¿Guerra civil? De ninguna manera, sino grescas interregionales, políticas y sociales de menor intensidad que no por eso nos dejaran dormir en paz. Conste que con racionalidad, prudencia y espíritu democrático, tales reyertas podrían ser evitadas. Pero el actual gobierno más bien las alienta
Se especula demasiado en el exterior sobre la posibilidad de una guerra civil en Bolivia. En este cotilleo se igualan no solo medios de comunicación social y analistas políticos, sino también órganos gubernamentales de inteligencia. Lo grave es que la versión astilla más todavía la de por si desportillada imagen del país, restringiendo el flujo turístico hacia Bolivia.
Obviamente que fuera de nuestras fronteras e inclusive entre nosotros mismos el análisis omite consideraciones claves sobre el tema. Nos referimos, concretamente, a las condiciones objetivas y subjetivas que determinan el estallido de una guerra civil. Para que ésta se produzca un país tiene que partirse en dos, social, política y militarmente hablando, como ocurrió en España entre 1936 y 1939 y aconteció en Bolivia a fines del siglo XIX, cuando liberales y conservadores se fueron a los tiros.
En un Estado ocurre lo anteriormente citado cuando colisionan dos fuerzas políticas irreconciliables, atrapando en su campo gravitacional a una serie de sectores sociales, corporativos, institucionales y gremiales. Esas fuerzas tienen que estar no sólo solidamente estructuradas en torno a lideratos y esquemas ideológicos tan definidos como contrapuestos, sino también orgánicamente conectadas a bandos antagónicos de la estructura militar. La división de las Fuerzas Armadas constituye presupuesto básico para la gran batahola.
A los citados factores objetivos se agregan otros de tipo subjetivo sin los cuales, igualmente, la guerra civil no pasa de meros y circenses amagos. Nos referimos a una generalizada y firme convicción, en las masas que siguen a los bandos enfrentados, a que en el país se siga el rumbo que ellas y sus líderes quieren. Pato o gallareta. Blanco o negro. Nada de figuras difusas o tonos intermedios.
El MAS no es un partido, sino ensalada política de movimientos sociales a cual más contradictorio. La división y descoordinación castiga a su propia estructura de mando. Ideológica y políticamente, ajusta su cuadrante a rumbos que nadie percibe con claridad. Orla su ruta de símbolos etnocentristas, nostalgias collasuyistas y esquemas programáticos de imposible sincretismo ("capitalismo andino", "social comunitarismo", etc.) que para el hombre de la calle, equivalen a indescifrable crucigrama.
La oposición encaja igualmente en la imagen de una torre de Babel. Nadie se entiende con nadie. No hay nada que las motive para congregarse en un frente común y peor todavía en uno de carácter militar.
El MAS controla el Alto Militar, pero no las instancias medias y bajas de mando. Lo único perceptible en la institución castrense son descontentos sectoriales por esto y aquello que no pasan a mayores. Hay generales que pública o privadamente despotrican contra Evo y su gobierno, pero no tienen mando de tropa. Están en retiro o en situación de pre retiro. Por ahora, es más fácil que un elefante pase por el ojo de una aguja, que la oposición se filtre a los cuarteles a levantar contra el gobierno a parte de las tropas.
Los comités cívicos de cuatro regiones del país poseen gran potencial de movilización social pero carecen de estructura militar propia o ajena con la cual lanzarse a la aventura de una guerra civil. Si no la tienen es porque de clase media para arriba, que es donde gozan del mayor apoyo, no hay tradición de lucha armada. Se manifiestan en las calles, pero difícilmente irían a la toma de las armas.
¿Intervenciones militares extranjeras digitadas desde las sombras por las transnacionales del petróleo y el gas? Eso funciona en Irak, Irán y otras latitudes sometidas más a Alá que a la democracia moderna, pero no en América Latina, donde disponemos de mecanismos de acción multilateral, a nivel de OEA, para restablecer la paz y seguridad en un país castigado por una confrontación nacional que no puede superar. Es lo que se hizo y se sigue haciendo todavía en Haití, país al cual inclusive nosotros los bolivianos seguimos enviando tropas que ayuden a afirmar el orden y seguridad que requiere allí la democracia.
¿Guerra civil? De ninguna manera, sino grescas interregionales, políticas y sociales de menor intensidad que no por eso nos dejaran dormir en paz. Conste que con racionalidad, prudencia y espíritu democrático, tales reyertas podrían ser evitadas. Pero el actual gobierno más bien las alienta.