Rotundamente, ¡No! Cuando asumí la responsabilidad de diputada nacional sabía que debía cumplir y hacer cumplir las Leyes, lo que no sabía y lo que aún me cuesta entender es que entre lo legal y lo político, parece que lo político lleva la delantera.
Posiblemente, con la presentación del Recurso Directo de Inconstitucionalidad ante el Tribunal Constitucional de la República, herí sin pretender los sentimientos de la población boliviana. Me disculpo por aquello, pero no me puedo disculpar por pretender que la velada nacionalización sea puesta a derecho. No me puedo disculpar por cumplir y pretender hacer cumplir las leyes de nuestro país. No me puedo disculpar por ejercer mi derecho de libertad de expresión, esa libertad que puede ser abordada desde ángulos insospechados, ser tocada por manos sucias y cantada por coros poco celestiales. Esa libertad que no obstante la sazonen o endulcen, según los gustos y la conveniencia se ve al fin menoscabada. Esa libertad festejada en homenajes falsarios y cargada con un sin fin de penosos tributos e impuestos revolucionarios -varios-- en cuyo caso pasa a convertirse sin remedio en un subterfugio, un objeto temible o un arma arrojadiza. Lo cierto es que la libertad es una sola y como tal debe ser respetada.
Una buena intención fue automáticamente mal interpretada y usada para desacreditar mi hasta ahora corta carrera política. No vaya a ser que a la postre, lo legal, lo legítimo y el ejercicio de nuestros derechos se vean demasiado lejos e inalcanzables y nos dejemos llevar hacia lo apasionado y visceral, en lugar de lo analítico y riguroso y de lo científico. Comparto con aquellos que hacer política es apasionante, pero también debe ser reconfortante por construir y por avanzar. ¡Por Dios! Por realizar las cosas correctamente.
Hoy más que nunca estoy convencida de que Bolivia -nuestra Bolivia-- necesita una reconciliación con la política, pero con aquella que dé cabida al ejercicio correcto de las responsabilidades encomendadas, al ejercicio efectivo de los anhelos nacionales. Reconciliación, con aquella política del pasado que nos permitió recuperar la democracia y aquella política que nos de la certeza de expresarnos, de ejercer plenamente nuestros derechos y de que cuando nos comprometernos salga triunfante de la amenaza que la acecha.
Debemos devolverle a Bolivia el ejercicio de la política con parámetros inequívocos de conciencia social, de seguridad jurídica, de institucionalización, de tolerancia y de libertad. Pero hasta que llegue, es imprescindible habilitar un hospital de campaña con el objeto de curar las heridas infligidas a nuestras instituciones y a miles de ciudadanos lastimados para que allí se recuperen antes de que sea demasiado tarde para poder asegurar el orden, la integridad y la decencia de nuestra nación.
Debemos asegurarnos de que las nuevas generaciones no crezcan marcadas por el odio, el revanchismo, la miseria moral y la insania que hoy amargan nuestro país mandado al precipicio por unos cuantos.
Son agudas la ofensa y la humillación inflingidas, son inmensos los destrozos causados. Pero es inquietante lo que todavía nos reservan los últimos coletazos rabiosos por venir. Hay que disponerse con todo para la reconciliación nacional a través de las reparaciones necesarias, con aquellos de primera fila, de segunda, con los ubicados en galería, con los del centro, y también con los del coro, se trata de que no se sumen individuos a la fechoría colectiva. O bien de los que ya han cruzado la delgada línea roja que conduce a la infamia y degradación personal, retrocedan.
No merece encanallarse así por un poco de dinero, un poquito de poder y un demasiado resentimiento contra los temidos enemigos o quienes los odiadores profesionales han señalado como enemigos, esto es, los otros en el nombre del Otro, "los malos" en nombre de los "buenos" (Gregorio Peces).
El costo de no aplicar sistemáticamente y con criterios de universalidad la legislación vigente es que ésta pierda todo su poder regulatorio de las relaciones sociales, indudablemente es ésta la condición necesaria de un auténtico Estado de Derecho.