Motivo de preocupación y debate estos días es el fenómeno de la migración de ciudadanos bolivianos al exterior, preferentemente a España, adonde en sólo dos meses llegaron 30.000 connacionales en busca de mejores condiciones de vida.
Paralelamente, se analiza el flujo de las remesas de dinero que ese éxodo humano sin precedente envía a los suyos, en la perspectiva de que tenga el más óptimo destino y no se esfume en el gasto corriente de manutención.
Y es que el volumen de una y las otras es digno de análisis y, más importante, desde luego, estudio y determinación de soluciones.
No se trata únicamente de instar, en lo referido a España y alegando retribución a lo que significó el coloniaje, a que sus autoridades dejen de deportar a los bolivianos que arriban a territorio de la península, sino de plantear y ejecutar medidas que tienda a disminuir la estampida.
Tampoco puede obligarse a los receptores de los giros a que los empleen de cierto modo y no del que les indique su libre albedrío.
Son pues cuestiones delicadas que habrán de ser consideradas con el mayor cuidado si se quiere evitar consecuencias indeseables.
Ahora bien, en medio de todo llama la atención que desde la propia España se difunda cifras relativas a la fuerza laboral que requiere y requerirá en el próximo futuro de manos, justamente, de los inmigrantes, sea cual fuere su origen.