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Territorio separatista de Moldavia sueña con unirse a Rusia

Por:MARA D. BELLABY
06-10-2006 - 10:56 h.
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TIRASPOL, Moldavia | AP

La Destilería Kvint, con sus barriles de brandy, es tan reverenciada en Trans-Dniester que su imagen aparece impresa en el billete de cinco rublos.

Pero al igual que esta provincia separatista, vive aislada. Las botellas que salen de la línea de montaje para ser envasadas, encorchadas y despachadas a destino solían viajar por toda la Unión Soviética y el resto del mundo comunista. Ya no es así. Ultimamente han enfrentado barreras al entrar en dos de sus principales mercados, Rusia y Ucrania.

El territorio, que se separó de Moldavia, no es reconocido por nadie. Sus pasaportes, remanente de cuando formaba parte de la Unión Soviética, son inútiles. Sus contrabandistas le han endilgado una reputación de estado anárquico, potencial imán para los terroristas. Son tan pocos los visitantes extranjeros que una periodista estadounidense que visita una escuela es acosada en busca de autógrafos.

Trans-Dniester acaba de votar por mayoría abrumadora en un referendo para buscar la unificación con Rusia, pero Moscú no parece muy dispuesto a aceptarlo. Y mientras el territorio mira hacia el este, Moldavia, al igual que Ucrania y Rumania, enfoca su mira al oeste, a las democracias de la Unión Europea.

De todas las piezas sueltas por la desintegración de la Unión Soviética hace quince años, pocas son tan inusuales como esta franja de territorio de 200 kilómetros de largo y 16 de ancho, encajonado entre el río Dniester y Ucrania.

La desintegración soviética dio paso a 15 nuevas naciones, pero también dejó a millones de grupos étnicos rusos en el limbo, atascados en países que de pronto pasaron a ser extranjeros y en muchos casos ávidos de deshacerse de los vestigios del yugo de Moscú.

En los estados bálticos de Lituania, Letonia y Estonia, la población de ascendencia rusa se queja de discriminación contra su idioma. En Ucrania constituyen una poderosa fuerza política en constante pugna con los prooccidentales. La ex república soviética de Georgia está fragmentada por dos regiones separatistas prorrusas. Kaliningrado es un enclave en el Báltico donde vive un millón de rusos, a 565 kilómetros del resto de Rusia y rodeado de países de la UE. Chechenia ha librado una guerra separatista durante una década.

Trans-Dniester, que comprende una octava parte de Moldavia, nunca ha dejado de añorar el régimen ruso. Su líder Igor Smirnov, que tiene ciudadanía rusa, considera a Rusia como el hogar natural de su pueblo.

El territorio se autodeclaró independiente cuando la Unión Soviética empezó a mostrar signos de desintegración, por temor a que Moldavia buscara reunirse con Rumania. Moldavia, prooccidental y respaldada por la Unión Europea, quiere recuperar el territorio.

El Kremlin, aunque está enfrentado con Moldavia y simpatiza con los separatistas, ha reaccionado fríamente a la idea de absorber el empobrecido territorio y dice que ambas partes deben negociar un acuerdo.

Por eso el plebiscito del 17 de septiembre, que votó por 97,1% en favor de la unificación con Rusia, es considerado por el analista político Viorel Cibotaru, del Instituto de Política Pública, de Moldavia, como una mera expresión de deseos.

"Es como un circo: uno ve algo, pero es una ilusión", comentó.

"La realidad es que Trans-Dniester es una idea vacía: no va a ningún sitio".

Smirnov lo rechaza. Trans-Dniester y Moldavia no tienen nada en común, declaró el presidente a su pueblo después de la votación.

"Escogimos a Rusia, mientras ellos eligieron a la Unión Europea y la OTAN. Durante estos 16 años han tratado de imponernos un punto de vista ajeno... Pero hoy, eso es historia".

La historia tiene su peso en esta situación. Conocida en el pasado como Besarabia, toda la región tiene una mezcla étnica ya que algunas de sus partes fueron dominadas por los imperios lituano, ruso zarista, rumano y soviético. En la actualidad, el rompecabezas geopolítico que dejó el colapso soviético es ejemplificado por la Destilería Kvint, de 109 años, en la capital de Trans-Dniester, Tiraspol.

Sus vinos y coñacs no pueden entrar en Rusia porque el Kremlin los considera moldavos y ha impuesto un embargo al alcohol de Moldavia. Y durante dos años no pudieron entrar en Ucrania porque no eran considerados suficientemente moldavos: la planta no tenía el registro comercial de Moldavia. Su certificado de exportación sigue siendo temporal.

Los críticos sostienen que Trans-Dniester es un paraíso para contrabandistas, bandidos y traficantes de armas y drogas. "El problema de Trans-Dniester se refleja negativamente en la situación delictiva en Moldavia y Ucrania", se quejó recientemente el ministro del interior ucraniano Yuriy Lutsenko.

La UE ha emplazado policías fronterizos de sus estados miembros para contener el flujo de contrabando a través de los caminos sinuosos y desérticos que conectan Trans-Dniester con Ucrania.

Trans-Dniester ha reaccionado a las críticas con una campaña por mejorar su imagen en la internet. En la página http://www.pridnestrovie.net se ofrecen "diez cosas que usted no sabía sobre el país más nuevo de Europa", incluyendo que tiene el doble de la población de Islandia, 35 grupos nacionales y una economía de mercado. También sostiene haber logrado enormes progresos en la lucha contra el contrabando, y cita a funcionarios de la UE y occidentales según los cuales "no hay evidencias de que Pridnestrovie (Trans-Dniester) haya traficado jamás armas o material nuclear".

Esta es una referencia a versiones que circularon en el 2004 de que Trans-Dniester podía ser un mercado de armas de destrucción masiva que quedaron desde la época en que la Unión Soviética tenía aquí fábricas de armas.

El presidente Smirnov ha sugerido que Trans-Dniester sufre en parte por su inocultable nostalgia por la Unión Soviética.

Trans-Dniester y Moldavia eligieron presidente. Pero mientras Moldavia sigue un curso reformista y prooccidental, Trans-Dniester mantiene sus hábitos y disciplina soviética.

La población ha declinado un 20% en 16 años. En el 2004 nacieron 5.000 bebés, en comparación con 12.000 en 1992. La espera por la ciudadanía y el pasaporte rusos puede ser de dos años. Mientras tanto, para entrar y salir hay que trasponer cinco puestos de vigilancia.

"No es correcto decir que la vida aquí es sombría", comentó Valentina Beslar, una mujer que aguardaba el autobús cerca de un monumento al soldado desconocido. "Pero por supuesto todos sueñan con mejorar, y para nosotros eso significa incorporarnos a Rusia, si nos acepta".

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