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La emigración: ¿sangría o transfusión?
| | Por: WINSTON ESTREMADOIRO
| | Imagino que quizá la desbandada de compatriotas hacia naciones que les devuelven dignidad mediante un empleo, en un futuro no muy lejano engendrará algún género musical nostálgico, entroncado a quejumbroso yaraví andino de lamentos bolivianos
Hoy me escurro por vericuetos emigrantes, cuando debiera estar en la huelga de hambre por los 2/3 de mayoría en la Asamblea Constituyente, con la que se concertaría un nuevo acuerdo nacional, si se acatara la Carta Magna todavía vigente y la Ley de Convocatoria. Exhorto a no aflojar y a plegarse a los que ya ayunan, hoy que la democracia representativa naufraga en la riada totalitaria de la variante boliviana del narcisismo leninista venezolano. Porque si el ayuno voluntario fue efectivo en disuadir al autócrata derechista de los 70, ahora es quizá la última trinchera antes de la dictadura etnopopulista de 200 años, como alardeara un Román Loayza curado por galenos cruceños, no chamanes ni yatiris "originarios", de ese trauma cerebral que casi le mata pero parece no haberle mellado la soberbia.
Abordo el drama de la emigración escuchando el "pensando hacer fortuna/ como emigrante se fue a otras tierras/ y entre las mozas una/ quedó llorando por su querer" de esa hermosa canción que es Maitechu mía, que conmueve en las voces de Mocedades y Plácido Domingo. En tono risueño, da para pensar en quién será el último que apague la luz en este vaciamiento del país. Porque son más de tres millones de compatriotas los que partieron a Argentina, Estados Unidos, España y Brasil a dar lo mejor de sí, en juventud y esfuerzo: una tercera parte de su población, que buena falta le hace a Bolivia.
Se calculan ya unos 140.000 bolivianos solo en España: un tercio es legal y el 70% mujeres. La emigración adquiere ribetes de estampida, ahora que Europa cierra la puerta requiriendo visas a partir de abril de 2007; que Estados Unidos construye en su frontera sur una ilusa versión de muro de Berlín a la inversa: la Gran Muralla de Bush.
Bolivia no es el único país que sangra gente como materia prima de buenos ciudadanos para otras patrias. Pero la sangría se vuelve transfusión cuando se acredita que a nivel de la región, en el año 2004 los emigrantes latinoamericanos y caribeños enviaron más de 50 mil millones de dólares a sus países. Según el BID, 38% de adultos dominicanos reciben remesas de dinero. Siguen los salvadoreños con 28%, 24% en Guatemala, 18% en México, 16% en Honduras y Colombia, 14% en Ecuador, 11% en Bolivia, 10% en Perú y 2% en Brasil. En números redondos, alrededor de 30 mil millones de dólares se originaron en Estados Unidos, unos 5 mil millones en Japón y otros 10 mil millones de dólares en Europa, sobre todo en España, Italia y Portugal. Son montos superiores a la suma de la inversión extranjera directa y la cooperación externa en muchos de esos países.
En nuestro país, las remesas de emigrantes se estiman en $1.200 millones anuales. ¿Qué diferencia a Bolivia de hermanos latinoamericanos que sangran gente y reciben transfusión de dinero? Pues que es el país más vacío, el más despoblado. Para muestra, compárense los 8,76 habitantes por Km2 de Bolivia con los 38,3 hab./Km2 de una Colombia similar en territorio; los 49,3 ecuatorianos por Km2 en un país del tamaño del Beni; 189,6 dominicanos se apeñuscan en cada Km2 de apenas 48.430 Km2: 3.094 Km2 menor al tamaño de Chuquisaca. A la vergüenza de ser un país de potencial portentoso, pero mal gobernado y pésimamente administrado, se suma el que exportamos capital humano que necesitamos, porque bien se sabe que gobernar es poblar.
Hoy algunos países facilitan pasajes de retorno y dinero para gastos de viaje, exigiendo a cambio a los beneficiados que firmen un compromiso de no volver a Europa en una década y renunciar voluntariamente a tramitar su residencia. Conculcan derechos humanos en su afán de frenar la migración. Tonto y prejuicioso proceder, porque como apuesto a que sucede en todo país receptor, hace poco en España se daba cuenta de la contribución de los migrantes a la corriente sanguínea de su pujante economía. Aportan un 18% al PIB español, mientras que acogerles representa un gasto menor. Bastante debe al trabajo de migrantes ese 3,8% de la tasa proyectada de crecimiento económico español de 2006. Notan los expertos que el superávit de ingreso por cotizaciones en relación a los egresos por prestaciones, se mantendrá en la seguridad social española hasta cerca del año 2020, cuando una gran masa de migrantes se acogería a beneficios de la seguridad social española.
Pero como muchas cosas en la vida, hay una de cal y otra de arena. La de cal es que Bolivia, país que hasta hoy no se solventa a sí mismo, deberá cubrir los gastos para que los emigrantes gocen, una vez que retornen a la patria, de beneficios sociales (pensiones de jubilado) generados con su trabajo en los países receptores. Así lo insta el reciente Acuerdo de Montevideo de mandatarios iberoamericanos, en su punto 25, inciso k. La emigración resulta entonces como un préstamo con pago diferido, para socapar dispendios de los incapaces que nos gobiernan. El interés mensual es el trabajo productivo de los emigrantes en patrias ajenas; la amortización de la deuda se hará cuando retornen, viejos y cansados, a recibir jubilación del país que otrora les negara la dignidad de un empleo.
Podría decirse que la añoranza es terreno fértil para la creatividad musical en todo pueblo que sufre una diáspora. La de arena pudiera darse porque la saudade de la patria lejana engendró el gusto por tristones fados en los portugueses, empeñados en pasadas eras en sortear mares y descubrir imperios. Que en su vástago brasileño se injertó en melancólica bossa nova; en Estados Unidos, los negros desenraizados de África por la esclavitud dieron origen al blues. Imagino que quizá la desbandada de compatriotas hacia naciones que les devuelven dignidad mediante un empleo, en un futuro no muy lejano engendrará algún género musical nostálgico, entroncado a quejumbroso yaraví andino de lamentos bolivianos.
winston@supernet.com.bo
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