El gobierno ha dispuesto la nacionalización de las minas a raíz del conflicto de Huanuni entre mineros cooperativistas y asalariados anunciando también la refundación de COMIBOL para explotar el estaño. Para el efecto dispuso una parafernalia informativa en la que se presenta a Evo Morales Aima como el paladín de las luchas sociales y al MAS como el instrumento político de la soberanía de los pueblos. Ardides comunicacionales para convencer a la población sobre las bondades del mito de la nacionalización.
Efectivamente el mito es un relato que desfigura una cosa provocando su sobreestimación y está muy relacionado a la religión en la que se dan explicaciones las más de las veces irracionales. En su época el filósofo boliviano Guillermo Francovich denunció los mitos profundos de Bolivia desencantándonos sobre nuestros ídolos fundacionales como país.
Esta vez vuelve el mito de la prosperidad con la política de nacionalización, primero del gas y ahora de las minas.
En realidad lo que hace el gobierno no es otra cosa que refuncionalizar el cuento del cuerno de la abundancia. Con la sola nacionalización se cree se podrá embarcar al país por el derrotero de la abundancia y la prosperidad. En los hechos, empero, no hay tal nacionalización del gas y la prueba es la negociación de los contratos con las empresas petroleras y en adelante la nacionalización de las minas que moverá a los trabajadores a retornar a los campamentos con la vana esperanza de mejorar su vida olvidando que las previsiones de los economistas que la inversión no necesariamente será acompañada por la ganancia.
En estricto término la nacionalización significa la expropiación de las empresas trasnacionales sin reconocer absolutamente nada de sus inversiones en reposición del lucro y el daño inferido contra el Estado nacional. Nada de esto ocurrió con Morales y, por el contrario, se prosigue con la presencia de las denostadas empresas trasnacionales quienes siguen beneficiándose con el recurso natural. El MAS renunció también a su programa electoral que apuntaba la industrialización del gas y, por el contrario, incrementó su venta a la Argentina, pronto a Brasil y seguramente a Chile.
El MAS hace exactamente lo que el MNR hace cincuenta años. El triunfante Víctor Paz Estenssoro presionado por el proletariado minero tuvo que nacionalizar las minas de los barones del estaño para inmediatamente a través de otros mecanismos indemnizar a la rosca minero-feudal.
El MNR en rigor de verdad no quiso llevar adelante esta medida de la nacionalización de las minas sino la incorporó en su plataforma electoral de 1951 cuando la democracia censitaria para ganar el voto de los trabajadores. La idea le correspondió a Tristán Maroff que proclamó minas al Estado y tierras al indio y le correspondió a Juan Lechín Oquendo exigir su concreción con la recién fundada COB.
La COMIBOL, por su parte, permitió la creación de una aristocracia obrera que se enriqueció a costas de los obreros del subsuelo quienes daban sus jornales para lograr la fundición del estaño con la empresa estatal. Así se inició el mito de la nacionalización derrotado después con el DS 21060 y ahora renace con la segunda nacionalización. Es como si la historia fuese cíclica.