Debido a un viaje de trabajo, escribí este artículo antes de lo habitual así que todavía me duraba el asco provocado por las listas de candidatos a prefectos y parlamentarios.
Y si a alguien le parece exagerado que use la palabra "asco", que revise las listas o simplemente hable con la gente porque, por todo lo que pude escuchar en las calles, radios y canales de televisión, la sensación es generalizada.
La principal causa que incita al vómito es, lógicamente, la sinvergüenzura de aquellos políticos que militaban en un partido político y ahora aparecen en otro. Para empeorar nuestra repugnancia, todavía tienen el cinismo de ofenderse porque se los llame tránsfugas ya que, según ellos (dueños absolutos y soberanos de la verdad), ese nombre sólo corresponde a quien cambia de ideología y no así (como dice el diccionario) de una colectividad a otra.
Además de los tránsfugas, en las listas destacan ex dirigentes y dirigentes en quienes confiamos un día porque creímos que se sacrificaban por la sociedad al desempeñar un cargo en el que no ganaban nada. Ingenuos como somos, jamás pensamos que lo que ellos hacían era invertir su tiempo pensando en que después lo compensarían con creces, con sus dietas de parlamentarios.
Tanto aquellos, los tránsfugas, como estos, los oportunistas, son apenas las expresiones de un sistema electoral que no puede perfeccionarse debido a conductas que están marcadas por un individualismo alarmante.
A los políticos no podemos reprocharles su individualismo porque, finalmente, esa es una de las características de un oficio que ellos prostituyeron hace siglos pero lo que molesta es que sea la tendencia predominante entre los dirigentes.
Cuando un dirigente vocifera en una asamblea y empuja con su verborrea a que sus bases ejecuten medidas de presión como paros, huelgas y bloqueos, la mayoría de la gente cree -porque así nos los dicen- que estas buscan el beneficio común. Sin embargo, cuando llegan las elecciones, vemos al dirigente en las listas de candidatos y recién entendemos que lo que hizo fue alborotar el avispero para ganar notoriedad a costilla nuestra.
Peor aún, los dirigentes negocian sobre la base de esa notoriedad y no tienen empacho en arrastrar a toda la organización a sus afanes electorales (como pasó con el fallido intento de Jaime Solares de ser candidato).
Y si todo lo apuntado hasta ahora es insuficiente para justificar el uso de la palabra "asco", recuerde cómo en el pasado inmediato la ambición de poder llegó al punto de destruir la familia del mayor populista de la política contemporánea nacional y vea cómo el socialdemócrata que fue el pivote de un partido que se dice de izquierda no tiene empacho en liquidarlo sólo para seguir gozando de las mieles del poder, Prefectura de Tarija mediante.
Sí, señor… los políticos dan asco y lo que es peor es que nuestra coyuntura nos demuestra que, contrariamente a lo que creíamos, estamos muy lejos de librarnos de ellos.
Cuando se modificó la legislación electoral eliminando el monopolio de los partidos, muchos nos alegramos por la aparición de las agrupaciones ciudadanas pero ahora vemos, impotentes, cómo éstas sólo sirven para reciclar a viejos políticos que, gracias a ellas, prolongarán su permanencia en el poder.
Así, sin indicios de un real cambio, hay que admitir que "Bolivia se nos muere" y "jodidos, jodidos estamos todos".