Estos especimenes abundan sobre todo en las universidades, en los sindicatos y en instituciones regidas por un sistema electoral Allí, en función de dirigentes, representantes o delegados aprenden a cometer sus primeros desfalcos, como entrenamiento para una eficaz depredación de las arcas fiscales en el ejercicio profesional de la política
Por antonomasia, los comités cívicos tendrían que ser instituciones respetables, promotoras de las virtudes ciudadanas, del respeto a la ley y de los valores nacionales y regionales; pero otra es la realidad: sirven sobre todo a sus dirigentes como trampolines políticos, para defender intereses sectarios y para crearle dolores de cabeza al régimen de turno. Este es uno de los grandes males nacionales: también las organizaciones sindicales, gremiales, profesionales y cooperativas son plazas fuertes de partidos políticos y sirven para la promoción personal de sus dirigentes.
En el hogar y en la escuela nos enseñan que los ingredientes del éxito son el talento, el estudio, el trabajo, el esfuerzo y la honradez; pero la vida nos demuestra que es al revés: son los chuecos de alma, mente y corazón quienes tienen éxito, por lo menos en el sentido más prosaico de la palabreja. Nos rajamos el cuero y en la lucha por la vida encontramos más obstáculos que oportunidades; pero vemos con estupor a pobres diablos con más vicios que virtudes dirigiendo importantes instituciones y pavoneándose en las altas esferas del poder. ¿Cómo explicarlo? Saben usar el único instrumento idóneo para el triunfo económico y social: la política sucia.
Hay quienes se inician en alguna forma de liderazgo sin compromisos partidistas, supeditando inclusive su ideología personal a los objetivos de su institución; pero cuanto más menguadas sean su economía y sus convicciones más propensos son a politiquear, adocenándose con otros politiqueros. Son fácilmente conquistados por cualquier partido que les dé importancia como a individuos y una oportunidad para trepar y dejar de ser lo que son, aunque ello signifique traicionar su propia trayectoria profesional, sindical o cívica. Por eso las instituciones nacionales no atienden a sus objetivos y los militantes de los partidos políticos son ineptos burócratas oficialistas o furiosos opositores desempleados.
Los mecanismos que gobiernan la conducta y la conciencia de un dirigente típico son desde luego muy oscuros y tendrían que ser objeto de un psicoanálisis especializado; pero podemos identificar a un futuro politicastro y seguir sus pasos desde la escuela, pasando por las universidades, los sindicatos y otras organizaciones que funcionan como plataformas de lanzamiento de nuevos misiles al espacio político.
Todos hemos conocido a un político profesional en estado de larva: no es el más inteligente ni el más tonto del grupo, pues su característica es la mediocridad. Pero llama la atención porque está siempre donde conviene estar, diciendo lo que conviene decir, opinando sobre todo sin saber de nada. Su desparpajo y su facundia impresionan a sus compañeros tímidos y discretos; y con sus dotes de gusarapo parlanchín siempre se las arregla para hacerse elegir delegado o representante de cualquier cosa. Luego se apodera de toda su institución convirtiéndose en experto huelguista o bochinchero, un pequeño tiranuelo diestro para hablar de sus derechos y no de sus obligaciones.
Estos especimenes abundan sobre todo en las universidades, en los sindicatos y en instituciones regidas por un sistema electoral Allí, en función de dirigentes, representantes o delegados aprenden a cometer sus primeros desfalcos, como entrenamiento para una eficaz depredación de las arcas fiscales en el ejercicio profesional de la política.
Tales son las plataformas de lanzamiento al estrellato político. No me digan ahora que no hay academias o institutos donde se aprende a ser ministro o diputado.