Los dirigentes políticos y deportivos siempre tienen explicaciones para los fracasos, y no les interesa la salud corporal ni mental de jugadores, hinchas ni ciudadanos. No hay una ideología ni una filosofía en lo que hacen, sino un negocio
Ni la historia ha llegado a su fin ni las ideologías han muerto, como creía el inefable Fukuyama; pero sin duda están tan maluchas por tanto manoseo que ya no despiertan grandes pasiones. En cambio, la humanidad vibra cada vez más por algo en apariencia intrascendente y trivial: el Campeonato Mundial de Fútbol
El hombre de hoy ve el fenómeno político sólo como un confuso puchero hecho de parámetros económicos, régimen financiero, legislación impositiva e intereses de grupo y de clase; porque los tiempos han impreso un sello mercantilista en todas las actividades humanas, incluido el deporte. El viejo justificativo --"mens sana in corpore sano"-. no pasa de ser una cantaleta demagógica; y sobre todo el fútbol ha renegado de una ideología de salubridad para convertirse en una profesión casi tan lucrativa como la política.
Personalmente, pateé muy bien la pelota en mi loca juventud; pero nunca fui un político militante, ni lo seré. Hoy, más que madurito, poco me preocupan las tácticas o técnicas del triunfo en un estadio o en la arena política, pues estoy decepcionado de todas las doctrinas o ideologías, y me parecen insultantes los privilegios de las estrellas políticas y deportivas. El fútbol y la política sólo me interesan como fenómenos de masas o sociales. Bien quisiera que la selección nacional ganara el campeonato mundial y que algún partido político nos redimiera de todos nuestros males; pero no puedo vivir de ilusiones, y sólo acudo a las urnas y veo fútbol en la TV como consumidor pasivo de la política y del deporte.
El proceso por el cual damos un estilo a nuestras emociones, a nuestras actitudes o a nuestra participación en política no es muy diferente a la manera cómo sentimos, pensamos y actuamos como dirigentes, jugadores, fanáticos o simples espectadores del fútbol. Concebimos la política y el fútbol como un conjunto de maniobras, destrezas, tácticas y jugadas adecuadas para ganar a como dé lugar, olvidando la filosofía intrínseca y los fines primeros y últimos de ambas actividades. Admiramos el gambeteo en ambos casos, porque sabemos que lo importante es aplastar al rival.
La política es un peloteo por el poder: nadie ama a la pelota; pero todos la disputan y corren tras ella para arrebatarla de los rivales, con fuerza o con maña, y luego la agarran a patadas. Para las estrellas políticas y futboleras, expertos, asesores, técnicos e inversionistas, la pelota y las patas son instrumentos del poder, más útiles que la cabeza. Los partidos políticos funcionan como equipos de fútbol en pugna por un trofeo, llámese Copa o Trono. Los ciudadanos y los hinchas pagamos impuestos y boletos, y vitoreamos a nuestros a quienes siempre nos defraudan, nos humillan y nos escarnecen: dirigentes políticos y deportivos.
Pero hablamos con pasión de política y de fútbol, ajenos a los protagonistas, sin saber nada de nada ni a quién benefician las recaudaciones. Nos apasionamos por un color y queremos ganar siempre, no importa cómo, aún jugando mal y sucio, e ignorando cómo se cuecen las habas allí arriba. Los dirigentes políticos y deportivos siempre tienen explicaciones para los fracasos, y no les interesa la salud corporal ni mental de jugadores, hinchas ni ciudadanos. No hay una ideología ni una filosofía en lo que hacen, sino un negocio. Los hinchas apasionados y los militantes fanáticos prefieren ignorar que la política y el deporte son un medio de vida para gente más viva que ellos.
La política y el deporte están en manos de mercachifles; pero eso no significa que las ideologías estén muertas ni que el deporte no sirva para maldita cosa.