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| PIPOCAS |
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GRADO 0
| Álbum familiar
| | Por: CECILIA LANZA LOBO
| | Era una plazuelita sin salida. No sé cuál es su nombre pero todos la llamaban la Plaza Ciega, al lado del barrio militar, aquí en Cochabamba. Por ese entonces, seguramente mediados de los años 70, no había los árboles que hay hoy. Era un óvalo de tierra rodeado por las casas de los vecinos cuyos hijos éramos amigos íntimos, enemigos íntimos y parientes de cariño hasta hoy. Tendríamos 5, 6, 7 y hasta 10 años mi hermano mayor que iba hasta el ingreso de la plazuela con la firme intención de cobrar entrada porque ese día, como tantos otros, todos miraban al cielo.
Era mi padre paracaidista que cada cierto tiempo se entrenaba con la tropa del CITE en la pista de Santa Lucía allí por Cliza, y que al final de la jornada se hacía dejar en su casa. Así que llegaba a la plaza en paracaídas. Y a nosotros se nos salía el corazón de alegría alardeando tamaña cosa. Porque supongo que mi padre era teniente o capitán y andaba en un Opel 65 comprado en un remate a precio y con pinta de gallina muerta. Recuerdo que su primer auto de tienda y cero kilómetros se lo compró hace poco con su jubilación. Por tanto, comprenderán la alegría de ver llegar a mi padre a la casa, en ningún automóvil de lujo, sino desde el cielo y en paracaídas carajo.
En esa casa, años después, vivimos los embates del garcíamecismo. No lo recuerdo porque dormía, pero cuenta mi hermano que mamá lo despertó a medianoche para que se pusiera en apronte con el revólver cuando sentía que los tiras de la dictadura atisbaban. Valiente mi hermano, porque tendría nueve años, pero era el único que sabía disparar. Mi padre estaba clandestino, perseguido por sus camaradas.
El caso es que el Colt calibre 38 es hoy una Sony HDV. Porque aquella sensibilidad parió cine y mi hermano Roberto tiene hoy La Fábrica, esa Escuela de Cine maravillosa, hecha a mano por sus sueños de volar desde changuito cuando miraba cien veces Birdy (1984), de Alan Parker con Nicholas Cage. Desde entonces construye alas todos los días porque trasciende el cine del señor director como proyecto personal para dar a quienes quieren hacer cine las herramientas que les permitan volar, y a nosotros la posibilidad de tener un cine nacional.
Han pasado tantos años desde ese hermoso paracaídas redondo, aterrizando enorme en la plazuela y los niños alborotados. Luego los cuatro hijos salimos paracaidistas, ninguno con semejante entusiasmo, y por fortuna todos cruzamos a la vereda de enfrente del mundo uniformado. Incluso él, mi padre, que siempre fue un artista y hoy tiene un taller donde se encierra horas, en una versión muy familiar del coronel Aureliano Buendía, a fabricar quién sabe qué.
Hoy la Plaza Ciega está verde. Cada vecino plantó entonces un árbol frente a su casa, así que hay árboles de toda clase y no una piscina como yo soñaba a los ocho años. Allí aún vive el tío Lalo que en 1967 aprehendió al Che en Ñancahuazú y hace poco escribió un libro que me conflictúa el alma. A su lado vive su hermano Arturo, piloto, que por esos tiempos se encontró con un OVNI en pleno vuelo en un avión del Lloyd. Se jubiló y su hijo Arturo es piloto como él.
Mi casa ya no existe. En su lugar hay otra de dos pisos que mira a la avenida que llega hasta el cine Center, donde hoy mis hijos adolescentes pasan las horas con sus amigos y atraviesan esa puerta que recibe al visitante con un gigante envase de pop corn. Al frente la cartelera, invariablemente hollywoodense, invita a salir corriendo. Por fortuna los míos prefieren a la Llamita blanca porque es la película de su tío, porque se mueren de la risa y porque sí. Luego Andrés, que tiene 16 años y escribe novelas, me dice "¿Puedo saltar en paracaídas?" Y yo que me muero, y lo miro, y me quedo pensando, sin respuesta, hasta hoy.
La autora es comunicadora
cingalesa@hotmail.com
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