La migración de los contratos es un motivo de esperanza. Debemos reconocer que no todos los bolivianos teníamos mucha fe en el resultado de la negociación con el gran Brasil. Pero el Brasil quiere paz, y desarrollo humano y material. Sabe que Bolivia es el distribuidor gasífero del cono sur y que, en lo posible, los pueblos deben avanzar juntos
La gente que me quiere bien, sabe que veo menos que un gato de yeso. La ocurrencia de la frase no es mía, triste de mí, sino de Inodoro Pereyra, un simpático gaucho renegau, penúltimo ejemplar de la Argentina profunda. Pero el instrumento no son los ojos cuando el tema es la realidad nacional, pues ellos, de todas formas, tienen su límite en el horizonte, que, para colmo de males, para muchos como yo es la punta de la nariz. Cuando se habla de la realidad nacional, el gran instrumento se llama sensibilidad colectiva, esa piel morena que se eriza de emoción cuando las noticias son buenas, y que se arruga cuando se siente engañada.
Los bolivianos de siempre, hemos vivido, imposible ocultarlo, con la piel arrugada debido a tanto engaño y a tanta ineficiencia administrativa. No sólo eso: hemos vivido arrugados, porque quienes negociaban a nuestro nombre, nuestros productos no renovables, no tenían vergüenza deportiva ni amor por la casaca. Nos rifaban, eso es lo menos que podríamos decir. Y para decirlo así, con rabia y con dolor, ya hemos tomado en cuenta el valor de los procesos, esa idea cierta, por lo demás, que para avanzar se pone un pie por delante del otro. Aún tomando en cuenta el largo camino del gas, es posible afirmar que, casi todos quienes nos gobernaron, nunca estuvieron tan motivados como para poner la cara e impedir el gol a Eder, el puntero zurdo brasileño que ostentaba el título de la patada más fuerte del mundo. Se corrían de la barrera y terminábamos la negociación ganando menos de la mitad y con un incierto sentimiento del deber cumplido.
Estamos vendiendo nuestro gas a muy buen precio y es una noticia que deberíamos aceptar y disfrutar sin rubor. Eso significa que tendremos más recursos económicos, primero que nada. Sin embargo, detrás de esa buena noticia, tenemos otra para el mundo entero: que respetaremos los contratos, ¿verdad?, porque todos ellos están avalados por los movimientos sociales, los pueblos originarios y una inmensa mayoría citadina. Es más: se podría afirmar que, aún la oposición política, la que pensaba que esta migración de contratos no funcionaría, está contenta con la buena nueva del país. Otra noticia: estamos asegurando, para larga data, dos mercados sin igual del cono sur del subcontinente americano: Brasil, del zurdo Eder, Argentina, del zurdo Pasarela. Sin esos países, la historia sería otra. Ambos necesitan del gas boliviano, y Bolivia necesita de sus mercados. ¿Cuál es el fiel de la balanza para mantener una relación equilibrada entre los tres? El precio justo y el control nacional en boca de pozo. Con ambos conceptos, es posible mirarnos a los ojos con dignidad y darnos un abrazo.
Una siguiente buena noticia debería ser que la exploración de nuevos bolsones de gas continúe, pues el gas conocido no es suficiente para vender y consumirlo en casa, al mismo tiempo, por muchísimos años. Necesitamos seguir explorando y, ojalá, encontrando más gas en nuestro territorio. Para ello, siempre con la frente en alto, YPFB y socios extranjeros tendrán que invertir mucho dinero. Si la exploración va a correr por cuenta propia, es probable que nos retracemos en la carrera de postas con el Perú. Así que, sin tanto dogma político de por medio, pero sí con principios sólidos, sería bueno que una economía mixta, con contratos nacionales, cuanto antes nos allane la incertidumbre.
Tenemos la piel morena erizada de felicidad. Los bolivianos sabemos que desarrollar el país es tarea ardua. Salir de nuestras montañas y selvas, es bien difícil y muy caro. Así nos tocó, y está bien. En materia de gas, si se tiene un proveedor y un mercado, esa relación sirve hasta que no haya ni un humilde pie cúbico para vender. Si Perú vende el gas de Camisea a Chile, Bolivia no tendrá más oportunidad en el futuro. Si los políticos chilenos actúan como hasta ahora, ya no volveremos a hablar del mar con ellos, pues están enojados por el resultado de nuestro referéndum. Los antipatizamos, claro, y no nos faltan razones, pero si tendiéramos un gaseoducto hacia sus tierras, ¿no estaríamos dando un paso sólido al mar y al s. XXI que nos toca vivir? Si no lo damos, el gas de Camisea nos significará un portazo en la nariz, un duro golpe a nuestras aspiraciones que bien podría dejarnos en el s.XIX y sin posibilidades de seguir reclamando lo nuestro. ¿Esta mal hacer esos cálculos? Deberíamos pensarlo, porque algo de tiempo queda.
Los bolivianos queremos hacer uso del gas en nuestras casas, trabajo y parque motor. Ese es, de aquí en más, el reto o desafío. El gas provoca un ahorro importante respecto a la gasolina, por ejemplo. El cambio de matriz energética quizás ayude a que seamos menos pobres. Y, si su red externa se extiende por nuestros cuatro puntos cardinales, vamos a integrarnos de mil formas, como nunca lo hicimos hasta hoy. Es el paso a dar, ni duda cabe.
La migración de los contratos es un motivo de esperanza. Debemos reconocer que no todos los bolivianos teníamos mucha fe en el resultado de la negociación con el gran Brasil. Pero el Brasil quiere paz, y desarrollo humano y material. Sabe que Bolivia es el distribuidor gasífero del cono sur y que, en lo posible, los pueblos deben avanzar juntos. Todo eso pesó en su ánimo y dio un paso al frente. Ahora nos toca caminar hacia adentro de nosotros mismos y entender, con generosidad, qué es esto de la pacífica convivencia para arreglar nuestros problemas. No vale la pena que el entusiasmo del discurso nos desequilibre. Apostemos a la comprensión y no a la desavenencia.