Es ponderable el cambio de actitud de Román Loayza, el aguerrido asambleísta víctima de un accidente fortuito que estuvo a punto de cegarle la vida.
Su reconciliación con Dios y sus semejantes no sólo fue notaria al regresar de los umbrales de la muerte y acudir nuevamente a la sede de la Constituyente, sino que causó efecto multiplicador en el conjunto de los participantes del evento, al punto de precipitarlos a los emotivos abrazos.
De ahí, sin embargo, a que predominen en ese escenario la concordia, la libertad de criterio y una vocación de servicio que atienda únicamente el interés general, está todavía por verse.
Una entrevista televisiva al personaje tuvo la virtud de patentizar su renovado discurso y los objetivos que plantea para lo que ha venido en llamarse refundación del Estado, harto diferentes tanto de los que enarbolaba antes de accidentarse, cuanto de los que alienta el partido en el que milita.
Si empero de algo pecó, fue de iluso cuando sostuvo que una nueva carta fundamental traerá aparejado el despegue económico del país vía industrialización de lo que produce, cual si tal cosa fuese cuestión de días o de arte de birlibirloque.
Más allá del lapsus, queda por delante lo que pueda hacer para la redacción de una Constitución que no excluya a nadie y se ajuste a la realidad y aspiraciones de la nación en su diversidad.