Si los candidatos consultaran a expertos serios en materia de táctica y estrategia electorales, estos les aconsejarían modalidades de acción contrapuestas a las que actualmente siguen en ambas líneas
Nos imaginamos a los candidatos presidenciales debatiendo con sus equipos de campaña la táctica a emplear en la recta final de las elecciones generales. Conste que este es un tramo donde todos quieren no solo pisarle el talón al adversario en la pugna por el voto ciudadano, sino dejarlo atrás en los resultados de las encuestas sobre preferencias político-electorales. Saben que estos datos, cuando las urnas se hallan virtualmente a la vuelta de la esquina, influyen poderosamente en los electores, sobre todo, en los indecisos.
Hasta no hace poco, moros y cristianos se igualaban en opciones de guerra sucia. Creían que saldrían gananciosos lapidando al rival con acusaciones de todo tipo.
Obviamente que se equivocaron de cabo a rabo. En una campaña electoral, el ataque al otro, con características de guerra sucia, equivale hoy a tiro que sale por la culata. No ayuda sino demerita a quien lo realiza. Tras el retorno a la democracia, en 1982, estos disparos sonaban a novedad a los oídos de un pueblo que durante las dictaduras militares no podía solazarse con "show" alguno en este tipo de polígonos o circos verbales. Ahora, la guerra sucia entre partidos políticos que se disputan el voto ciudadano alcanza en el pueblo grado extremo de saturación. Los miembros de los diferentes binomios presidenciales parecen ni sospechar siquiera que el elector no aplaude sino condena, con palabrotas de grueso calibre, subrayadas por gestos de disgusto total, semejante tiroteo de acusaciones.
La crisis que vive el país desde 1997 es de tipo estructural. Para salir de ella se requiere economía nacional en ascenso, con réditos seguros para una inversión pública que ayude a disminuir la pobreza y acabar con la exclusión social. Y ningún régimen logra esto si no tiene las plantas bien puestas en la gobernabilidad. Esta, a su vez, supone fortaleza política, algo inalcanzable, en los últimos 8 años, para todos los miembros del sistema político-partidario, tanto nuevos como viejos. Como por estas y otras causas no hubo resultados tangibles en las precedentes gestiones de gobierno, política y políticos, en Bolivia, igual que en muchos otros países en desarrollo, política y políticos terminaron totalmente desvalorizados. Lo peor que pueden hacer hoy, en consecuencia, es desprestigiarse aún mas actuando en el circo de la guerra sucia.
Si los candidatos consultaran a expertos serios en materia de táctica y estrategia electorales, estos les aconsejarían modalidades de acción contrapuestas a las que actualmente siguen en ambas líneas. Como el de ajustar discurso y actitudes, por ejemplo, a parámetros de total circunspección y completa seriedad. Hoy, después de tantas frustraciones porque desde el poder político no se haga lo que se promete , hastiada como está de las payasadas político-electoreras, la gente quiere equilibrio y eficiencia en cuantos aspiran al poder político. Desean que ellos apunten en forma certera y convincente a la luz al final del túnel. Quiere verlos cruzando sables que sean hechos de programas tan serios como posibles y no de adjetivos o acusaciones, en medio de despliegues gestuales propios de una riña de recoveras. Finalmente, aspira a que acrediten valentía elemental, asistiendo y no rehuyendo los debates, actitud evasiva que denota todo, menos seguridad en si mismo. Esa que solo existe en quienes tienen conciencia irme de la propia capacidad.
Los candidatos todavía están a tiempo para evitar que el tiro les salga por la culata.