Es patético, por decir lo menos, que en un contexto externo tan favorable nuestro país continúe sumido en una trampa de pobreza. Desde poco más de 30 años la economía boliviana no había tenido la suerte de contar con un entorno tan amigable como el que hoy se nos presenta. Los altos precios de nuestras exportaciones conjuntamente a una situación fiscal muy holgada nos están proporcionando la oportunidad para aliviar la difícil situación que nos tocó afrontar en las pasadas décadas; sin embargo, hay algo que parece no estar funcionando, no hemos logrado encontrar la bala de plata para destruir al monstruo que nos tiene atrapados en una especie de ostracismo que nos estaría conduciendo a una muerte tan poco demostrativa como ha sido nuestra propia vida económica.
El profesor Jeffrey Sachs se dio a la tarea de demostrar que no existe un fenómeno que de manera unicausal se constituya en una solución mágica a la pobreza; así nos dice que no hay una relación directa, relativamente fuerte, entre democracia y crecimiento económico, como tampoco es posible identificar la existencia de una asociación fuerte entre buen gobierno o corrupción y el desempeño económico. También cuestiona la hipótesis desarrollada por Mariano Grondona, que fue su colega en el Departamento de Gobierno de la Universidad de Harvard y que publicó dos importantes libros: Bajo el imperio de las ideas morales (1993) y Las condiciones culturales del desarrollo económico (2000). Grondona allí destaca que la frontera entre desarrollo y subdesarrollo no es, en última instancia, económica o política, sino cultural, en el sentido de que existen valores que promueven el desarrollo y otros que retienen a los países en el subdesarrollo. Aunque Sachs intenta ubicarse en la cómoda posición de explicar el crecimiento económico como resultado de una multiplicidad de factores, entre los cuales prioriza cierto determinismo geográfico, no puede sustraerse frente a la evidencia empírica de que, en todos los casos, las economías de mercado superaron a aquellas basadas en la intervención del Estado en la economía.
Volviendo al caso de nuestro país, la bala de plata está en el aprovechamiento de las favorables condiciones que creamos con las reformas iniciadas a mediados de los 80 y las bases que se construyeron con las reformas de segunda generación implementadas en la pasada década, en palabras del profesor Juan Antonio Morales: "Con algo de paradoja, en lo que puede parecer contradictorio con el discurso oficial y sus exorcismos contra el modelo neoliberal, el aprovechamiento de las oportunidades que nos ofrece la economía mundial dependerá del mantenimiento y profundización de las reformas de la década de los 90".
Es un momento adecuado para desterrar el mito de la víctima que Galeano, como muchos otros, ha creado en nuestras mentes, así como la ilusión de que el desarrollo será resultado de las peroratas basadas en una propuesta de regalar lo ajeno. Lo que hoy vivimos no es otra cosa que el resultado de lo que nosotros hicimos ayer y lo que viviremos mañana será el reflejo de nuestras acciones de hoy. Desaprovechar la actual coyuntura sería el peor error que cometa nuestra generación si queremos un futuro.
El autor es economista
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