Bolivia requiere de ambas visiones, de ambas corrientes, de ambas élites. Es más, están en su idiosincrasia, están en su madera medular, son el hueso profundo del que está constituido el ser nacional. Son también expresión, quizá inacabada, de la diversidad tan pregonada
Las élites, entendidas como grupos con origen social común de sus miembros y fuertes lazos familiares, étnicos e ideológicos entre ellos, son parte constitutiva de las sociedades contemporáneas. Pueden ser más o menos consistentes como cuerpo, más o menos amplias, más o menos abiertas. Pero en todas las sociedades cumplen una función que les corresponde: son orientadoras y más, directoras de su desarrollo.
En Bolivia, después del 52, hemos vivido la oscilación pendular en el Gobierno entre dos tipos de élites: la modernizante y liberal, y la sindicalista endógena. Cuando estuvimos en periodos autoritarios, con el cuerpo militar como actor central, las disputas internas de liderazgos nos mostraban peleas entre élites civil-militares. En periodos democráticos como el iniciado en 1978, del amplio seno de la sociedad civil organizada, presente en los partidos y movimientos, salieron dirigentes y líderes que eran cabezas visibles que representaban a las élites. En varios casos de ambos periodos, estos líderes funcionaron como aglutinadores de personalidades que desagregadas formaban individuos y que unidas formaron élites.
Hoy, después de 2005, a muchos les agrada decir que Bolivia está "a la izquierda", aunque decirlo de este modo no es muy exacto. Y está en esa posición porque casi los mismos votantes del periodo democrático 1978-2000 quienes apoyaron masivamente, desde 1985, a élites liberal democráticas, hoy han decidido jugar con otras élites cuyas visiones y orígenes son diferentes incluso en lo regional-étnico.
Pero en Bolivia las dos visiones con sus protoformas más constituidas: el MAS y Podemos, están presentes en la historia de hoy y no exactamente en un "choque de civilizaciones", sino en un "choque de élites". La una le grita en su rostro a la otra: "Desde tu mirada no pudiste resolver las cuestiones centrales del país; hoy desde mi mirada lo haré yo".
La historia -ya lo mostró- volverá a equilibrar esta relación. Las élites hoy en el poder son del occidente de Bolivia (salvo excepciones), profundamente unitaristas, estatalistas, cuasi rentistas por la historia de la minería y lo extractivo (incluida la coca), fuertemente burocratizadas por su proximidad al aparato estatal, emprendedoras en lo pequeño que le condicionó el entorno (el pequeño negocio urbano, la pequeña parcela campesina, los medios de producción de tamaño discreto) y su fuerte acento endógeno en materia de crecimiento y desarrollo, con su propia historia económica, política, social y cultural.
Desplazadas momentáneamente del Gobierno están las otras élites, las orientales y sureñas, profundamente autonomistas, poco rentistas y más arriesgadas por su historia de agricultura y agroindustria crecida desde la periferie, de visión desarrollista por su entorno (la gran propiedad agrícola, el mediano negocio urbano, los medios de producción agroindustriales) y la vinculación buscada con la economía internacional, también con su propia historia económica, política social y cultural.
A su turno las primeras levantaron y levantan aún el discurso de la soberanía nacional sobre los recursos naturales, de la independencia política frente a poderes externos, llegando incluso a cuasi confiscar aquellos negocios con los cuales en la etapa previa a su llegada al Gobierno se vinculó la masa democrática y el país y su economía con el mercado internacional. A su turno y -oh paradoja- con el apoyo de las mismas masas oscilantes, en un tiempo no muy distante tocarán las campanas para la invitación a los actores externos, para la inversión privada y el cosmopolitismo cultural; quizá por el pragmatismo de la realidad internacional en el mismo periodo de las élites endógenas.
Bolivia requiere de ambas visiones, de ambas corrientes, de ambas élites. Es más, están en su idiosincrasia, están en su madera medular, son el hueso profundo del que está constituido el ser nacional. Son también expresión, quizá inacabada, de la diversidad tan pregonada. Lo deberíamos saber desde la llegada de Europa a estos lares, desde la permanencia secular de lo indígena y desde el florecimiento del mestizaje y la interculturalidad republicana. Cuanto antes lo entendamos todos, mejor.
El autor es sociólogo
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