Nada mejor que cobijarse bajo el alero de la democracia, el estado de derecho y, si se quiere, las bendiciones de los dioses andinos.
Pueden haberse duplicado o triplicado las veinte mil personas que según estimación de un medio colega asistirían a la concentración de ayer en la plaza San Francisco de la ciudad de La Paz, y que las cien mil que quiso reunir el gobierno hubiesen sido rebasadas por un número mucho mayor, lo que en última instancia no es significativo frente a los nueve millones de almas que habitan el país, aun sumándole los dos millones de aymaras a los que frecuentemente suele referirse el Alcalde de alguna provincia del altiplano como etnia en supuesto derecho de conducir al resto de la población.
Siempre es difícil y hasta aventurado cuantificar la concurrencia a este tipo de manifestaciones, que en el caso concreto contó además con la participación de varias delegaciones extranjeras en lo que para ellas constituyó clausura del Primer Encuentro de Pueblos y Nacionalidades del "Abya Yala" --América en castellano--, celebrado precisamente en la sede de gobierno y costeado por el Tesoro General.
Lo importante y rescatable resulta ser que el masivo acto fue convocado y efectuado en defensa del sistema democrático, con el que el grueso de los bolivianos está de pleno acuerdo, en momentos en que la administración, paradójicamente, no sólo ha dado señales claras de preferir vestirse de ropajes típicos del totalitarismo, sino que por su ineptitud e ineficiencia se ha abierto frentes en el seno de sus propias bases, aparte de generar susceptibilidades en el vecindario y, lo que es peor, tratar de cubrirse las espaldas inventando riesgos de subvención o complot.
En tal sentido, la pretendida medición de fuerza tuvo éxito, aunque para que éste se mantenga en pie como respaldo firme, tendrá que provocar un viraje del régimen en lo relativo a la inspiración de su discurso y a sus acciones, tornándolas menos incitativas de la confrontación y las soluciones por el desastre, y más conducentes a la unión del cuerpo social en su diversidad, de forma que gobernantes y gobernantes transiten por la misma vía en pro de objetivos comunes.
Eso en cuanto al marco global de la relación entre pueblo y autoridades; que en lo particular de los crecientes conflictos sectoriales, es necesario tanto un reencuentro de los detentadores del poder y quienes los sustentan, cuanto la búsqueda de arreglos de fondo a aquello que causa su prematura beligerancia. Es decir, ir más allá de la curación de los heridos y la ayuda a los deudos en el caso de los mineros de Huanuni, al igual que de los acuerdos provisionales con transportistas o cocaleros, e inclusive de ese carácter de escenario de ceremoniales cívicos que viene asumiendo la Asamblea Constituyente al margen de sus específicas tareas, cuando no de su festinatoria aspiración a contratar una legión de seiscientos empleados de apoyo...
Para todo ello, nada mejor que cobijarse bajo el alero de la democracia, el estado de derecho y, si se quiere, las bendiciones de los dioses andinos, recibidas una vez más por el Presidente y su entorno del espíritu y las manos de los yatiris de Tiwanaku.