¿Cuál la modalidad más acertada; la de Lula, fruto de una experiencia vivida, o la de Morales con sólo nueve meses de ejercicio del poder?
El reelecto presidente del Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, se propone conformar personalmente su gabinete de ministros convocando a representantes del mayor número posible de partidos, a la vez de mantener equidistancia del instrumento político de su creación, el Partido de los Trabajadores, cuya cúpula no sólo tuvo a su cargo esa tarea al comienzo de la anterior gestión del mandatario, sino que durante los pasados cuatro años se tornó en su "dolor de cabeza" al haber protagonizado serie de actos de corrupción, según él mismo lo confesara.
Esta práctica difiere de la impresa por el gobierno de Evo Morales en nuestro país, quizá no tanto en lo que fue la designación de los integrantes de su equipo inaugural de colaboradores, pero sí en el anunciado e inminente "barrido" de la administración pública para dar cabida a militantes del Movimiento al Socialismo, sea por voluntad del Presidente, presión del partido del que a la vez es jefe, o conjunción de ambas, sin que ello signifique que en la acción inicial anotada el liderazgo cocalero y los llamados movimientos sociales no hayan pesado en el nombramiento de ciertas figuras; tal el caso del ex titular de Minería, delegado de la Federación de Cooperativas Mineras, entidad en la que inclusive quiso ampararse para no ser removido después de los enfrentamientos de Huanuni.
En este escenario dispar, ¿cuál la modalidad más acertada: la de Lula, fruto de una experiencia vivida, o la de Morales con sólo nueve meses en ejercicio del poder ya no sectorial o corporativo, sino supremo de la nación?
Tradicionalmente en nuestros países se ha recomendado la organización y funcionamiento de gobiernos de concertación o unidad, por más de que nunca depararon resultados positivos en virtud del papel de principal empleador de unos estados más que de otros, circunstancia generadora de la sistemática pugnacidad entre las facciones por el acaparamiento de los estancos de la burocracia. Tan es así que ese tipo de esquema no tardó en resquebrajarse a causa más de la avidez de las legiones desesperadas por encaramarse en esas esferas --siempre pobres en materia de disponibilidad de dar acomodo masivo--, que de diferencias ideológicas o programáticas de sus principales actores y seguidores.
En Bolivia, particularmente, los célebres "pactos por la democracia" son prueba palpable de esta realidad, mientras que la otra cara de la medalla puede observarse en el doble sexenio movimientista, que tampoco brindó frutos favorables al país y su población.
Hoy por hoy la administración se inclina por fortalecer nuevamente al Estado y rodearse de sus parciales en exclusiva, sin saberse cuál será el final del libreto en representación.