A más grupos de WhatsApp, más opciones de divorcio

Sexualidad
Publicado el 12/05/2017 a las 0h00

Con datos de El País y El Mundo

La escena le va a sonar seguro. Puede incluso que la haya vivido en primera persona. Una pareja comparte velada en un restaurante o está sentada codo con codo en el sofá de casa. Una de las partes se afana en conversar, intenta mantener el contacto visual... pero al otro lado se produce el silencio, los balbuceos, la mirada baja... ¿El motivo? Que su interlocutor está —para desesperación y cabreo del acompañante— absorto en la pantalla del móvil.

Estamos ante un claro caso de phubbing (acrónimo de phone snubbing, o “ningunear con el móvil”): un fenómeno que va en aumento y que describe a la perfección una de los grandes males de nuestros días: cuando alguien que está a nuestro lado nos ignora porque está prestando más atención a lo que ocurre en una pantalla de móvil.

El término tiene ya también su equivalente en castellano: “ningufoneo”, que sería la recomendación de la Fundéu para traducir este anglicismo (quienes lo practican serían los ningufoneadores) y la cuestión no es baladí. Un estudio conducido por el profesor James A. Roberts, de la Universidad Baylor, en EEUU, halló que el 46,3% de los 453 adultos entrevistados había sido ningufoneado por su pareja; y un 22,6% declaró que esa práctica era fuente de conflicto.

Hay dos motivos fundamentales, concluyó el experto, por los que el phubbing tenía un impacto negativo en las relaciones de pareja. Primero, porque el tiempo que pasamos conectados a nuestros terminales no lo estamos empleando en hacer algo significativo que de verdad nos una a la pareja. Y segundo, porque el malestar que genera este hábito conduce, irremediablemente, a la pelea y un deterioro de la relación. Además, las personas que decían haber sufrido ningufoneo por parte de su pareja eran más propensas a sentirse deprimidas (en concreto, un 36,6% había experimentado esa sensación al menos en alguna ocasión).

 

Parejas a terapia con el móvil bajo el brazo

“En realidad el problema se da cuando existe una descoordinación en la pareja y una de las partes experimenta una sensación de falta de atención. Hay otros casos en los que ambos utilizan mucho el móvil en compañía del otro o que solo se comunican por WhatsApp, pero no sienten agravio alguno porque están en igualdad. Existe un consenso”, explica al periódico español El País el psicólogo Enrique García Huete, director de Quality Psicólogos y profesor de la Universidad Cisneros (Madrid).

García, que ha tratado en su clínica a personas que habían desarrollado una adicción al móvil, señala que el ningufoneo es un reproche cada vez más recurrente cuando una pareja con problemas acude a terapia: “Se quejan un montón de que el otro está siempre pendiente del teléfono y no le presta atención. Curiosamente, suelen ser más los varones quienes lo hacen, pero no podría decir que es un problema per se para acudir a terapia. Más bien es un factor que influye, pero no es el único”.

El escritor y doctor en Filosofía Enric Puig Punye, que acaba de abordar este asunto en su libro “La gran adicción. ¿Cómo sobrevivir a internet y no aislarse del mundo?”, apunta otro factor que contribuye a generar malentendidos: el hecho de que la conexión al mundo virtual se hace casi siempre desde terminales individuales y no es una experiencia compartida. “Quieras o no, que nos centremos cada uno en nuestros smartphones o tabletas produce una sensación de secretismo que no ayuda. Al contrario, despierta suspicacias”, explica Puig. “Esa separación no sería tan drástica si, por ejemplo, todos los miembros de la familia utilizaran solo un ordenador común”.

Por su parte, el doctor García Huete recuerda: “cuando nos comunicamos, es tan importante lo verbal como lo gestual. Si no nos sentimos atendidos, la sensación de frustración puede ser muy fuerte. Al centrarnos en lo virtual se va extinguiendo una impronta de la comunicación muy importante que solo se produce en persona, cara a cara”. En caso de producirse discrepancia de opiniones en la pareja por este asunto el psicólogo recomienda “consensuar los momentos de uso”. Es muy importante la negociación. Eso sí, “este proceso no servirá de nada si no tenemos conciencia de que hay un problema y si no existe una voluntad real de cambio”, recuerda García, “porque estas dos cosas no siempre van unidas”.

 

Cómo desconectar en un mundo hiperconectado (y no morir en el intento)

Cuando Enric Puig Punyet se planteó abordar en un libro el modo en que la hiperconectividad está afectando a nuestras relaciones no quiso hacerlo a través de testimonio de neorrurales: personas que han optado por retirarse al campo huyendo del mundanal ruido. En su lugar, se propuso entrevistar a personas que, siendo nativos digitales, se han desconectado sin renunciar a su trabajo o su vida social en la ciudad. Y las encontró: desde un comercial en paro que terminó cerrando su perfil en LinkedIn a una joven que organiza fiestas en las que no se puede sacar ni colgar ni una sola foto en las redes sociales.

Ninguno de ellos tomó la decisión de desconectar por motivos culturales, sino que sus razones tenían más que ver con preservar la salud mental y la calidad de vida. “Las personas con las que he hablado coinciden en que en un momento dado tuvieron una especie de revelación”, explica. Y lo más interesante es que al salir de esa vorágine “han reconectado con el mundo real, con acciones y sensaciones que tenían olvidadas”.

Puig Punyet, que lleva años investigando los cambios que ocasionan las nuevas tecnologías en la estructura social, recuerda que el nuevo modelo de negocio impulsado por Google y los smartphones obliga a una hiperconexión que acaba pasando factura a muchos niveles: “En la mayoría de casos supone una pérdida de tiempo y concentración tremenda. Ese dogma de la multitarea que nos venden —y creemos— es algo que no existe. Y luego está la gran dependencia que generan por la ansiedad de tener que estar siempre disponibles”.

El psicólogo García Huete explica que en el momento en que se dé una dependencia del móvil o la tableta “tenemos que tratarlo como si nos estuviéramos enfrentando a sustancia adictiva, porque nos produce la misma sensación gratificante a corto plazo y desasosiego, ansiedad o síndrome de abstinencia cuando nos falta”. Unas pautas básicas para evitar empatallarnos serían “reforzar nuestros mecanismos de control de las emociones, plantear horarios limitados y, si el problema se deriva del trabajo, utilizar dos móviles: uno exclusivo para el ámbito laboral y otro para socializar”.

Por su experiencia, Puig Punyet cree que la desconexión parcial será una tendencia en alza y que llegará de la mano de los jóvenes: “Las nuevas generaciones se están dando cuenta del exceso y están renunciando a estar hiperconectados. A raíz de escribir el libro me han llegado muchos más casos”, recuerda. “Hay adolescentes que se van de cena con los amigos y ya están dejando el móvil en casa”.

 

PORNO, MACHISMO Y HOMOFOBIA, EL DÍA A DÍA DE LOS GRUPOS DE VARONES DE WHATSAPP

El 80% de los jóvenes españoles revisa su teléfono móvil al menos una vez cada hora. El 72% siente la necesidad de contestar los mensajes nada más recibirlos. Estas cifras reflejan el claro problema al que se enfrenta nuestra sociedad: la adicción a los smartphones.

Parte de la culpa en lo tocante a esta epidemia la tiene WhatsApp, una app utilizada por nueve de cada diez españoles todos los días empleando en ella una media de 45 minutos diarios, según datos del Estudio Anual de Redes Sociales 2016. Pero tras esta adicción se esconden, en ocasiones, malos usos que derivan de su manejo, convirtiéndose en la herramienta perfecta para extrapolar a la esfera online todo tipo de actitudes reprobables.

Así lo pone de manifiesto el documento elaborado por investigadores de la Universidad de Alicante “Machismo a golpe de Whatsapp. El móvil: mecanismo de violencia sexista en los estudiantes universitarios”. Esta investigación pone el foco en “la importancia que tienen las nuevas tecnologías en la perpetuación de las diversas formas de machismo y más en concreto en la persistencia de la violencia de género entre los jóvenes”.

 

Chistes machistas, un clásico

Este estudio concluyó que el 16,2% de los 222 alumnos universitarios encuestados había recibido alguna vez mensajes sexistas a través de WhatsApp, confirmando a su vez que “el móvil se utiliza como un mecanismo de transmisión de violencia machista”.

Más allá del ciberacoso o de los peligrosísimos mecanismos de control a los que someten los celosos patológicos a sus parejas, existe otro gran foco de machismo recalcitrante asentado, normalizado y hasta bien visto en términos generales que, de alguna manera, está sirviendo para acentuar la tesis de los que defienden la desigualdad de género: hablamos de los conocidos como grupos de varones de WhatsApp.

Se trata de cotos formados íntegramente por hombres, habitualmente jóvenes, en los que abundan los intercambios de mensajes sexistas y en los que no faltan ni chistes subidos de tono ni, directamente, publicaciones pornográficas a través de fotos y vídeos, generando todo tipo de comentarios de índole machista a su paso.

Una realidad a la que casi todos los hombres han tenido acceso y que, en muchos casos, toca vivir por duplicado o triplicado, llegando a encontrarnos mensajes de este tipo en grupos de amigos del instituto, de la universidad o de colegas del trabajo. Allí, lo raro, cuando de sopetón salta un mensaje con un nuevo chiste, un meme vejatorio o un gif con unos pechos enormes, es encontrar a alguien que se sienta ofendido, que abandone el grupo o que reproche su actitud a los miembros más activos.

No obstante, en este tipo de grupos no todos los participantes tienen el mismo grado de responsabilidad, siendo habitual encontrar distintos roles. Por un lado, están los que se dedican a compartir todo aquello que encuentran en foros de índole sexual o en otros grupos en los que los proveedores de estos chistes son otros. Por otro, los que actúan como consumidores. Estos últimos están divididos en dos subgrupos: Los activos, que engloba a aquellos que deciden consumir y comentar estas publicaciones y los pasivos, que ni descargan ni leen este tipo de archivos, limitándose a guardar silencio hasta que algún otro tema les hace retomar su actividad.

En relación al primer grupo, el integrado por aquellos que deciden por cuenta propia empezar a transformar un grupo de amigos en un grupo de hombres, parece responder a un perfil claramente definido en distintos estudios psicólogos. Tal y como venía sucediendo previamente en los foros y en los chats de Internet, se trataría de sujetos con ciertos problemas de autoestima que, muy probablemente, y aprovechando la frialdad del medio, adquieren actitudes que no se atreverían a adoptar en otro tipo de contextos. Todo con el objetivo de llamar la atención y sentirse protagonistas por un rato.

 

Homofobia en los grupos

Además de la cosificación de la mujer, en este tipo de grupos de WhatsApp es también habitual asistir a todo tipo de manifestaciones destinadas a menospreciar y ridiculizar al colectivo homosexual. Esta suerte de machos alfa 2.0 no dudan en aprovechar la más mínima ocasión, y sin que nadie se lo pida, para subrayar públicamente su condición de heterosexuales a través de publicaciones vejatorias dirigidas al mundo gay.

Para muchos, la proliferación de estos grupos de varones son la prueba irrefutable de que las tesis más caducas del discurso del heteropatriarcado han encontrado en las nuevas tecnologías el lugar perfecto para expandirse y asentarse. En definitiva, la responsabilidad de lo que sucede en nuestro entorno, también en el digital, es de cada uno. Pasar por alto en Internet, según qué tipo de actitudes que no admitiríamos en la calle, tiene como fin asumir la normalización de una anormalidad... con todos los peligros que eso conlleva.

 

Fuente: El Mundo

 

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