La religión humanitaria bien entendida y, eso significa que debe estar por encima de la ambición de poder y dinero, es beneficiosa para el individuo y la sociedad. Will Durant decía, que hasta el historiador escéptico llega a sentir un humilde respeto por ella, pues la ve según se la practica y, al parecer, como indispensable en todo país y en toda época
Pasadas las tribales épocas teocráticas, con el advenimiento del cristianismo y la institución del papado, la iglesia se arrimó a las monarquías europeas otorgándole al rey un aire casi divino mientras se le permitiera al clero ejercer su influencia sobre la plebe y garantizar su seguridad institucional. Esta alianza ayudó a los nobles a conservar su hacienda y dominar sin armas a sus súbditos.
Después de siglos de severo dogmatismo católico e intolerante inquisición, la mayor parte de Europa separó a la iglesia del estado y dio libertad a sus gobernados para elegir su camino espiritual sin imposiciones. Ese fue un equilibrado acto de civilizada evolución y no se eliminó a Dios como en el mundo comunista. La religión siguió siendo de importancia para la comunidad pero sin poder político. No hay un ejemplo importante en la historia antes de nuestro tiempo, de una sociedad que haya logrado mantener la vida moral sin la ayuda de la religión. Dios es invisible, la religión no.
Las sociedades teocráticas musulmanas intentan imponer sobre los demás una religión intransigente y asesina que domine al mundo. Algo tan evidente parece no ser comprensible para algunos mandatarios. Hasta Berlusconi de primer ministro, hablando con el presidente Ben Ali de Túnez dijo que, "la causa del fundamentalismo es la pobreza y la falta de democracia". Si este comentario viniese de Mortadela Prodi, que todavía no abrió la boca acerca de cuál será su posición frente a los terroristas; de Chirac que juega sólo a la conveniencia económica francesa, protegiendo sus intereses en los países árabes o de Rodríguez Zapatero que cedió España a los insurgentes, no asombraría. Pero si es alarmante para Italia, porque es albergue del Vaticano, objetivo primordial de destrucción para los islamistas.
Si la pobreza y la falta de democracia es la causa del fundamentalismo y, consecuentemente del terrorismo, y los reyes y jeques árabes quisieran acabar con ella, bastaría con que convoquen a elecciones libres y dejen de embolsarse los miles de millones que reciben por el petróleo para distribuirlos equitativamente. La premisa es totalmente errónea y va contra los intereses personales de los monarcas musulmanes.
Para atacar una enfermedad y terminar definitivamente con ella, hay que ir a su raíz. Si se sigue tergiversando el porqué del terrorismo, justificando su existencia, nunca se logrará vencerlo. Hay que admitir que este es producto del fundamentalismo religioso islamista, digitado por sus imanes en complicidad con sus gobernantes. No existe otra causa. Es la teocrática inquisición modernizada y globalizada en el siglo 21. Religión y política en las mismas manos, es la fórmula segura hacia la irracionalidad y el fanatismo.
La religión humanitaria bien entendida y, eso significa que debe estar por encima de la ambición de poder y dinero, es beneficiosa para el individuo y la sociedad. Will Durant decía, que hasta el historiador escéptico llega a sentir un humilde respeto por ella, pues la ve según se la practica y, al parecer, como indispensable en todo país y en toda época. A los desdichados, los sufrientes, los afligidos y los viejos, ha procurado consuelos sobrenaturales que millones de almas consideran más preciosos que cualquier socorro material. Ha ayudado a padres y maestros a disciplinar a los jóvenes. Ha conferido sentido y dignidad a la existencia más humilde y, por medio de los mandamientos, ha contribuido a la estabilidad, transformando los pactos humanos en solemnes relaciones con Dios.
Ha evitado -dijo Napoleón- que los pobres den muerte a los ricos. Porque como la desigualdad natural de los hombres condena a muchos de nosotros a la pobreza o la derrota, es posible que alguna esperanza milagrosa sea la única alternativa para la desesperación. Destruida esa esperanza, la guerra de clases se intensifica. El cielo y la utopía son como baldes en un aljibe; cuando uno baja, el otro sube; cuando la religión declina, el comunismo aumenta.
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