Después de desayunar dos elecciones ciertamente polarizadas no podíamos esperar almorzar una serena y bien cocinada Asamblea Constituyente. Hasta en los momentos más emotivos del inicio de este acontecimiento todos sabíamos que estábamos viviendo el preludio de amargos enfrentamientos. Lo que no todos sabían es que estos enfrentamientos iban a ir más allá de la discusión en la capital blanca.
Como viene anunciándose en los últimos años, la emergencia de movimientos de diferente contextura y color, enmarcada en la organización de sectores históricamente marginados, planteó al país un radical giro en la historia. La presencia de un indígena es seguramente el símbolo más significativo de este proceso. Sin embargo, pese a la enorme e inédita votación lograda por el MAS no se vive una etapa de reconstrucción pacífica y mucho menos tolerante. Bolivia sigue jaloneada por visiones opuestas de país. Es cierto que la mayoría absoluta del MAS no tiene por qué ser un florero en los actuales procesos de cambio, como también es cierto que las minorías son sectores de la población que merecen existencia política, que veinte no es igual que cero, que dos no es igual que cero y que es legítima la demanda de ser escuchados y tomados en cuenta. Ni negarle el peso a una firme mayoría, ni negarle la silla a las diferentes minorías.
Sobre lo anterior, lo que no deja de llamar la atención es que pese a un escenario relativamente variado en términos de representación política, el western político muestra casi siempre dos polos según los lentes con los que se mira: ¿MAS contra Podemos?, ¿políticos tradicionales contra nuevos actores políticos? ¿ricos contra pobres?, ¿militantes de izquierda contra militantes de derecha?, ¿collas contra cambas?, ¿empresariado contra obreros y campesinos?, ¿departamentos en crecimiento económico contra departamentos económicamente relegados?, ¿indígenas contra dizque blancos?, ¿comiteístas contra movimientos sociales? Cualquiera de estas oposiciones sólo explica parcialmente el ch"enko total que se percibe hoy en día. Todas entran en juego y nada se ve totalmente claro a la hora de hacer un diagnóstico de la historia última.
Algunas instituciones bien intencionadas y con medios para comprar espacios televisivos nos recuerdan que es sano intercambiar perspectivas diferentes para lograr acuerdos democráticos. Pero la realidad siempre superará la consigna. Hacer democracia en la diversidad boliviana no es una taza de leche con crema. Las viejas desigualdades han deformado los huesos de la sociedad que hoy pide capacidad de escuchar y ser escuchada, incluir y ser incluida. No pide bombas en Televisión Boliviana, no pide agresión a médicos cubanos, no pide culpar a la oposición del lamentable accidente de Román Loayza, no pide imponer ideas a palazos y bajo la montonera, sea de campesinos o de "jóvenes cruceñistas". Tampoco merece indiferencia de parte de la ciudadanía, tampoco merece visiones mediáticas sesgadas bañadas en antojadizos titulares. Después de una historia colonial y republicana tan obscura, no merecemos más absurdos, no merecemos más sangre. Sin embargo, pedir a los que tienen voz discutir con base en ideas, parece pedir lo imposible. Pero seamos realistas y pidamos nuevamente lo imposible.
La autora es comunicadora
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