatura política. Miles y miles de libros.

—El orden era regional. Más o menos sabía el lugar de cada uno. Pero desde hace un año, aproximadamente, se empezó a despelotar todo. Sé que algo está, pero no sé dónde.

Revisa, con la vista, las vitrinas.

—Y cuando comprás dos veces el mismo libro es porque tenés un quilombo importante.

Lo dice tranquilo. Como si, a fin de cuentas, no fuera un problema.

—Esta semana —dice el primero de sus colaboradores— voy a hablar con la bibliotecóloga de la Biblioteca Nacional. Ella tiene que saber cómo arreglarlo.

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“Los estantes cubiertos con vitrinas son muchos, demasiados. En total, estima el juez, entre 15 mil y 20 mil libros”

“La biblioteca está dividida por sectores. Abajo a la izquierda: filosofía y teología...”

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