El próximo diciembre se cumplirán diez años de la firma, en el Palacio Nacional de Guatemala, de la Paz Firme y Duradera, que puso fin a 36 años de enfrentamiento interno. Con la presencia de, entre otras personalidades, José María Aznar (España), Ernesto Zedillo (México), Armando Calderón (El Salvador), Roberto Reina (Honduras), Violeta Chamorro (Nicaragua), José María Figueres (Costa Rica), Pérez Balladares (Panamá), Ernesto Samper (Colombia), Göran Persson (Suecia), y Boutros Galhi (Naciones Unidas), Alvaro Arzú, Presidente de la República, y los comandantes de la URNG, Rolando Morán (EGP), Jorge Soto (FAR), Carlos González (PGT) y Jorge Rosal (ORPA), firmaban el texto que enterraba el hacha de la guerra, de los desencuentros y resquemores, del odio y la distancia, de la incomprensión y la intemperancia.
La paz se articulaba así en una serie de acuerdos, entre los que destacaban el firmado para el "Reasentamiento de las poblaciones desarraigadas por el enfrentamiento armado", el que establecía la "Creación de la Comisión para el esclarecimiento histórico", el del "Fortalecimiento del poder civil y función del Ejército en una sociedad democrática", el de las "Reformas constitucionales y régimen electoral", el "Acuerdo de bases para la incorporación de la URNG a la legalidad" -firmado, por cierto, en Madrid, en el Ministerio de Asuntos Exteriores, en 1996- y, además, un "Acuerdo cronograma para el cumplimiento y verificación de los acuerdos de paz".
Se trató de un proceso bien ordenado, articulado, y dotado de estructura, perfiles tácticos, y estrategia, en el que participó una parte notable de la población guatemalteca, con la implicación directa y decisiva de actores internacionales, entre los que jugaron un papel relevante Naciones Unidas, México, Noruega y España.
Nada de ello hubiera sido posible sin tener en cuenta el fin de la guerra fría, el hastío generacional, el apoyo europeo y de Naciones Unidas para encontrar soluciones regionales a problemas regionales, un proceso negociador rayano en lo modélico y, sobre todo y especialmente, el talante, fortaleza, liderazgo y sentido práctico del entonces Presidente, y hoy, de nuevo, Alcalde de Guatemala, Alvaro Arzú quien aquel día se asomaba al balcón del Palacio para decir: "La paz ha sido firmada. Este esfuerzo debe llamarnos a la reflexión, porque no es el fin, sino el principio de una nueva era", principio en el que Arzú, en exégesis de "Chile 2010, una utopía posible", y como si hubiera recorrido el país en una máquina del tiempo, hubiese llegado a la conclusión de que el futuro se hace, no llega, sustituyendo fatalismo por creatividad, pasividad por acción y duda expectante por propuestas.
Los planteamientos de entonces han servido para tener claros los referentes de futuro, los requerimientos de la convivencia, la construcción de patria como tarea solidaria, la inclusión social y étnica, y las bases del desarrollo, aunque ni los dirigentes que vinieron a continuación, ni sus equipos, fueron capaces de entusiasmar a los guatemaltecos en la construcción de ese proyecto. Ni las agendas de lo importante fueron suficientes para resistir la presión de las urgencias.
Claro que se han producido resultados, y el principal de ellos fue el fin del enfrentamiento, pasando de la guerra a la paz. Es cierto que el autoritarismo dejó su lugar a la democracia participativa, y que la economía centralizada en el Estado ha sido sustituida por el mercado y la globalización del entorno, pero no sé si se siguen visualizando de modo nítido los perfiles de una agenda pública producto de un acuerdo nacional.
Con ese motivo, y desde estas páginas, el reconocimiento y el afecto para Alvaro Arzú, y el compromiso decidido y militante con Guatemala.