Era la manera de manifestar nuestra preocupación en aquellos años escolares, cuando nuestras expresiones coloquiales encerraban algo de nuestras corrientes autóctonas y queríamos decir: ¿y ahora qué?... Es lo que nos preguntamos ante el inesperado éxito del gobierno con las empresas inversoras en nuestro país. Cualquier gobierno y en cualquier parte del mundo, escoge para la conducción del país, sino los mejores por lo menos los más aptos para ocupar los cargos directivos de la administración nacional. Si bien se agotaron los líderes y los caudillos de los partidos, no ocurrió igual con los ciudadanos formados profesionalmente. Nuestro bien fundado temor surge al preguntarnos quiénes se encargarán de manejar esos mayores ingresos por venta de gas que ingresarán a nuestro erario.
Nuestra historia está plena de relatos deprimentes sobre la actuación deficiente de nuestros "negociadores". En todo tratado internacional o litigio nuestros representantes siempre han salido con el dossier pleno de desventajas bajo el brazo. Necesitamos sentir algo de optimismo en medio de la congoja en que vivimos y para ello, primero habrá que esperar el estudio pormenorizado de la totalidad de los contratos, la detenida lectura de la "letra menuda" inventada para la matufia por los sabuesos de las transacciones. Gobernar es una suma de deberes que no se puede soslayar en ninguno de los puntos esenciales contemplados en nuestra Constitución. Hacer que todos participen de la riqueza del Estado y fomentar el desarrollo de la economía, son ineludibles; y eso se consigue acudiendo a la selección y designación de los operadores. Esa conducta de eliminar a los buenos por falta de obsecuencia y dejar a los "conocidos" de los que mandan, resulta verdaderamente un movimiento al suicidio.
El pueblo no está llamado a obedecer las leyes si éstas no nacen de la legitimidad. La ley que no es igual para todos deja de ser ley. Esa "olla de
grillos", denominada Constituyente es un anzuelo arrojado en un proceloso mar y tardaremos mucho en saber si lo que atrape será un pequeño pez, una víbora o una vieja prenda desechada. Una vuelta a la sensatez nos induciría a reducirla a la mitad prescindiendo de lo que legítimamente resulta un estorbo. En muy pasada nota de prensa hice referencia a lo ocurrido en Venezuela y que nos indujo a caer en esta contingencia; sin embargo, hay que señalar que en aquel país, en medio de los cambios, más de postura que de estructura, se han respetado los valores legítimos de la nacionalidad. Pretender suplantar una cultura bicentenaria con una suerte de sofismas incubados en las breñas de nuestro altiplano, es como pretender que nuestras gallinas pongan huevos de avestruz. Por lo tanto es vital volver a la sensatez. Es imperioso apelar a la reflexión. Un país catalogado entre los más pobres del orbe, con un bajísimo crecimiento demográfico y con un preocupante éxodo de sus habitantes útiles, se asemeja a un enfermo grave que requiere de una pronta medicación. Si el tutor del hogar no posee la capacidad necesaria para buscar la solución necesaria, el final está a vuelta de esquina.