Parece ilógico: en el exterior exigen la extradición de Sánchez de Lozada más que en Bolivia. Aquí creemos que es imposible, que no hay intención seria de lograrla o que un juicio sería extemporáneo e inútil porque ¿hay mejor castigo que perder los halagos del poder y la propia estima? Si bien el tiempo sepulta piadosamente a los culpables de grandes dramas y tragedias, los ecos del pasado resuenan sin remedio pinchando la adormilada conciencia de los pueblos y recordándoles la obligación de quitarle la mugre a su historia.
Pero es peligroso hurgar historias dolorosas cuyas víctimas podrían resultar culpables al girar la rueda de la fortuna. La verdad cambia de cara al correr el tiempo, y en este mundo retorcido llamamos justicia al despotismo de los vencedores. Hoy vemos a Goni en su ruin condición humana porque ha fracasado; pero; ¿qué tal si aún tuviera al toro por las astas? ¿O si, llevado a juicio, se le ocurriera contar la verdadera historia de sus "capitalizaciones? Toda la "clase política boliviana mojaría sus pantalones de miedo.
El error está en achacar sólo a un personaje las culpas de un sistema, que son colectivas: extraditado Klaus Barbie de Bolivia y anunciado su juicio, altos círculos políticos y económicos europeos se estremecieron porque ¿qué revelaciones podría hacer el criminal de guerra para defenderse? Barbie falleció en prisión, llevándose a la tumba sus secretos vaya el diablo a saber por qué; pero su abogado puso el dedo en la llaga al afirmar que el juicio contra su defendido no tendría sustento si antes no se juzgaba los crímenes contra la humanidad cometidos por los franceses en Argelia. Había una realidad que Francia quería olvidar: su elite política estaba formada no sólo por masacradores de argelinos, sino por soplones, delatores y colaboradores de los invasores nazis durante la guerra. Por eso mismo, un tribunal italiano fue más cauto: declaró prescrito el delito y absolvió a Erich Priebke, otro ex oficial nazi extraditado de la Argentina, acusado por la muerte de más de 300 personas como represalia contra la guerrilla. Por supuesto, ni Barbie ni Priebke habrían sido juzgados, y habrían sido más bien héroes si Alemania ganaba la guerra.
Tan sucia es nuestra historia que es imposible lavarle la cara acogotando a un solo individuo. En un clima malsano, las ovejas pueden convertirse en lobos y no se puede llevar a juicio y condenar a masas integras enceguecidas por la pasión, por el odio y por el miedo. Para el hombre común -soldado, policía o funcionario- no es fácil discutir o resistir órdenes superiores, que en muchos casos despiertan latentes vocaciones criminales. ¿A cuántos políticos, militares, policías y funcionarios tendríamos que juzgar y castigar por crímenes cometidos durante las dictaduras en Bolivia? No habría suficientes cárceles y los partidos políticos se quedarían sin militantes.
Pero se puede y se debe juzgar y castigar a los mandamases que delinquieron arrogándose el papel de redentores, libertadores, revolucionarios o salvadores de la patria. Jurídicamente, la impunidad atenta contra el principio universal de la igualdad de todos ante la ley, y es una negación de los valores en que se funda un Estado de Derecho. Por dignidad, los pueblos deben lavar la cara de su historia, y sólo hay una manera de determinar la pureza de una democracia: por su capacidad de garantizar la vigencia de los derechos humanos y de sancionar a quienes los violen.
Si quienes violaron derechos humanos y depredaron el país siguen impunes, no vivimos en una democracia.