NUEVA YORK, AP.- Juan Pablo II fue el papa "latinoamericano" por excelencia debido a la especial predilección que prestó al continente que alberga casi la mitad de los más de mil millones de católicos en el mundo.
El Papa, que en los 26 años de su pontificado dedicó a América Latina 18 de sus 104 viajes, imprimió su sello en el continente.
Juan Pablo evitó una guerra entre Argentina y Chile, estableció relaciones con México, controló a los sectores más militantes de la Iglesia brasileña, contuvo los desbordes de la "Iglesia Popular" de Nicaragua y puso fin a las asperezas del debate sobre la Teología de la Liberación.
Una de las primeras decisiones de su pontificado fue la de inaugurar personalmente la máxima reunión de la Iglesia hemisférica, para lo cual inició en América Latina en 1979 su impresionante serie de visitas a todos los rincones del mundo. En su primera salida al exterior, Juan Pablo visitó la República Dominicana y México. En 1998 visitó Cuba, el último país que le faltaba de Latinoamérica.
Al cumplirse los cinco siglos del comienzo de la evangelización en el continente, pidió "perdón" por "las ofensas" sufridas por los indígenas de América durante los inicios de la conquista española.
Juan Pablo dejó asimismo su marca en la Iglesia del hemisferio al ordenar varios cardenales latinoamericanos, entre ellos algunos de sus más estrechos aliados: el colombiano Alfonso López Trujillo, el nicaragüense Miguel Obando Bravo, el ítalo-argentino Antonio Quarracino y el dominicano Nicolás López Rodríguez.
La predilección de Juan Pablo II por América Latina se basó principalmente en tres motivos. Primero, el hecho de que el continente alberga casi la mitad de los católicos en el mundo y que, por una cuestión demográfica, en el futuro cercano posiblemente pasará a tener mayoría absoluta.
En segundo lugar, el hecho de que en el continente nació la Teología de la Liberación que desencadenó un áspero debate sobre el papel de la religión, la Iglesia y los religiosos; enriqueció el debate teológico, y obligó al Vaticano a redefinir los límites del papel de los religiosos en la política.
Su papado hizo frente a ese desafío con dos documentos, en 1984 y 1986. El primero, del 3 de septiembre de 1984, se limitó a admitir la existencia del controversial movimiento que agudizó la conciencia política de los cristianos y planteó el "problema de la religión" a los revolucionarios latinoamericanos. El segundo, de abril de 1986, le dio carta de ciudadanía siempre que excluyera sus corrientes extremas.
Entre ambos documentos, en 1985, el Vaticano impuso un período de silencio al fraile franciscano brasileño Leonardo Boff, uno de los exponentes de la Teología de la Liberación que criticó a la Iglesia por "elitista" y que dio a su mensaje religioso un fuerte contenido político.
En 1991, en Brasil, el Papa indicó que la Teología de la Liberación predicada por muchos sacerdotes allí en la década del 80, tenía mayor sentido siempre que se despojara de su metodología marxista.
Tercero, el hecho de que la religión católica es, junto con el idioma español, prácticamente el nexo común de todo un continente, hecho que no se duplica en ningún otro.
"No se puede olvidar, en el variado panorama que ofrece América Latina, el importante papel que desempeña la Iglesia católica", afirmó el pontífice en su segunda visita a México en 1990.
Latinos esperan tener su Papa
MEXICO, AP.- Mientras los cardenales convergían ayer en el Vaticano para iniciar el proceso de elegir a un nuevo Papa, muchos se preguntaban por qué todos los pontífices hasta ahora han sido europeos si la mayoría de los católicos vive en el mundo en desarrollo.
La posibilidad de que el nuevo pontífice provenga de Latinoamérica, Africa o Asia está creando una vibrante expectativa desde México hasta Manila, de Tegucigalpa a Kinshasa. Muchos católicos latinoamericanos dicen que el único modo de mejorar un papado al que apoyan sin reticencias sería escoger a alguien de entre los suyos.
Sus esperanzas se vieron entonadas por el último cónclave papal, en el que un arzobispo polaco fue consagrado el primer Papa no italiano en 455 años, como también por el afán de Juan Pablo II por llevar su mensaje a todos los confines del mundo.
También se han animado por una cuestión numérica: la mitad de los mil millones de católicos viven en América Latina, y la Iglesia católica experimenta un crecimiento explosivo en Africa y Asia.
Aun fuera del catolicismo, los líderes del mundo en desarrollo palpaban una oportunidad de cambio.