Cuando se viaja a la tierra del sol naciente uno tiene la extraña sensación de vivir algo menos y experimenta el curioso fenómeno de pasar de un día a otro evadiendo la oscuridad de la noche. ¿Será que para quienes están condenados a 30 años de prisión, sin derecho a indulto, su vida, si es que así podemos denominar a su existencia, es como un constante viajar hacia el este o, más bien, como una larga noche? Pensaba a medida que avanzaba en la lectura del libro Testimonio de un dictador de Tomás Molina Céspedes.
Al final de la lectura, una cierta dosis de repugnancia, una inquietante sensación de náuseas respecto de la vívida imagen de Luis García Meza, o general García Meza, como lo llama el autor, con la cual se comparte, quiérase o no, en las cerca de 200 páginas de este libro. Ciertamente me importa poco que Molina Céspedes lo llame almirante, general o brigadier, lo que interesa es la habilidad del entrevistado para contar la historia al revés, donde la falacia se utiliza explotando con paciencia sus inagotables recursos. El que fue Comandante del Ejército y posterior Presidente de facto, se califica a sí mismo como un verdadero patriota, casi como un garante de los derechos humanos y un hombre de izquierda que quería hacer presidente a Marcelo Quiroga Santa Cruz. El toque de queda o restricción para circular en las noches durante el periodo de su dictadura era una medida, de acuerdo con sus palabras, para que los esposos lleguen temprano a su casa y no se pierdan el capítulo de la novela Rosa de lejos.
Al retornar al país, pensaba escribirle al autor del libro o, con mayor precisión, al autor de la entrevista, expresándole mi disgusto por la libertad de la que hoy goza García Meza para decir lo que quiere, mientras que durante los funestos días de su dictadura nosotros debíamos caminar con nuestro testamento bajo el brazo; sin embargo, después de reflexionar un poco llegué a la conclusión de que no podemos ser iguales al tirano, que como defensores de la libertad debemos respetar el derecho de García Meza a decir lo que desee y por el medio que considere más conveniente. Lo que no me parece correcto es que un convicto, que nada tiene que perder, tenga el derecho a deshonrar a las personas.
No soy quien puede asegurar que aquello que dice sobre Gloria Ardaya, Víctor Paz Estenssoro, Loyola Guzmán, Carlos Valverde y muchos otros nombres que aparecen en el libro sean soberanas mentiras, pero de lo que soy un convencido es que todas estas personas tienen derecho a no ser difamadas y menos aún si las injurias y oprobios provienen de un reo rematado.
¿Por qué García Meza no develó hace 10 años todo lo que hoy dice sobre Banzer? ¿Sirve de algo hoy, cuando el déspota de los 70 ya falleció? Que Hugo Banzer fue un dictador de derecha que hizo mucho daño a la democracia, para algunos de nosotros siempre ha estado muy claro, aunque para otros, incluso algunos izquierdistas que terminaron de rodillas a sus pies en 1997, fue poco menos que un defensor de la democracia. Desde mi punto de vista, uno de los momentos más tristes de nuestra historia fue cuando legitimamos como Presidente Constitucional a quien conculcó nuestras libertades por casi siete años, esperemos no vuelva a suceder.
El autor es economista
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