Uno de los pasajes más famosos en los evangelios de Marcos y Mateo es el que expresa los conceptos de Jesús sobre el matrimonio. La versión que hoy se lee en la misa viene de Marcos 10:6-9, donde Jesús dice: "Desde el comienzo de la creación, Dios los hizo varón y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán como una sola carne. Así que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre" (10:6-9). Con esto se define la importancia del matrimonio para Jesús y sus discípulos; se establece la monogamia (un solo varón con una sola mujer) en la práctica cristiana, y se prohíbe el divorcio.
Jesús estaba con algunos fariseos que le preguntaron: "¿Puede el marido repudiar a la mujer?" Los fariseos eran judíos laicos que se caracterizaban por su conocimiento profundo y su cumplimiento estricto de la Ley de Moisés. Jesús responde con otra pregunta: "¿Qué les prescribió Moisés?", y ellos citan el permiso de divorcio: "Si un hombre toma una mujer y se casa con ella, y resulta que esta mujer no halla gracia a sus ojos porque descubre en ella algo que le desagrada, le escribirá un acta de divorcio, se la pondrá en la mano y la despedirá de su casa" (Deuteronomio 24:1). Jesús les responde con la enseñanza, arriba citada, del matrimonio en la creación de la humanidad (Génesis 1:27;2:24), al comienzo mismo de la Biblia Hebrea. Con esto demuestra que la Ley que define la alta dignidad del matrimonio viene de Dios, mientras que la excepción citada por los fariseos es una concesión posterior dada por Moisés.
La doctrina bíblica es clara: no hay divorcio para los judíos y tampoco para los cristianos. Cuando una pareja pide a un ministro que presida la ceremonia de matrimonio, especialmente si es un presbítero católico consciente de realizar un sacramento, la pareja debe ser informada claramente de que éste sella de por vida al varón y a la mujer. "Ya no son dos, sino una sola carne". La mutua entrega es hasta que la muerte los separe. Por eso es necesario que los novios se conozcan muy bien antes de casarse. Porque en el cristianismo, por lo menos en el catolicismo, no hay divorcio posterior. Los casos de "dispensa" otorgados por la iglesia católica no son divorcios sino declaraciones de que no hubo matrimonio, por claras razones, y por eso son muy excepcionales.
Pero hay que admitir que todo esto es bastante teórico. En primer lugar, no es conocido por los que deciden casarse, porque la juventud actual no está interesada en aprender la doctrina cristiana. Se ofrece un curso preparatorio en las parroquias, pero su éxito depende de la capacidad del instructor y el interés de cada asistente. En segundo lugar, el divorcio es muy común en la actualidad, no sólo para jóvenes que piensan haberse equivocado al casarse, sino también en edades posteriores, porque el matrimonio no fue bien pensado ni bien vivido. En tercer lugar, la sociedad actual a veces no da buen ejemplo a los jóvenes, mostrando parejas en las que la felicidad ha sido suplantada por la facilidad o la frivolidad.
¿Hay soluciones para estos problemas? Tal vez esto es válido: las familias o parejas que tienen hijos e hijas adolescentes o mayores que piensan casarse, deben conocer su responsabilidad de ayudarlos a prepararse para el matrimonio. Y en realidad sólo ellos, el padre y la madre, pueden hacerlo. Esto supone que su propia vida matrimonial dé buen ejemplo a los jóvenes, lo que muchas veces exige cambios en la convivencia diaria. Hay que reconocer que, pocas o muchas veces, las parejas maduras de hoy no son buenos modelos para los jóvenes. Pero esto puede cambiar si padres y madres se esfuerzan de verdad. Sus hijos e hijas son lo más valioso de sus vidas.}