¿Estos carnavales, quien inventaría?, dice un fragmento de los taquipayanakus que a menudo se escuchan en estas fechas.
El Carnaval es una de las celebraciones más antiguas de la humanidad, más popular y también una fiesta universal, que precede a la cuaresma en países que tienen tradición cristiana. Usualmente, se celebra durante los tres días anteriores al Miércoles de Ceniza, que es cuando comienza la cuaresma en el Calendario Cristiano.
Se supone que el término carnaval proviene del latín medieval "carnelevarium", que significaba "quitar la carne", y que se refería a la prohibición religiosa de consumo de carne durante los 40 días que dura la cuaresma.
Actualmente, existen lugares célebres que atraen al turista y al amante de las costumbres de cada sitio, tal el caso del Carnaval de Río, el de Santa Cruz de Tenerife, el de Corrientes en Argentina, el de República Dominicana, con sus distintas expresiones, y el de Oruro en Bolivia.
Pero, observando el horizonte regional, Cochabamba tiene un carnaval que está provisto de una historia y tradiciones que los cronistas lo remontan a fines de 1800, más de un siglo de corsos llenos de emociones y de cerveza.
¿Estos carnavales, quien inventaría? Pero la interrogante, hecha música, parece encontrar respuesta en un libro escrito por el periodista Wilson García Mérida: "Un siglo en Cochabamba, mirando la ciudad desde La Taquiña".
La obra literaria pone fecha al primer corso cochabambino, 1887, y por si fuera poco, su promotor habría sido un alemán, Adolfo Schultze, quien (señala el libro) "estructura por primera vez una "entrada" carnavalera a la usanza germana, modernizando esta fiesta para dar cabida al consumo civilizador de la cerveza".
Basado en los estudios de Gustavo Rodríguez Ostria, el periodista precisa que el primer Corso de Corsos se llevó a cabo en marzo de 1887.
"Aquel alemán organizó una agrupación identificada como el Club del Alegre Carnaval y él mismo se hacía llamar "Schultze el cochabambino". La celebración de la fiesta en marzo de ese año dio origen al primer Corso de Corsos", señala el autor del libro.
Pero la euforia de esa fiesta no duraría mucho, ya que en 1894 ésta transcurrió sin mayor trascendencia y para julio de 1903 estaba de capa caída, al menos así lo refleja el informe del presidente del directorio de la cervecería Taquiña, Guillermo Kunst, a la Junta Ordinaria de Accionistas, acta que el libro de García Mérida rescata.
"Las malas cosechas y consiguientes precios subidos de los artículos más necesarios para la vida, han producido una pobreza en el país que pesa no sólo sobre nuestra empresa, sino sobre todo el comercio en general".
"A esto se agrega el alto precio, tanto de la cebada como del lúpulo en Europa, y la falta de fiestas en el Carnaval", señala parte del informe de Kunst que si hoy estuviera vivo posiblemente celebraría el auge de ventas de su producto, en primera fila del Corso de Corsos, con la espumosa bebida y al ritmo del caporal.
El Carnaval y la cerveza son una combinación inevitable en estas fechas y tal vez ello se deba al alegre alemán, Adolfo Schultze, a quien Taquiña debe algo más de un siglo de ventas en el Corso de Corsos.
Mascarita con sello y patente
La popularidad de las fiestas de mascaritas que se impuso en el Corso desde sus principios tuvo un nuevo giro en 1893, cuando a las autoridades edilicias de la época se les ocurrió abolir dicha celebración, prohibición que no prosperó. Sin embargo, las autoridades de entonces tomaron otras medidas, como el pago de una patente de 3 bolivianos, que posteriormente se redujera a 2 por cada máscara.
La finalidad de esa medida no era precisamente la de recaudar dinero para abultar las arcas de la comuna, sino la de identificar a quienes porten las máscaras durante los días de carnaval con registro de la máscara y sello numerado.
Una publicación de El Heraldo, del 9 de febrero de 1893, según transcribe García Mérida, relata: Oímos decir en días pasados que este año pensaba suprimirse las máscaras por razones políticas. Bien averiguada la cuestión, resulta que dicha versión es falsa, que habrá máscaras y que la patente para ellas importa 3 bolivianos cada una. Esto es lo que ha resuelto el H. Concejo Municipal.
El libro de García Mérida también relata: "Antes de instituirse este control se producía una "peligrosa des-segregación social, poniendo a las señoritas en situaciones embarazosas, pues no saben las más de las veces si están danzando con su pongo o su zapatero o bien con un caballero".