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Cochabamba - Bolivia Miércoles, 8 de noviembre de 2006

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Las prendas íntimas

Por:GONZALO LEMA

El celular es una prenda íntima. Su uso es comparable, en el buen sentido, claro, a la ropa interior. Es casi imposible compartirlo con la gente, ni siquiera es bueno prestarlo para un uso casual. Cada uno, por razones de higiene, decoro y respeto, debe tener su propio teléfono celular. Se lo debe llevar en el bolsillo delantero o en la cartera. Los más antigüitos de todos nosotros, lo llevan en el cinturón, como también llevan el llavero, y van por la calle sonando a fierros. El pudor indica que, si alguien se topa con un celular suelto sobre una mesa, un escritorio o una cartera abierta, no debe manipularlo, ni revisarlo, y menos leer su pantalla aunque esté timbrando a rabiar. Hacerlo es, sencillamente, morboso, como morboso es hurguetear en los cajones ajenos y oler la ropa blanca.

Quien inventó el celular, pensó, ante todo, en el individuo. Su idea central fue, ni duda cabe, mantener a la persona, de manera permanente, en el ajetreado contexto social. La gran ventaja que el celular nos proporciona, es, entonces, la comunicación permanente. Esa, al mismo tiempo, pasa a ser su desgracia mayor y el motivo por el cual mucha gente se le niega. Parece un chip bajo la piel, especial para el rastreo de las parejas inseguras y ociosas que, para mal de males, son las más. Pero este sólido argumento, en apariencia irrebatible, no es más que un pretexto para el ahorro. Pues, si se deseara esquivar la marcación estricta, bastaría apagarlo, no contestar, dejarlo olvidado en el cajón, y que siga la fiesta. Por ello, razones hay para presumir que, en realidad, quienes no lo tienen, temen el gasto que su uso indefectiblemente acarrea. Es una tacañería de reciente aparición.

El celular no sirve para largas conversas. Primero, porque, ya se sabe hasta el dolor, es muy caro. Segundo, porque quema como un carbón en la mano. Tercero, porque, en vez de parlotear, se puede mandar mensajes y, de paso, inventar un lenguaje, como Horacio y La Maga, que termine con la resistencia del interlocutor. El celular es el antiguo telégrafo, si se quiere entenderlo así. O, más aún, es la tierna fogata de las señales de humo. Todo eso es, ya lo sabemos, además de teléfono en su sentido esencial. Quienes lo portan, son post modernos ipso facto, sin que haga falta nada más. No está mal, ¿verdad?

La laptop es una prenda íntima. La gente en general, salvo los poetas, por supuesto, se siente mejor interpretada por estas máquinas que por sus propias parejas. Adiós a la profunda ineficiencia ortográfica, por ejemplo, o sintáctica. Adiós a la flojera del cálculo matemático. La laptop lo soluciona todo, porque es, en definitiva, nuestra inteligencia en marcha. ¿Qué sería de las vidas contemporáneas sin ella bajo el brazo? Sería la orfandad de padre y madre, el analfabetismo más oscuro y ciego, la ajenidad y el aislamiento más duros de imaginar. Nuestro ser profundo se concluye en una laptop de ultimísima generación. En ella nos redondeamos, nos sentimos acabados en el sentido de perfeccionados al colmo. La laptop nos complementa como antes nos complementaba el amor.

La laptop y la Internet, porque ambas nos llevan de la mano por los senderos más individualistas y bifurcados que la post modernidad imaginó. Nos pasamos horas confesando nuestras miserias a su pantalla, y luego clic, a volar hacia otros mares, hacia otras islas tan solitarias como nosotros, en una suerte de socorros mutuos, de gran cruz roja internacional, y por un instante nos sentimos oídos, y pensamos que alguien nos entiende sin poner reparos, como si nos amara a pesar de nuestras sombras, y así conciliamos el sueño a las tres de la madrugada, sin advertir que esa práctica sólo cura el mal que ella misma produce.

No se puede prestar la laptop ni el correo electrónico. Hacerlo sería una impudicia sin igual. Tampoco se debe hurguetear una laptop ajena, ni meter la nariz al correo de nadie. Es bueno entender que la intimidad existe por algo, como la privacidad, y que no se gana, tanto como se cree, con los seres humanos completamente abiertos de par en par, transparentes como el vidrio, desprovistos de poético misterio, de secretos enriquecedores, y de un invalorable silencio. No deberíamos afanarnos por saber todo del otro, al menos todo el tiempo. Por eso, se debe entender el valor de una prenda íntima y regalarla a la pareja cuando nos salga del corazón.

Dios es una prenda íntima. Dios y la oración que nos deja chalingas. En la lejana antigüedad, esta idea de un Dios íntimo era la más racional de todas. Por entonces, el cielo estaba poblado de dioses y uno escogía al más próximo a su ser esencial. Era lo lógico, hasta que alguno logró la famosa hegemonía y la colectivización de su culto. Un mismo Dios para todos. Pero Dios es una prenda íntima y no se lo puede compartir. Existe uno por cabeza pensante. Lo mismo pasa con la oración, pues yo conozco gente que no sabe la letra ni del Padre Nuestro, y, no obstante, se dirige a su Dios cada día, con palabras propias, con razonamientos suyos, y le va de lo más bien porque profesa el bien.

Alguna gente sabe que existe el registro de cientos de dioses. Yo, si vale la pena, apuesto que son millones. Se puede compartir entre feligreses algunas de las características de nuestras divinidades, pero no todas. Aclaro esto, porque soy de la idea de que el Dios que adoramos fue concebido por cada uno de nosotros. Pienso lo mismo de la oración, que es como hacer poesía, como un streap tease del alma, y que sólo funciona cuando dejamos de repetirla como borregos y nos animamos a pensar en voz alta a nuestra manera.

La guitarra es una prenda íntima.

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