No caben los supuestos "fines políticos" o la "mano negra" para desestabilizar al actual régimen o dividir a los bolivianos, como se quiere hacer creer.
Mineros cooperativistas y asalariados; choferes sindicalizados; maestros del sistema educativo fiscal; Central Obrera Boliviana; cocaleros de los yungas de Vandiola y hasta "regantes" de las faldas cordilleranas de Cochabamba han sembrado un clima tal de alteración en el país que es motivo de profunda preocupación de propios y ajenos, entre estos Su Santidad en Papa Benedicto XVI, mientras que por contrapartida no se observa otra cosa que desgobierno y, lo que es peor, ingobernabilidad, cuando no inviabilidad de la República.
Más todavía, la atención nacional está centrada en la Asamblea Constituyente, enfrascada ahora en el debate sobre el número y composición de sus comisiones, después de haberse declarado --a contramano de la Constitución vigente y la ley de convocatoria-- originaria, omnímoda y refundacional, según el dictado de la fuerza política en ejercicio del poder, en perjuicio de la consideración de asuntos más importantes que como los relativos a la economía y la lucha contra la pobreza, permanecen en el limbo, poniendo en seria duda la suerte de la aspaventosa nacionalización de los hidrocarburos y el Plan de Desarrollo, carente de financiamiento para arrancar. Esto en lo interno; que, de cara a la comunidad internacional, la imagen que se proyecta es la de una inaudita sujeción al gobierno de Venezuela, causante de inquietud y urticaria en el continente.
En semejante escenario, donde no caben los supuestos "fines políticos" o la "mano negra" para desestabilizar al actual régimen o dividir a los bolivianos, como se quiere hacer creer desde las esferas oficiales, llama la atención la pasividad de los gobernantes y, en particular, la del presidente Evo Morales, quien cual si nada pasara, dedica la mayor parte de su tiempo a asistir a concentraciones en las que repite el mismo discurso y recibe el tributo de sus parciales, dispuestos inclusive a pagar impuestos a cambio de cultivar la hoja de coca, si bien a estas alturas y tan sólo ocho meses de detentación del mando, parecen ser más los entregados a la tarea de protestar contra él y cobrarle facturas por transacciones políticas eleccionarias.
Es en este plano donde radica el origen del desbarajuste, que se manifiesta en la intención de unos mineros de apropiarse de una rica reserva de estaño; en el prurito de imponerse por encima de autoridades y usuarios de los transportistas malacostumbrados a blandir toda clase de pretextos; en la propensión magisteril de acoplarse a cualquier movilización, o en la firme decisión de ciertos cocaleros de no perder prerrogativas a manos de otros de su mismo oficio.
A grandes males, grandes remedios, dice el adagio; y si de estos últimos se trata, pues a gobernar de una buena vez, con la ley en la mano y para todos, habría que complementar.