Una diferenciada baja en los porcentajes que los viejos y nuevos miembros del sistema político-partidario acreditaran en las elecciones de 2005, constituye arista poco analizada del cuadro postelectoral.
En los comicios del 2 de julio para la Asamblea Constituyente, respecto a lo que cuantitativamente alcanzaron en aquellas elecciones presidenciales, todos los partidos y opciones salieron ostensiblemente disminuidos. Unos más que otros, se entiende...
Empecemos con el más corpulento del conjunto. Es decir, con el MAS. En vez del 80% del total de sufragios que se propuso obtener, para lo cual desplegó intensa y variopinta campaña proselitista a nivel nacional, el 2 de julio se apuntó solamente un 50.7% del total de sufragios. Esta cifra le ubica tres puntos por debajo del 53.7% que lograra en las urnas de 2005, cuando sorprendiera a todos con una victoria electoral por mayoría absoluta.
Pero el encogimiento cuantitativo del MAS es mucho más drástico todavía, si recordamos datos de sondeos realizados a mediados de junio, que le asignaban entre el 76 y 78% de las preferencias político-electorales. Para entonces, el efecto proselitista de campañas como la carnetización gratuita, alfabetización, asistencia médica en zonas rurales y urbano-populares, así como la nacionalización de los hidrocarburos, muy bien publicitadas en radio y televisión, determinaron que la popularidad del MAS ascendiera a los porcentajes citados.
Peor les fue a los partidos de la oposición. Podemos terminó convertido en enano de apenas 15 cms. de estatura cuantitativa (las urnas de 2005 le habían marcado un tamaño cercano a los 28 centímetros). El MNR asoma como liliputiense apenas perceptible en el cuadro de las preferencias político-electorales, igual que el MIR, ADN, UCS y NFR. Estos últimos, micro pigmeos que no se sabe si viven o están ya inertes.
El encogimiento cuantitativo del MAS se debe , entre otras cosas, al belicismo de fragor ultranativista y radicalista de sectores de su dirigencia y de su propio líder. Provocaron pánico e inseguridad en las capas medias urbanas. Tampoco ofrecieron una ruta cierta. Defraudaban con la que mostraban, descompuesta en recovecos con señalizaciones de marchas y contramarchas...
Si los partidos políticos tradicionales (en realidad, Podemos y Unidad Nacional, también lo son) pasan de chatos a liliputienses, es a causa de una falla tan idiota como garrafal. En vez de congregarse en un solo frente, fueron a las urnas cada uno por su lado, dando lugar a que la inevitable fragmentación del voto opositor les redujera casi a la nada. Idiotez mayúscula, puesto que omitieron apreciar con frialdad y objetividad su lugar real en el cuadro de la correlación de fuerzas político-partidarias. Ni remotamente consideraron que a un tipo de apenas metro y medio de estatura (más chato que alto, en realidad) como es el MAS, le iba a ser suficiente un simple manotazo de primera mayoría relativa para aplastarlos en varios departamentos del país.
¿Todos en cuenta regresiva? Parece que sí. El desgaste es inherente al ejercicio del poder político. Esto, naturalmente, siempre y cuando no se sepa cómo amenguarlo al máximo. Algo que, al parecer, no sabe el MAS.