Los gobiernos populistas saben que una forma de mantener movilizadas a sus bases es consiguiéndose un enemigo, y si éste no existe, se lo inventa. Una estrategia conocidísima es que en cada ocasión posible se afirme, sin entregar pruebas, que "hay constancia" de que el adversario (interno o externo) está complotando para desestabilizar al Gobierno e impedir que se ejecuten las "medidas" que favorecerán a la gran mayoría que apoya a ese régimen.
Para llevar a cabo esa estrategia, los gobiernos de tilde populista manipulan un guión tan viejo como el tiempo mismo y que consiste en predicar a cada rato mentiras enlazadas con verdades, mezcla que ha sido utilizada desde siempre por los políticos y el ser humano en general en su afán de conquistar poder, dinero e incluso conseguir amor. Particularmente en el caso de los políticos, lo más interesante de esta estrategia es que ellos terminan creyendo en sus semi-verdades (o semi-mentiras) y es así que se presentan ante el pueblo como posibles mártires de "la" causa, lo que convence a muchos y a unos pocos simplemente asquea.
Por otra parte, en todo Gobierno populista aparecen acólitos que se encargan de alimentar el ego de sus líderes, ya que estos "jefes" suelen necesitar el halago más que el ser humano promedio, y así como son caprichosos ante la crítica, son también muy sensibles al palmoteo y la lisonja. A esta clase de jefes, las alabanzas los hacen sentirse iluminados, predestinados e imprescindibles y suele suceder que las lisonjas compradas y las adoraciones condicionadas convencen al "Jefe" de que sus afirmaciones, por más ridículas que éstas sean, son verdaderas ya que han desaparecido de su círculo de confianza las personas que se atrevían a señalar sus desatinos.
Estos jefes suelen usar un lenguaje engolado para atacar a sus enemigos y para defender a sus prosélitos y suelen anunciar, cual profeta, la necesidad de que su misión trascienda el tiempo y el espacio, y para ello prometen erradicar de cuajo todo vestigio del anterior sistema, asegurando que la estructura social, política y económica que ellos instaurarán será perenne e infinitamente mejor que la que había, desconociendo que en el cementerio de la política lo que más abunda son los sistemas definitivos.
Cuando estos líderes disponen de dinero, suelen hegemonizar la política interna regalándolo, y si ese dinero es muy abundante, ejercen influencia externa, por la vía del soborno diplomático, visitando a otros gobernantes para colmarlos de halagos y promesas de inversiones faraónicas en las que su generosidad les impide exigir la retribución que el sentido común pediría, siendo por lo tanto inversiones que, si se efectúan, están destinadas a fracasar apenas se seque la fuente de dinero que las hizo nacer.
Los países más expuestos a este tipo de líderes son aquellos en que el pueblo se cansó de ver que el poder y la riqueza sólo llegaba a unos pocos, sin embargo, producto de su propia aflicción, la respuesta elegida termina siendo un extremo cuyos vicios y lacras son similares al sistema que el pueblo, con su voto, expulsó.
El Gobierno de Bolivia está en una encrucijada y debe discernir lo más pronto posible qué tipo de liderazgo desea ejercer y con quiénes se quiere aliar. Es de esperar que nuestros gobernantes escojan bien y que entiendan que un país tan pequeño como el nuestro -cuya economía es menos de la milésima y centésima parte de las economías estadounidense y brasileña, respectivamente- no puede ser enemigo de nadie y debiera estar aliado con todos y además necesita una forma de gobierno democrática con un sistema económico que asegure un equilibrio entre lo privado y lo público.