Hace ya unos días que la XV edición de la Cumbre Iberoamericana ha tenido lugar en Salamanca. No quería referirme a ella sin que pasase ese tiempo, necesario para que la reflexión no esté contaminada por la inmediatez. Y después de hacer un seguimiento de las reacciones y análisis de los medios latinoamericanos y españoles sobre el sistema de Cumbres, he llegado a dos conclusiones: la primera es que hay la percepción de que no sirven para mucho; la segunda, que es imprescindible que existan. Parece la cuadratura del círculo, pero verán como no es así.
Entre Guadalajara, México (1991), y Salamanca (2005), han tenido lugar quince ediciones del sistema, que se han traducido en pocas propuestas, con proyectos que han despertado participación e interés escasos, que han estado mal e insuficientemente financiadas y que han sido peor conocidas. Las quince ediciones del sistema se han traducido también en floridas y prolijas declaraciones, más reflejo de la preocupación por no dejar fuera la preocupación puntual de nadie, que de asegurar visiones de grupo, es decir, pocas veces, funcional y operativamente, cerca del suelo, o de la sociedad civil si se quiere precisar así. Esas ediciones del sistema de Cumbres han tenido un intenso protagonismo español, percibido a medio camino entre motor (no se hubieran celebrado muchas de ellas sin la iniciativa y el apoyo españoles) y lastre del sistema (no pueden avanzar por ser visualizadas más como un interés de la política exterior española, que de las preocupaciones comunes del área). Y, en definitiva, el sistema ha camina o de la mano de una notable incapacidad para traducir a los ciudadanos lo que se está haciendo. Algún mandatario ha llegado incluso a referirse a las Cumbres como ocasión para el turismo presidencial.
A pesar de lo anterior, hay un amplio respaldo a la necesidad de que se celebren las Cumbres, hasta el punto de que la oportunidad de que los Jefes de Estado y de Gobierno del área se reuniesen una vez al año, justificaría "per se" la existencia del sistema. Pero es que, además, las Cumbres dan imagen de comunidad, no son excluyentes, permiten concitar el interés, no exento de controversia, de los medios durante unos días y ponen a disposición de los mandatarios el instrumento del encuentro inmediato y del debate en directo.
Soy de los que cree firmemente que si las Cumbres no existiesen, habría que inventarlas; del mismo modo creo que, con las experiencias atesoradas durante estos quince años, deberíamos repensarlas, para que se adecuen más a la agenda y preocupaciones del momento, respondiendo a planteamientos precisos que sean útiles para la mayoría, o cuando menos para los más agobiados. Cuando aún no se había desencadenado la actual crisis energética, un mandatario iberoamericano me decía que su preocupación era poder hablar con sus pares, sin hipotecas, acerca de los temas de hoy, y me dio dos ejemplos: cómo gobernar un país pobre con el barril de petróleo por encima de los 60 dólares y cómo ordenar el dinamismo étnico. La nueva Secretaría General Iberoamericana -constituida en Salamanca, pero pensada y diseñada en Santa Cruz de la Sierra en la XIII Cumbre- a cuya cabeza está el experimentado Enrique Iglesias, deberá ordenar el acervo, priorizarlo e impulsarlo, tendrá que hacer propuestas que ayuden a hacer sustantivas las decisiones de los Jefes de Estado y de Gobierno de los países miembros, y habrá de utilizar las herramientas de divulgación adecuadas, de forma y manera que los productos de las Cumbres puedan ser conocidos y apropiados por los ciudadanos.
Generemos estrategias comunes y abramos el debate sobre las tácticas; he ahí la labor que tiene por delante el sistema para fortalecerse y para ocupar el espacio que le corresponde en el contexto iberoamericano.