Un libro recomendable es la biografía del economista John Maynard Keynes que escribiera Gore Vidal. Entre los análisis someros pero buenos que hace Vidal, está la diferencia entre la economía doméstica en el siglo XIX y en el XX. Por ejemplo, si en el XIX uno compraba una cucharita, sabía que años después costaría lo mismo o incluso menos, pero no más. La moneda era estable, dentro de lo que permitía la depreciación del oro por causa de su creciente producción, pero hasta esto se disimulaba por el abaratamiento paulatino de los insumos. A medida que transcurrió ese siglo las máquinas proveyeron a las clases populares con telas baratas de algodón, así que las sábanas se popularizaron. Llegó carne argentina y uruguaya a Inglaterra y a Francia, y poco a poco los obreros comenzaron a comer mejor. Porque con granos se sobrevive, mientras que con proteínas se prospera en vigor físico y hasta con la energía necesaria para estudiar. Los vegetales tienen proteínas, pero el sistema digestivo humano no es de herbívoro, ni rumía como el de la vaca, así que no logramos extraer las proteínas de los vegetales. Hay excepciones, como el poroto por ejemplo. De modo que contra los sofismas de Marx, paulatinamente las poblaciones industriales pasaron a comer mejor. Pero seguiré con el siglo XIX. Entonces la gente que podía ahorrar ponía sus libras esterlinas en el Banco de Inglaterra y recibía intereses. Ahora uno pone el dinero en un banco y la devaluación monetaria se lo va comiendo.
¿Por qué una cucharita nueva mantenía su precio o incluso se vendía más barata? Porque la industria abarata los costos. Por ejemplo, vemos en nuestra sociedad que los textiles son cada vez más baratos. Se tejen con máquinas e incluso con fibras sintéticas, más baratas que las naturales. El acero viene cada vez más barato. Los autos son cada vez hechos en mayor proporción por robots, que van reemplazando a la mano de obra humana, elevando los salarios y no bajándolos. Pero veamos la comida. Esta es cada vez más barata, porque la selección de semillas y de variedades de animales domésticos, y ahora la ingeniería genética que produce los transgénicos, consiguen plantas y animales cada vez más productivos. ¿Cuánta leche da una vaca a la antigua? Unos 4 litros diarios. Ahora el ganado lechero en Cochabamba llega a 40 y hasta 60 litros diarios por cada vaca. Los pollos se crían casi industrialmente, alimentándolos con soya, que también se produce y se transporta mecánicamente con tractores y camiones. En otras épocas estaba bien si una hectárea producía 2 toneladas de trigo; la papa andina produjo más, pero ahora en condiciones óptimas una hectárea de trigo da unas 40 toneladas por hectárea. Vivimos en la era industrial.
Fíjense cómo comemos. Antaño la gallina era para los domingos; ahora, sin que la carne de pollo sea regalada, su consumo se ha generalizado. Vean el yogurt; se vende en todas las tiendas, mientras que antaño era una rareza en Cochabamba. Vean el queso; no sólo hay más variedades sino que es mejor que antaño y más barato, porque se produce más leche.
Lo dicho señala lo principal: la producción de minerales y combustibles ha crecido, generalizándose su uso, pero también la comida se ha abaratado y diversificado, de modo que ha aumentado el consumo per capita. Así que los principios de Marx y del Club de Roma en lo que a esto respecta, no son más que sofismas, mientras que de momento queda vigente el sofisma que enuncio: la técnica es el motor de la historia.