Ed. Impresa EL VEREDICTO DE AYN
Buscando a Caterin
Por Redacción Central | - Los Tiempos - 20/09/2012
Buscando a Caterin. - Archivo Los Tiempos
Cursábamos cuarto básico… habrá sido 1990, cuando la niña de corte punk y zapatos de varón entró al aula por primera vez.
Ella era Caterin, “la nueva” y mi mejor amigo se enamoró de ella. Pasaron 23 años y seguimos hablando de ella, de su tez casi traslúcida, de su bonito y original modo de vestir, de su voz suave, de su extraño y corto paso por nuestras vidas. Supusimos que se cambió de colegio, que de pronto la encontraríamos en la universidad. No sucedió. No hay ninguna foto que dé cuenta de su existencia y misteriosamente ninguno de nuestros compañeros de escuela la recuerda. Los únicos que la tenemos presentes somos mi mejor amigo y yo.
Él se pasó años buscándola en cafés, bares, terminales, aeropuertos, detrás de las ventanillas de bancos, entre la tropa de caporales de los carnavales de Oruro, en bloqueos y protestas, en elencos de ballet clásico, en la Cancha de Cochabamba y también en la Feria de El Alto.
Cada vez más profesional en su búsqueda, mi amigo se hizo experto en el oscuro arte de hackear páginas oficiales: renta, migración, bancos, mutuales, padrón electoral. Hasta la fecha sólo sabemos que Caterin no votó nunca, nunca pidió un préstamo, no salió de las fronteras, no tiene Nit y no emite factura. Demás está decir que barrimos con Facebook, Twitter, Linkedin y cuanta red social haya aparecido en los últimos tiempos, pero ella no aparece. Alguna vez, mi amigo creyó verla de bajada en el teleférico mientras él subía al Cristo a pedir por ella.
Pasan las décadas y seguimos buscando a Caterin. Mi amigo jura que la vio en la marcha por el Tipnis y con la misma certeza yo apuesto haberla visto entre el público estas últimas olimpiadas. Hemos seguido ligeros rastros, pistas quizás ingenuas; elucubramos hipótesis ocurrentes, la hemos vestido de monja, de terrorista, de repostera; la imaginamos quizás diplomática, tal vez ama de casa. Entre copas hasta nos pareció confundirla con la mesera.
Por azares del destino el otro día me toco ir a un refugio clandestino y me pareció ver a alguien que de pronto pudo ser ella. Me acerqué y apenas conversamos. Me llamó la atención su tez casi traslúcida, su bonito y original modo de vestir, su voz suave.
Saliendo del lugar pregunté su nombre, me dijeron que era información confidencial sobre todo de una persona como ella.


