Ni duda cabe que la lucha contra la gordura es mucho más ardua que contra la corrupción. Esta sorpresiva aseveración está plenamente confirmada por quienes viven en la batalla. Todo engorda, nada enflaquece. La gente puede enloquecer con esta verdad. De nada sirven los trotes a campo traviesa, los triturantes ejercicios en los gimnasios o las torturantes dietas con sus lógicas demenciales. El resultado es siempre el mismo: se engorda cada día a pesar de todo.
La corrupción es otro cuento: no es, no puede ser una batalla perdida para la humanidad. Todo lo contrario: debemos ganarla.
¿Qué sucedió en nuestra sociedad para convertirnos a todos en sospechosos? Que la gente se enriqueció hasta el empacho en el ejercicio del poder. No sólo eso: se perpetuó en el poder para enriquecerse en su ejercicio. Doble maldad social, doble corrupción.: material y política. La corrupción, entonces, siempre avanza de arriba abajo en la pirámide social y normalmente está imbricada con la política y los políticos. Pero a través del tiempo, este mal gangrenó todo el cuerpo social. Es decir: no se quedó en sus orígenes, sino que desplegó sus redes hasta atrapar a cuanta nueva generación asomó en el horizonte. Hoy, la corrupción brinca a su libre albedrío como las ranas en los ríos y resulta difícil comentar que un día lejano comenzó su historia allá lejos, en los círculos del poder. Ahora salta a diestra y siniestra, y hasta nos sorprende habitándonos apenas bajamos la guardia personal.
Y es que la corrupción no es sólo visible y material. Es, también, invisible e inmaterial, como la espiritual, la sentimental y alguna intelectual. Gran parte de la corrupción nos atañe a todos. Por ejemplo: la del manejo de la cosa pública. Otra no tanto, como el desplazamiento de los intelectuales de izquierda a la derecha (durante el gonismo) o viceversa (en los tiempos actuales) en el viejo esquema de las ideas políticas. Y de alguna ni nos deberíamos preocupar porque sucede entre susurros húmedos y sábanas frías por cuestiones bien difíciles de explicar.
A nosotros debería interesarnos tan sólo la corrupción que se ve mucho y la que no se ve tanto. Jamás la que no se ve del todo, sino que se escucha como el fragor de una enagua. Y debería interesarnos para ejercer la más implacable censura social contra sus protagonistas, pues ya está de buen tamaño que todo lo esperemos del juez. ¿Y si el juez no sanciona? ¿Nosotros debemos esperar con los brazos cruzados? Porque la corrupción brinca de piedra en piedra, cierto, pero mucho más de escritorio en escritorio y entonces la sentencia no llega. Cuando la sentencia no llega, la espera es perfecta y frustrante: no existe reivindicación social, porque la justicia garantiza la pacífica convivencia, y la impunidad, en cambio, nos enfrenta a unos contra otros.
Hace muchos años, en la universidad, la muchachada despreciaba a un estudiante por ser hijo de un famoso narcotraficante. Al mismo tiempo, sin embargo, esa misma gente era feliz con él ayudándolo a gastar el dinero del padre en sendas jaranas.
Hace pocos años, cuando cayó en Cochabamba una banda de secuestradores de menores, una señora de sociedad echó el grito al cielo porque su niño no figuraba en la lista de los futuros a secuestrar. "¿Qué se creyeron?", chillaba. "¿Qué no tenemos dinero para pagar el secuestro?"
La lucha contra la corrupción requiere que todos, sin excepción, hagamos un alto en el camino y repensemos el asunto. No es labor exclusiva de jueces, policías o buenos periodistas. Es, a no dudar, tarea de todos, de cada instante del día, y es un problema de dignidad nacional. Eso de "dignidad nacional" no sé si duele mucho o poco. Tampoco sé si funciona. Después de nuestros abuelos del Chaco, cada vez se habla menos de la patria. Un amigo me decía que los bolivianos "pudientes" sufren más cediendo un metro de su jardín para la acera municipal que con la noticia de la pérdida del Litoral. ¿Será cierto? Es buena pregunta para absolverla en un almuerzo familiar de cara frontal a los niños.
Una guía eficaz en la lucha contra la corrupción son los principios y valores aprendidos en el hogar. Eso es mucho mejor que ceñirse ciegamente a las leyes, pues muchísimas veces se legisla a nombre de la sociedad para favorecer a una familia. Los principios y valores inculcados en las familias, en cambio, normalmente son universales. "Habla de tu comarca", dicen los escritores, "y serás universal". Las familias, por lo tanto, son el meollo del asunto. Porque debe ser triste, pero recontra triste, que los hijos descubran que su papá, o que su mamá, o que ambos, son corruptos. Pero más triste aún debe ser ocultárselos. Y mucho más triste debe ser justificarlo inclusive a pesar de la razón, de los valores familiares, de la amistad de los amigos y del espejo implacable de cuerpo entero en los roperos de los dormitorios.
Corromper quiere decir: alterar, descomponer, pudrir, dañar. Esta definición constatamos diariamente. Y la corrupción se la puede definir, sencillamente, como putrefacción. Algunas investigaciones nos dicen que ese es precisamente el estado de nuestro cuerpo social. Mi olfato, sin embargo, me dice que el tema es reversible. Huele muy mal, claro, pero todavía estamos a tiempo. El mejor indicador de aquello es el clamor de la gente pidiendo cambio, lo cual nunca significó marxismo leninismo, sino limpidez, transparencia, buena fe y esperanza. Significa, también, nuevos actores políticos. Esta renovación total de los actores políticos se constituye en nuestra expectativa central en la lucha contra la corrupción. Bolivia decidió jugarse íntegramente a esa apuesta y ahora vigila, con los ojos abiertos, el comportamiento de los electos.
Por último, ya todos sabemos que la vida es cotidianamente ordinaria. El día a día está lleno de moscas, perros vagabundos, charcos de agua pestilente, bajezas y mediocridades full colora granel. A veces en 24 pulgadas. La corrupción visible y casi, ordinariza aún más nuestros días. La vida, que para muchos filósofos no tiene sentido, pierde más aún su poesía. En cambio, la victoria contra la corrupción nos abre las puertas a una vida extraordinaria, repletas de ilusiones y sueños.
Es esencial la diferencia entre un cuerpo putrefacto y otro sano. Un cuerpo social sano vive su historia a plenitud y atrapa su futuro con entusiasmo. Uno enfermo, en cambio, hace hora para viajar de la morgue al cementerio.