Será por la famosa maldición del segundo término o por un acto sublime de justicia divina, la administración de George W. Bush está en profunda crisis y el Presidente ya no siente lo duro sino lo tupido.
La semana pasada, el fiscal especial Patrick J. Fitzgerald acusó a I. Lewis "scooter" Libby, cercano consejero del vicepresidente Dick Cheney, de perjurio, de haber hecho declaraciones falsas y de obstrucción a la justicia en el caso de las filtraciones a la prensa del nombre de una agente encubierta de la CIA, Valerie Plame, casada con el embajador Joseph C. Wilson quien contradijo las aseveraciones de la Casa Blanca respecto a la posibilidad de que Husein pudiera haber comprado uranio en Níger.
Libby es inocente hasta que se le encuentre culpable pero las acusaciones en su contra son tan serias que el coautor junto con Paul Wolfowitz del manifiesto de los Neocons que urgía a Estados Unidos a asumirse como un superpoder único con la misión de democratizar al mundo por la fuerza, ha tenido que renunciar a su puesto.
El fiscal ha anunciado que continúa investigando la autoría de la filtración y si ésta es un acto criminal. Los periodistas dicen que fue Karl Rove, el artífice de los triunfos políticos del Presidente, quien habló con ellos sobre el caso y la investigación del Gran Jurado también podría involucrar al vicepresidente Dick Cheney. Hoy sabemos que la CIA le informó al Presidente sobre la relación entre Plame y Wilson. El Vicepresidente podría ser llamado a testificar para que amplíe los detalles de una reunión en junio del 2003, en la oficina de Cheney en la que varios "oficiales" de la Casa Blanca discutieron cómo responder a los alegatos de Wilson en el sentido de que la administración mentía sobre la venta del uranio a Husein.
Pero las desventuras del presidente Bush no terminan ahí. La furia de los sectores republicanos más conservadores descarrilaron la candidatura de la abogada Harriett Myers a la Suprema Corte de Justicia que Bush quería; el líder de la mayoría en la Cámara de Representantes, el temido Tom Delay, (quien de joven trabajaba mezclando venenos para controlar plagas y en el
Congreso se distinguió por su autoritarismo) ha sido acusado de lavado de dinero corporativo a candidaturas republicanas legislativas en Texas; El líder de la mayoría en el Senado, Bill Frist también afronta interrogatorios en un posible caso de transacciones de acciones con información privilegiada.
Considerando la acumulación de problemas así como el progresivo empantanamiento de la guerra en Irak ya empiezan a surgir las voces que le sugieren al Presidente que haga una limpieza total en la Casa Blanca.
Yo no veo factible que Bush se deshaga voluntariamente del eje del mal formado por Rove, Cheney y el secretario de la defensa Donald Rumsfeld, los verdaderos gestores del sectarismo ideológico que inspiraron una política interna y exterior magistralmente encapsulada por el propio Presidente cuando en la víspera de la invasión a Irak dijo: "quien no está conmigo está contra mí".
Las revelaciones de antiguos colaboradores de Bush en diversas dependencias: el Departamento de Estado, Medicare, oficina del presupuesto nos muestran la poca tolerancia de la administración para aceptar opiniones adversas a los dogmas propuestos por los santones neoconservadores que detentan el verdadero poder en la Casa Blanca.
El autor es editorialista de Los Angeles Times